
Aldo Fabrizi: el actor, el poeta y el cocinero
En la mirada de sus ojos saltones podía percibirse el aire afable y bonachón que Aldo Fabrizi solía ocultar bajo el gesto de enfado o la mueca sarcástica. Este hombretón robusto, sanguíneo y de talante reposado que llevaba el humor irónico a flor de labios y la nostalgia en el fondo del corazón dejó en la memoria del público una múltiple galería de tipos populares, cómicos o dramáticos. Para muchos, era la representación misma del espíritu de Roma, la ciudad en la que nació hace hoy un siglo. Porque la conoció en profundidad y desde siempre -nació en una callecita vecina del Campo dei Fiori- y porque sabía de sus vicios, sus grandezas y sus debilidades, pudo pintarlos con indulgencia y sarcasmo en las canciones que empezó a escribir desde muy jovencito o en los personajes que compuso después en el varieté, el teatro, el cine y la televisión. Ninguna visión satírica de la romanidad estaría completa sin sus decisivos aportes, que abarcan desde los personajes burlescos de sus numerosas comedias (algunas de ellas al lado de Totò, su amigo entrañable; muchas junto a Ave Ninchi, eterna esposa de la ficción) hasta los retratos conmovedores que evidenciaron su poderoso temperamento dramático. Entre éstos -y sobre todos los que hizo en el cine-, el del heroico cura de "Roma ciudad abierta" que sacrifica su vida para proteger a los partisanos durante la ocupación nazi.
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Cuando Rossellini fue a buscarlo para el film que sería símbolo del neorrealismo, Fabrizi ya era una figura popular. Perteneciente a una familia modesta -su madre administraba un puesto de frutas y verduras-, a los 11 años quedó huérfano de padre y debió ayudar al sustento de sus cinco hermanas, entre ellas Elena, la "sora Lella" que compartió con él la pasión culinaria. De las canciones pasó al varieté y a la radio en los años 30. Era ya una de las figuras más reconocidas de la revista cuando, en 1942, hizo su debut en el cine -como actor y libretista- en "Avanti, c´è posto", donde recreaba el papel del generoso tranviario con poca fortuna en el amor que le habían aplaudido en el teatro. Enseguida fue en "Campo dei fiori" (dirigido, como el anterior, por Mario Bonnard) el vendedor de pescado que intenta seducir a una dama elegante, pero debe conformarse con una verdulera temperamental encarnada por Anna Magnani. Y otra vez con ella -con quien no se llevaba nada bien: eran dos personalidades demasiado fuertes- encarnó al cochero de "L´ultima carrozzella", de Mario Mattoli.
Después de revelarse como gran actor dramático en "Roma ciudad abierta", volvió a asumir ese tipo de papeles (en "Vivir en paz", de Luigi Zampa, o en "El delito de Giovanni Episcopo", de Alberto Lattuada, por ejemplo), pero aunque su nieto Cielo Pessione asevera en un documental que difundirá hoy la TV italiana que "le gustaba más lo dramático que lo cómico porque él era un pesimista", en su filmografía predominan las historias risueñas, a veces con toques melodramáticos. Entre los films más recordados que animó figuran "Primera comunión", de Alessandro Blassetti; "Francisco, juglar de Dios", de Rossellini; "Vida de perros", de Steno y Monicelli; "Otros tiempos", de Blasetti, con la que inició una extensa participación en films en episodios, y "Nos habíamos amado tanto", de Ettore Scola, quizá la última gran película en la que intervino. No hay que olvidar, sin embargo, algunas comedias que animó al lado de Totò, como "Policías y ladrones", gran éxito de Steno y Monicelli; "Totò, Fabrizi e i giovanni di oggi", de Mario Mattoli; "Totò contro i quattro", de Steno, o "Una di quelle", que dirigió el propio Fabrizi y durante el rodaje de la cual se produjo un incidente que afectó en parte la vieja amistad que los unía. El romano era un tipo irritable cuyas críticas echaron a perder su relación con algunos colegas.
Fabrizi, que escribió tanto para el cine como para el teatro y en los últimos años de su vida publicó libros de cocina en los que intercalaba sus versos romanescos, también se consagró a la dirección. Tuvo grandes éxitos como "Bienvenido reverendo" y su trilogía de "La famiglia Passaguai", pero había hecho su primera experiencia en nuestro país, donde en ocasión de una de sus giras teatrales rodó "Emigrantes" (1948), con Ave Ninchi, Adolfo Celi e Iván Grondona, entre otros. Esa vez -se cuenta- el éxito no lo acompañó. Pero tuvo su revancha en los sesenta, cuando vino al frente de la compañía que integraban Nino Manfredi y Ornella Vanoni y dejó el recuerdo imborrable de su Mastro Tita, el verdugo de "Rugantino". Ese musical que también aplaudió Broadway llevó a la crítica norteamericana a definirlo como un "genio cómico".
Aldo Fabrizi murió en Roma el 2 de abril de 1990. Merecía este recuerdo.





