Recordamos una entrevista con el actor que falleció ayer a los 59 años
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Alejandro Urdapilleta, el actor icónico del teatro, escritor, comediante, bastión de la contracultura de los 80 falleció ayer debido a un cáncer de estómago. Tenía 59 años. En el número 24 de RS, de abril de 2000, el representante del Parakultural se prestó a una entrevista histórica; lee aquí aquella Rolling Stone Interview completa
Por Pablo Zunino
Casi nadie lo llama Alejandro. Es Urdapilleta, a secas, como si se tratara de una marca registrada por su público que lo sigue con unión religiosa desde los ya lejanos tiempos del Parakultural (a los que él aborrece calificar de míticos), y por sus colegas que a los cuatro vientos hablan maravillas de sus trabajos pero que secretamente lo envidian por su capacidad de meterse a fondo y sin filtros con todos los registros de la actuación. Comedia, drama, pero, sobre todo, tragedia. Porque eso es lo más peculiar de Urdapilleta: nunca hizo una tragedia, pero todos saben que es el único actor argentino que sería capaz de hacerla.
Cuando cuenta su vida entiendo por qué ese dato es así de contundente. No importa que a primera vista sus tiempos de pincheto en España, una reciente internación o esa furia asesina que él desprende desde el escenario (más aún cuando se arroja con destreza de catcher sobre los aterrados espectadores) fascinen como puro espejismo de una saga rocambolesca. Urdapilleta es una enorme herida abierta de la que –primera curiosidad– también brotan carcajadas –segunda curiosidad– teñidas de desesperación.
Sabe del precio de desangrarse, que es factor de peso considerable para su repetida estrategia de retacear reportajes. En ese juego de escondidas, con pocas piedras libres, se mezclan –es una hipótesis– una sabia resistencia a hacerse popular (en tal caso sería número puesto para heredar a Charly como el loco profesional requerido a gritos por los medios), cierta tendencia natural a ponerse en guardia y, por qué no, una esperable dosis de coqueteo propia de la raza actores.
Primero dice que sí, después se borra y reaparece intermitentemente en otro juego que lo divierte gozosamente; y a veces, pocas, con suerte y viento a favor, es posible tenerlo ahí, frente a un grabador. Cuando se olvida de su presencia, no hace falta preguntarle demasiado. Acelerador a fondo, forma de monólogo que roza el strip-tease emocional, "me cago en el careteo" (sic) y que cada uno (el que lea, en este caso) piense lo que quiera.
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