Amor animal: trap, sexo, mundo narco y la vieja historia de amor imposible
La serie creada por Sebastián Ortega está protagonizada por Franco Masini, Tatu Glikman y Valentina Zenere
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Amor animal (Argentina/2026). Creación: Sebastián Ortega. Elenco: Franco Masini, Tatu Glikman, Valentina Zenere, Santiago Achaga, Ariel Staltari, Ramiro Firme, Inés Estévez, Antonio Birabent, Juan Sorini, Olivia Nuss, Evitta Luna. Disponible en: Prime Video. Nuestra opinión: buena.
Mundos opuestos, crimen, drogas y trap son los condimentos elegidos por Amor animal, la nueva ficción de Sebastián Ortega para posicionarse en el mundo de las narrativas juveniles. En ese cóctel hay dos ingredientes que evocan sus mejores éxitos: las barriadas criminales vuelven desde El Marginal, con el lenguaje de la calle y la violencia que acompaña a la circulación de la droga, y las historias de amor teñidas de costumbrismo recuerdan a Costumbres Argentinas o Graduados, con menos aires de comedia vintage y más espíritu adolescente.
De hecho, el tono y la atmósfera inicial de Amor animal responden a la dinámica de las series juveniles actuales, algunas inspiradas en la literatura como Cometierra, de Dolores Reyes (también de Prime Video) y otras -ya con varios años- como la española Élite, definidas por una alquimia de sexo, crimen y transgresión que parece haber marcado el rumbo.
Lo que tiene de singular Amor animal es la centralidad del trap como experiencia musical que combina la protesta y la confesión, en la voz de su protagonista, Kaia (Tatu Glikman), una cantante amateur que intenta triunfar a través de temas viralizados, vivos de Instagram y shows en los barrios populares. Su aparición en la serie es a la salida del trabajo en una barbería de la capital, cuando la moto la deja a pie y su primo Walter (Ramiro Firme) llega a rescatarla.
Walter es un dealer astuto y escurridizo que ha logrado insertarse como proveedor de círculos de alto consumo y mucho dinero, y llega a realizar una “entrega” a una fiesta exclusiva. Es un agasajo a Nico (Franco Masini), un joven que acaba de recuperarse de un intento de suicidio y de la reciente muerte de su gemelo. La fiesta es ruidosa y colorida, la droga y la música se combinan, Nico deambula entre las luces sumergido en la soledad. El encuentro con Kaia será un flechazo, pero también la entrada a un amor intenso y peligroso.

Lo que sigue es la construcción de ambos entornos como mundos opuestos, algo que reproduce las coordenadas de las telenovelas tradicionales: chicos ricos y caprichosos, en este caso libres en su sexualidad y consumos, ociosos y a la espera de una inversión en cripto o finanzas, una fiesta al borde del río, o un banquete de sushi a la luz de las velas.
El maestro de ceremonias de la troupe de Nico es Santos (Santiago Achaga), un millonario que ha quedado huérfano y exorciza su soledad con dinero y drogas, sexo esporádico y mucha adrenalina. Lo acompañan chicas y chicos, todos lindos y modernos, entre los cuales destaca la recién llegada Agustina (Valentina Zenere), modelo en duelo desde la muerte de Román. Sí, el gemelo de Nico. Y es esa melancolía compartida la que acerca a los excuñados más de lo debido.

En el otro extremo está el mundo de Kaia, que tras las experiencias de Tumberos primero y El Marginal después le ha permitido a Ortega enriquecerlo con algo más que los estereotipos habituales. Hay más vida en los barrios populares, sus angustias por la falta de empleo, sus intentos de sobrevivir al delito y la violencia que los circunda, que en las crisis existenciales de los “chetos”. Igualmente, lo que funciona es el contrapunto entre ambos, que el encuentro “maldito” entre Kaia y Nico precipita. Luego de gustarse en la fiesta, se siguen en las redes sociales, quedan en encontrarse en el recital de Kaia y el sexo deriva su adrenalina hacia una persecución en moto, un enfrentamiento con soldaditos de los narcos y un doble crimen del que escapar para salvarse.
La serie encuentra su tono con el correr de los episodios, que es en definitiva el que termina prevaleciendo: un ramillete de amores cruzados y enredados con drogas, crimen y mucho trap. Más allá de las dispares actuaciones, los protagonistas sostienen la química del romance y canalizan las presiones que intentan regresarlos al lugar propio del que no debieron salir.

Si bien Franco Masini ha demostrado solvencia y experiencia como protagonista, destaca Tatu Glikman como Kaia, quien se aparta de las convenciones de la heroína, combina presencia en cámara con destreza en los momentos musicales, logrando transmitir su turbulento interior con la mirada. Por momentos abundan algunas escenas clisé a la hora de retratar los conflictos pasados de Nico, o las vidas frívolas de sus amigos, pero se compensan con alguna escena más íntima y lograda cuando dos personajes hablan, comparten miradas, sin necesidad de vestir sus sentimientos con una parafernalia vistosa e invasiva.
En esta nueva era, las series juveniles ya no alcanzan el sexo y la desigualdad social como ejes, sino que se agregan el crimen violento, las bandas narcos, las letras del trap, las redes sociales, las fiestas sexuales y las apuestas cripto como engranajes de un presente que arrincona los amores frente al peligro de un mundo caótico. Amor animal encuentra en esa alquimia su mejor sintonía.
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