Camila Toker
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Un puñado de sensaciones tan tenues como duraderas
La belleza de Ana y los otros es la belleza de esa playita del Paraná en la que Ana (Camila Toker) se acuesta a tomar sol y a leer el diario cuando vuelve por unos días a su ciudad. Es una playita que no figuraría en ninguna guía de ASATEJ; tampoco en un informe de contaminación del programa de Graña. Es una playa de agua dulce y marrón, salpicada de bañistas del lugar, y es de una belleza tenue, litoraleña, casi neutral. Pero en esa escena puede sentirse el sol tibio, el barro blando de la orilla, el olor pringoso de los higos acaramelados, los gritos amortiguados de los nenes. La propia Ana tiene algo de eso, también: la belleza tersa de la chica linda de la cuadra, que se construye con gestos. Eso es lo que tiene esta ópera prima de Celina Murga (Paraná, 1973). La película exhala una emotividad leve y distendida (pero nunca apática ni indie- ferente) cuyo efecto empieza a intensificarse sin que uno lo note demasiado.
Ana es una paranaense radicada en Buenos Aires que vuelve a la capital de Entre Ríos para una reunión de ex compañeros del secundario. Allí le seguirá el rastro a Mariano, un novio de adolescencia que se mudó a Victoria. Pero esa persecución plácida es apenas un articulador de diálogos existencialmente anecdóticos (aunque con ideas y sensaciones pronunciadas sin temor a la oratoria) sobre el amor y el momento de las decisiones, cruces de sensibilidades y situaciones levemente graciosas, mientras el tiempo discurre algodonoso como el fondo de una siesta de pueblo.
No hay trama, sino hilachas. La película se teje alrededor de un viaje, pero no tiene nada de road movie. Está llena de espacios cotidianos y conversaciones identificables, pero no es costumbrista. En esa capacidad de desmontar todo lo que se supone que podría ser, de correrse ligeramente de lo calculable sin esforzarse demasiado, Ana y los otros encuentra la forma de generar un tipo de emoción pequeña y, de algún modo, duradera.





