
Andrés Boiarsky: "Extrañaba nadar entre tiburones"
Luego de seis años sin pasar por Buenos Aires, regresó a presentar Crosstalk
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"Éste es mi primer viaje a Buenos Aires en seis años", dice el saxofonista Andrés Boiarsky. En el mundillo del jazz todos lo conocen, aunque ha pasado más tiempo fuera de nuestro país. Estudió en Inglaterra y tocó en los Estados Unidos. Después regresó a la Argentina en los ochenta, donde fue un jazzman en época de rock y pop nacional. A fines de esa década, volvió a instalarse en Nueva York. En 2007 se mudó a China. Vivió hasta 2012 en Shanghai y, luego, otra vez puso rumbo a Nueva York. ¿Qué lo trae por aquí? Temas personales, dice. Pero también un nuevo disco, que grabó el año pasado y que quiere hacer sonar en estas pampas. Se llama Crosstalk, lo presentó el último viernes en el club Bebop y lo volverá a tocar mañana, con el grupo del baterista Oscar Giunta (con Arturo Puertas, en contrabajo, y Hernán Jacinto, en piano). "Después de la última vez que estuve acá, me fui a vivir a Shanghai. Estaba de gira por Tailandia, con la Dizzy Gillipie All Stars. Pasé por China, me ofrecieron trabajo y me quedé."
-¿Te quedaste seis años?
-Fui a buscar mis cosas y volví a China. Fueron casi seis años de trabajo constante tocando jazz, con muy buenos músicos americanos. Fue una experiencia muy interesante. Incluso en lo personal. Porque ahí me casé con una mujer china.
-Tocás mucho en bandas: fuiste director de la orquesta de Lionel Hampton, tocaste en la United Nations, que dirigía Paquito D'Rivera. Actualmente con la Dizzy Gillespie.
-Sí, ahí entré de reemplazo de James Muddy. Y por los músicos que tocan, esa orquesta es realmente un seleccionado. Soy, más bien, un solista, pero mi trabajo se concentró en bandas. No sé si estoy tan contento con eso. Pero hay cuestiones difíciles de resolver en los Estados Unidos. Ser blanco es un problema. Una vez, cuando era director de la orquesta de Hampton, durante una reunión con él y su mánager, llamó un productor francés que quería contratar a la banda si la integraba una mayoría de músicos negros. En ese momento, tenía un 70 por ciento de blancos y tuvieron que cambiar a varios. Es un prejuicio que existe. Entonces: para ser solista de jazz, si sos blanco y sudamericano, es difícil. Si tocase tango o un jazz mezclado con música folklórica argentina, no habría problema. Si soy parcialmente considerado por los músicos negros es porque soy de una minoría: vengo de la Argentina y no soy un blanco del medio Oeste. Si lo fuera, tendría menos posibilidades. Lo que no quiere decir que los blancos no las tengan: Joe Lovano o Pat Metheny han tenido grandes carreras. Sólo estoy hablando de una tendencia. Otro factor es la edad. En el mundo del jazz, las oportunidades de ser exitoso son cuando empezás y cuando estás terminando. El medio es un valle. Yo estoy en el valle [se ríe].
-Pero tenés un disco nuevo que venís a presentar. ¿Cuál es el significado que le das a Crosstalk: acople sonoro o intercambio de opiniones?
-Es el diálogo cruzado de estilos de música. Es una manera elegante de decir fusión. Pero no con el rock, sino con otras músicas. Grabé con Tommy Campbell, un baterista que es un músico total, que trabajó con Gillespie, McCoy Tyner y Sonny Rollins; también están el pianista israelí Roy Assaf, el contrabajista Curtis Ostle y, en algunos temas, el guitarrista Ed Cherry. Como invitada, la cantante Erica Lee, a quien conocí en China. Ella grabó un tema que tiene una importancia simbólica para su país. Fue el primer tema de amor que se escribió luego de varias décadas de canciones de contenido social.
-¿Por qué volviste de Shanghai a Nueva York?
-Cumplí una etapa. Me sentía un pececito en una pequeña bañadera. Como había nadado en el océano entre tiburones, extrañaba eso que te empuja a ser mejor.
-A pesar de que sos porteño, Crosstalk no tiene una mirada argentina. Es jazz como se toca en los Estados Unidos.
-Es real lo que decís, aunque no creas que no intenté encontrar una alternativa ligada a mis raíces. Pero no me interesa usar el lenguaje del bebop sobre el tango. Yo considero que hay que desarrollar un lenguaje propio de tango dentro del tango. Para mí, ser un Joe Henderson o un Freddie Hubbard tocando sobre el tango no me interesa. Siento la música de otra manera. El elemento swing me atrapa de otra manera. El del tango es totalmente diferente.
-¿Crosstalk es lo suficientemente maleable como para presentarlo acá, con músicos tan distintos de los que lo grabaron?
-Bueno, eso es lo fascinante del jazz. Mientras que sean idóneos y creativos, el resultado va a ser fenómeno y distinto. No me interesa hacer comparaciones.
-¿Qué se te dio por venir luego de tantos años?
-Fueron razones personales. Pero estoy al tanto de todo lo que pasa acá. Nunca dejo de tener contacto. Sé que en algún momento la vuelta se va a dar. Ojalá que pueda contribuir con algo de lo que aprendí afuera. Me pone feliz la cantidad de gente joven de acá haciendo jazz o músicas relacionadas al jazz. Cuando yo estaba creciendo, eso no existía. Los jóvenes estaban en el rock nacional. Siempre tocaba con gente mayor que yo. Los de mi edad éramos pocos y no teníamos la posibilidad de generar lo que se genera ahora. Quiero mantener el contacto con esta escena de Buenos Aires. Hay un gran nivel y son jóvenes. Eso es motivador. Me gustaría poder volver una o dos veces al año. Además, el público se interesa. Y cuando el público responde, el músico toca mejor.
Crosstalk
Boiarsky y Oscar Giunta Supertrío
Bebop, Moreno 364.
Hoy, a las 21.
Entradas, 100 pesos.
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