
Fue “un buen momento”, hu- biera dicho algún relator de fútbol. a.n.i.m.a.l. presentó
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Fue "un buen momento", hu- biera dicho algún relator de fútbol. a.n.i.m.a.l. presentó El nuevo camino del hombre, su mejor y más exitoso álbum hasta esa fecha y, como para muchos de sus colegas, su primer Obras significó una suerte de consagración. Se trataba del salto del circuito para grupos en ascenso al estadio reservado para los exitosos, premio que sólo en contadísimas ocasiones se había otorgado a grupos argentinos de heavy metal. Las entradas se agotaron (en un principio se pensaba vender únicamente plateas, pero la demanda obligó a habilitar el estadio completo) y, mucho antes de que el recital diera comienzo, el lugar era ya un hervidero.
Nadie se perdió el insólito acto de apertura. Con un telón negro de fondo y un micrófono de pie, Jorge Corona improvisó chistes con la confesión previa de no saber qué hacía frente a 5 mil adolescentes de bermudas y remeras negras: "¡Me llamaron para hacer de soporte y acá estoy, haciendo de pelotudo!". Un rato más tarde, el trío salió a ganarse un público al que ya tenía en el bolsillo de antemano.
"¡Sólo-por-ser-in-dios!", vociferaba la multitud sudorosa en el estribillo de la canción que desató la locura. Una calculada combinación de sus tres discos dio forma a un set demoledor; las viejas canciones se revitaliza con la inyección de una nueva potencia sonora. Martín Carrizo confirmaba ser uno de los mejores bateristas del país, Corvalán marcaba el groove con su bajo y Andrés Gimenez no perdía la ocasión de agradecer y pedir agua para el público. El único espacio para la distensión llegó al cierre, con "Chalito", cuando enormes cigarritos y hojas tropicales desfilaron por el escenario para terminar en un improvisado stage diving. La nueva camada de chicos heavies recibía su bautismo de fuego y, al mismo tiempo, a.n.i.m.a.l. delineaba un sonido metálico primermundista, inédito para un grupo local. Todavía lo conserva.





