Luna Park, Buenos Aires. 10 de junio
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Diversión y emoción del rock que cantan los niños
Despues de una larga y exitosa rotación de los hits de Guau! y con la excusa de presentar su DVD, Miau!, con imágenes de sus últimos shows en Obras, Arbol anunciaba su primer Luna Park bajo el título de "La fábrica de canciones". El concierto, sin embargo, remitió menos a Willy Wonka que al Capitán Piluso. Y es que todo, desde la escenografía –una fábrica en miniatura, con largos tubos, como en los dibujos animados– hasta la indumentaria de los integrantes de la banda, parecía teñido de esa buena onda juguetona, un poco loca e improvisada que caracteriza a los programas de televisión para niños. El público seguía esa línea, distribuido entre adolescentes en el campo y preadolescentes junto con sus padres en la platea frente al escenario. Este contexto acercaba actitudestípicas de los conciertos de rock, como acompañar la letra de la canción con un gesto ilustrativo de lo que se está diciendo (Edu Schmidt se toca un pelo imaginario cuando canta "aunque estés despeinada y sin maquillar" en "Trenes, camiones y tractores"), a las pautas más bien lúdicas de estos programasinfantiles. Así, el pogo, anticipado por el grito de "haaarrrdcooore" y para el que se había armado una ronda en el centro del campo, se carga más de la diversión de los juegos concertados, como el "huevo podrido", que de la aparentemente desordenada agresividad punk.
En este ambiente ante todo divertido, las canciones salen perfectas, las ejecuciones son tranquilas y distendidas, y dan la sensación de que cualquier cosa que pase va a estar bien: los integrantes intercambian instrumentos, convocan invitados (La Tabaré y Miguel de Luna Campos, de Kapanga), injertan pequeñas versiones en sus temas (asoman fragmentos de Bob Marley, Intoxicados, Kapanga y León Gieco, entre otros), abordan cualquier género, y todo es motivo de fiesta. El momento cínico llega con la presentación de un tema nuevo: el bajista Sebastián Bianchini asume el rol de vendedor ambulante y, en un valsecito, presiona a los chicos para que lloren y sus papás les compren. El emotivo, en cambio, viene más adelante, cuando dedican "Ya lo sabemos" a Gabriel Ruiz Díaz, de Catupecu Machu: el tema es enérgico y produce una sensación de empatía muy íntima y rockera. Lo que hace más efectivo el jolgorio es que los propios integrantes del grupo se están divirtiendo: están muy cómodos en el escenario, se juegan bromas y se ríen, y eso resulta contagioso. Para enfatizar la buena onda en la despedida, y hacerla extensiva a la pretendida comunión de las tribus, el grupo agrega a su educadísima versión de "Jijiji" un fragmento de "De música ligera", borrando con destreza y una sonrisa cualquier rastro de violencia y peligro que pudiera merodear un recital de rock.
PATRICIO ORELLANA





