Augusto Fernandes: "No estoy retirado, como se supone"
Luego de estar alejado muchos años de la dirección teatral, el emblemático director regresa con Ojo por ojo
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Su última puesta en escena fue La gaviota, de Anton Chéjov, en el Teatro San Martín, hace veinte años. Desde entonces, el maestro Augusto Fernandes no volvió a un escenario. Uno de los más grandes maestros de actores se refugió en su escuela, para seguir formando a las nuevas generaciones. Además, para dedicarse a un proyecto que le importa mucho, pero que le cuesta finalizar. "Sangre, sudor y lágrimas", dice sobre el esfuerzo que le lleva la película La mitad negada, que tiene editada en parte.
"No es que me haya retirado, como mucha gente supone -aclara-. Estuve metido en el cine. Rechacé muchas cosas; las últimas, en España." Pero era tiempo de retomar la dirección teatral y Acreedores, la pieza de August Strindberg, lo trae de regreso a una actividad en la que está metido desde los seis años.
Su versión de ese texto original se denomina Ojo por ojo, sus intérpretes son Federico Luppi, Érica Rivas y Darío Dukah, y se estrenará mañana en el Xirgu-Espacio Untref. "Es una pieza que hace rato tenía en carpeta, desde la época de El relámpago (Teatro Cervantes, 1996) -cuenta Fernandes-. En Alemania monté una versión libre de El sueño (1991). Acreedores siempre me gustó mucho. Con Érica hace tiempo que queríamos hacer algo, pero no resultaba fácil, hasta que se dio esta posibilidad. Hice una versión. La historia de Acreedores sigue estando, pero se desarrolla de otra manera."
-Strindberg te ha acompañado a lo largo de tu carrera. ¿No es un compañero de ruta doloroso eintrincado?
-Es como monstruoso, desmesurado. Como si la intensidad de la pasión o del amor trajera como consecuencia la muerte. El eros y el tánatos están antes que en otro tipo de situaciones. Sobre todo cuando se cristaliza un triángulo, como en Acreedores. No aparece el fantasma de un tercero, sino que hay tres y están metidos uno en el otro, con matices, de una forma u otra. Soy muy consciente de cómo se mueve el mundo, de cómo las relaciones se van tornando diferentes. Van cambiando y se van volviendo cada vez menos claras, más difusas, se construyen con mucho más miedo. Los roles de antes ya no están. El galán se terminó, la chica que coqueteaba se terminó. Ahora todo parece un híbrido en el que asoma el miedo, tanto en ellas como en ellos. Y lo que ves es que el interior de esos seres hierve, por eso tanta muerte. La manera de expresar lo que les pasa es a través de la violencia y esto es como un arquetipo. Una especie de entidad desmesurada y, por lo tanto, esencial.
-¿Por qué se da eso en este autor?
-Lo veo también en Chéjov. Son emergentes de una situación social de corrimiento. Strindberg dice: «Yo no hago pie». Y fíjate que los emergentes de principio de siglo se volvieron todos locos: Nietzsche, Artaud, Van Gogh. Una sarta de locos que te llevan a pensar: «por algo será». La locura es una defensa para no reventar. Yo diría que Strindberg, un poco, nos cuenta eso; para él, es un asunto con Dios. Acusa a Dios de todo el tormento que el hombre padece. En Camino a Damasco lo pone al ángel caído como el verdadero redentor.
-¿Cómo analizás el mundo de los jóvenes que llegan a formarse como actores a tu estudio. Y que también parecerían habitar una época de corrimiento?
-Llega gente muy poco expresiva y con algo de la adolescencia que es terrible. En la adolescencia, uno elige un personaje para poder estar en su mundo y después, si quiere ser actor, va a moverlo cada vez más. Hoy lo que notas es que la adolescencia está muy presente y hay mucho miedo expresivo. Si hablas de los vínculos amorosos, ya no existen los histéricos, por ejemplo. Son personajes neutros con miedo a arriesgar. Hay en los grupos una camaradería donde no se sabe bien qué pasa y eso hay que combatirlo. Todo es cara de póquer y la voz es muy afectada. Pienso que se está terminando una cultura y estamos a caballo de otra que todavía está mostrando la oreja.
-¿Y por eso volvemos a Chéjov y Strindberg?
-Lo que dice Chéjov es muy claro: «Si la vida y la ciencia avanzan, yo me voy quedando atrás», como un campesino que va perdiendo el tren porque la sociedad industrial, cuando aparece, da un golpe muy fuerte en todo sentido. Hay un corrimiento de valores automático y eso asoma en los personajes de ambos autores. Todo cambia demasiado rápido. Incluso la emancipación femenina, el sufragismo, lo que fue la inserción de la mujer en cuestiones políticas está hablando de algo. Se produce un cambio hacia una cultura que va a tener aviones, globalización, Internet, Twitter, Facebook y una forma de vinculación bastante virtual. Creo que es una sociedad muy distinta y muy sofisticada.
-Plagada de continuas crisis, además.
-El comienzo del siglo XXI anuncia crisis en esto y en lo otro. Las crisis son reales. Están pidiendo una sociedad que sea tratada de otra manera; de hecho, se va a imponer. Yo hablo del dolor cibernético, se va a imponer. Lo bancos se van a terminar. Esto se está viendo. Como dice la astrología: la sociedad acuariana globalizada, mezcla de razas, el casamiento entre homosexuales, es concreto. Esto habla de una utopía social que ya está en ciernes y creo que se va a mezclar todo, como se pronostica. Y creo que se termina -voy a decir un disparate- el catolicismo tal como fue, lo que significa. También estamos hablando de la disolución de los lenguajes. La crisis de lenguaje no sólo ataca la palabra, ataca a todo y eso es algo que les digo a los actores. Parte de las cosas que nosotros utilizamos para comunicarnos son las escenas que hacemos. Esas escenas también están en crisis. En general, la gente no sabe qué escena tiene que hacer para pedir jamón. Eso es lenguaje. No se cómo hacer frente a una expresión, porque no la hay.
-¿Por eso, una y otra vez volvés a los clásicos?
-Me interesa el teatro con mayúsculas. Yo todavía estoy contento con lo que veo en el off. Pero, para mí, como persona, no como hombre de teatro, esos espectáculos no me cuentan nada. Hago un viaje profesional y digo: «Qué lindo». Me pasó con El pasado es un animal grotesco [de Mariano Pensoti] o con Viejo, solo y puto [de Sergio Boris]. Este último me pareció un experimento realmente muy interesante porque se ocuparon en cómo habla esa gente de verdad, no trataron de ser naturales. Cada persona tiene un color de un determinado lugar. Y eso es algo que se dejó de hacer. Porque la naturalidad que aparece hoy es televisiva, para ser más espontáneos, más vivos, para particularizar lo que se dice, pero no para reflejar el color de determinado tipo de situación.
-De esa constante parecería no salirse.
-Es el arte acorralado. Una vez más el arte es una situación y creo que va todo tan rápido que no hay tiempo de ver cuál es el emergente. Una vez, hace muchos años, me invitaron en Berlín a hacer una ponencia sobre la realidad del teatro de ese momento. La realidad era terrible. Por un lado, estaba el cartel de Medellín; por otro, en Irán habían matado a dos mujeres a pedradas, el Muro estaba por caerse. De qué iba a hablar. La confusión no se puede observar confusamente, pero, para que la confusión sea clara, uno tiene que tener claridad para saber de qué se trata. Yo creo que estamos atravesados por eso. Me gustó mucho la obra El loco y la camisa [de Nelson Valente] o Parte de este mundo [de Adrián Canale]. Este último me pareció delicioso. ¡Qué lindo!, pero no está Borges. Caigo en los grandes autores porque me hacen sentir de otra forma.
Ojo por ojo
Dirección: Augusto Fernandes
Teatro Xirgu-Untref, Chacabuco 875.
Viernes y sábados, a las 21; domingos, a las 20.





