Bach por Mozart
Hace exactamente quince años, la Comunidad Europea resolvió consagrar 1985 como el año de la música. Había para ello tres poderosas razones: tres siglos atrás, en 1685, habían nacido Domenico Scarlatti, Georg Friedrich Händel y Johann Sebastian Bach. Se trataba de un reconocimiento de la humanidad a quienes contribuyen a hacernos sentir más humanos en este valle de horrores y maravillas.
El caso Bach, de cuya muerte se cumplen doscientos cincuenta años el 28 de este mes, fue particularmente excepcional por su resonancia póstuma, pues en el lapso transcurrido de entonces a hoy los músicos (compositores o intérpretes) no han hecho otra cosa que mirarse en ese espejo en busca de una respuesta a sus propias ansiedades. Con el añadido de que, tan extenso y variado es su arte, que ha podido provocar y alimentar las corrientes más diversas del pensamiento sonoro.
Es un lugar común que sólo el siglo XIX empezó a tomar conciencia de su esplendor, particularmente cuando en 1829 Félix Mendelssohn exhumó en Berlín la Pasión Según San Mateo. Sin embargo, la historia del reconocimiento internacional de Bach empieza a tejerse bastante antes. Por azar o vaya a saber por qué imprevisibles designios, fue Mozart el primer grande de la música que pudo penetrar en la obra del cantor de Santo Tomás, antes de entregarla a la consideración de sus semejantes.
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La historia se dice con pocas palabras. Uno de los protectores de Mozart en Viena, el barón Van Swieten, bibliotecario de la corte imperial, era admirador de Bach, de cuya magnitud se había enterado por medio del emperador de Prusia Federico el Grande. Tuvo la idea entonces de que Mozart transcribiera algunas de las obras de Bach para adecuarlas al conjunto instrumental que dicho aficionado mantenía en su residencia. Fue hacia 1782 cuando Mozart "descubrió" a Bach y empezó a buscar afanosamente las copias de sus fugas. A partir de ahí, y hasta este año que atravesamos, ningún músico pudo prescindir en su aprendizaje de las obras de Bach. Ninguno traspasó la experiencia de estudiarlo a fondo sin sufrir metamorfosis. La grandeza del arte polifónico de Bach, la libertad de su inspiración, el milagro de que todas sus fugas se "oigan" como fugas, pero que todas sean diferentes en sus planteos estructurales, también estaban para Mozart fuera de toda comparación con la producción contemporánea. Así se explica que la revelación de El clave bien templado y El arte de la fuga tuviera por consecuencia una revolución y una profunda crisis en su vida creadora.
La historia se ha repetido cientos de veces en el curso de estos dos últimos siglos. Ahí reside la condición de padre de la música que se ha ganado Bach con pleno y universal derecho. Una paternidad que permite servirse de todos sus bienes sin pedir cuenta de qué uso -bueno, malo, o peor- se haga de ellos.
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