Barton Fink: la película que forjó el prestigio de los hermanos Joel y Ethan Coen y que logró un contundente triunfo en Cannes
Compleja y cargada de referencias ocultas, tuvo menos presupuesto que su antecesora, De paseo con la muerte, pero logró el interés de los cinéfilos
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La historia de Barton Fink es la historia de una casualidad. Un poco como ocurre en todas las películas de los hermanos Coen, cuando un personaje se desvía de su camino por un error o un malentendido y termina en un destino inesperado, causando una catástrofe.
Así se inicia la masacre de Fargo con una parada desafortunada en el pueblo presidido por la estatua de un leñador, o con la confusión de los Lebowski en la historia del Dude que reinventó la carrera de Jeff Bridges. O también con el hallazgo de un botín en el desierto texano en Sin lugar para los débiles, escrita por el ganador del Pulitzer, Cormac McCarthy.
También Barton Fink nace de una situación inesperada: el malestar de los directores en el largo proceso de escritura de De paseo con la muerte (1990). Aquella tercera película era un homenaje a Dashiell Hammett y su maravillosa Cosecha roja, pero también un floreo de la dupla para ponerse a tono con las expectativas que habían encendido con su debut en Simplemente sangre (1984). Había llegado el momento de pagar las apuestas.
Y De paseo con la muerte no hizo sino darles dolores de cabeza, confrontando su experiencia de escritores independientes con una industria exigente, ceñida por reglas y plazos a cumplir. Esa travesía propia se trasladó entonces a su personaje, un engolado dramaturgo neoyorkino que probaba suerte en el glamoroso Hollywood de los años 40. Ese era Barton Fink, atento tras bambalinas desde la primera escena, escudriñando la voz de los actores en la interpretación de sus diálogos, consumido por su propia importancia y sus anhelos de representar la voz del “hombre común”.
Y sí, algo de eso les ocurría a los Coen, en tanto habían surgido en la independencia del cine de los 80, triunfado en el Festival de Sundance y ganado peso en el mainstream como marginales, experiencias que ahora volcaban a un lejano alter ego, ubicado en un tiempo de esplendor del cine, pero plagado de sombras en el mundo con el inicio de la guerra. El guion se terminó, quedó en un cajón hasta la conclusión del rodaje de De paseo con la muerte, y apenas un año después vio la luz como un verdadero triunfo para los artistas.

Pero, a decir verdad, la historia de Barton Fink tenía también otras fuentes. La primera era la historia de un escritor del período de entreguerras, formado en el teatro social y el interés por representar la voz del pueblo y sus preocupaciones, tan válidas como las de la alta alcurnia que había nutrido al teatro burgués.
El exponente elegido por los Coen para servir de modelo de Barton Fink fue Clifford Odets, emigrado desde Nueva York a Los Ángeles para escribir vehículos para estrellas como De amor también se muere (1946) -para Joan Crawford, en este caso- o películas clase B como Muerte al amanecer (1946) [de la que los Coen extraen la idea del asesinato de Audrey, el personaje de Judy Davis].
Odets se hizo más famoso en los años 50, luego de la adaptación de sus piezas teatrales como La angustia de vivir (1954), dirigida por George Seaton y que le valió un Oscar a Grace Kelly, y la extraordinaria La mentira maldita (1957), de Alexander Mackendrick. Como Barton, Odets debió lidiar con las presiones de un sistema rígido y partidario del cumplimiento de plazos y fórmulas, y su talento creativo -alimentado por su propio ego- se vio asediado por esa experiencia pesadillezca.

A partir de ese puntapié inicial de la experiencia del bloqueo creativo y del retrato de una época, la que unía la década de los años 30, todavía en pleno New Deal, y las exigencias más competitivas y paranoicas de la industria durante la Segunda Guerra Mundial, Joel y Ethan Coen imaginaron una historia confinada a un único escenario: un Hollywood de fantasía, representado por unos majestuosos estudios Capitol de los que solo veíamos el salón de su director -un obeso dictador con ínfulas paternales-, las oficinas de un productor malhumorado y los camarines de guionistas y estrellas a contrato; más el imponente Hotel Earle, al que llega Barton Fink con su modesta valijita llena de sueños y expectativas desde la costa Este. Poco más se ve fuera de esos decorados, que los Coen detallaron con minucia y precisión para ser concebidos como escenario de pesadilla y territorio de ensoñación.
El hotel, otro protagonista

El Hotel Earle es el otro gran protagonista de la película, con sus decorados decadentes, sus colores ocres y verdes que sugieren putrefacción, y su lejana respiración interior. Fue concebido como un organismo vivo, habitado por figuras espectrales, autómatas como el conserje Chet -quien asoma desde las profundidades de sus “entrañas”-, el ascensorista pálido e inconsciente como un muerto vivo y los pasajeros fantasmales sugeridos apenas por sus zapatos y sus ruidos molestos. Solo Barton y su vecino Charlie Meadows ofrecerán paraíso e infierno a esa pieza del museo de Hollywood.
Con Dennis Gassner como director de arte -a quien los Coen conocieron en la colaboración en De paseo con la muerte-, concibieron una geografía antropomórfica que incluía las ventanas como ojos cerrados, el cuadro con la joven y el mar como puerta a la fantasía, el papel despejado y pegajoso como capas de una realidad que se va desgajando.

Con Barton Fink, los Coen decidieron profundizar la vertiente onírica que habían sugerido los sueños de Simplemente sangre -paradójicamente distribuida por Ben Barenholtz, quien fuera artífice de la salida en trasnoche de Cabeza borradora, de David Lynch-, dando lugar a una presencia ominosa que habita en el hotel, en sus largos pasillos y su señorial recepción -haciéndose eco también del hotel de El resplandor, de Kubrick y del edificio de El inquilino, de Roman Polanski-, que se cuela en la imaginación de Barton como un virus alienante. Por ello, el detallismo de la dirección de Joel Coen derivó en travelling lentos y precisos, planos autónomos del techo y la tapicería, primerísimos primeros planos de los actores contra fondos cada vez más absorbentes.
El papel principal había sido concebido para John Turturo en esa breve escritura de tres semanas durante la preparación de De paseo con la muerte, y luego pensaron en John Goodman como el “hombre común” que representa Charlie Meadows, aparente vendedor de seguros que habita en el Earle y guarda demasiados secretos.

Un personaje inspirado en William Faulkner
Otro personaje concebido como guiño a su propia experiencia como escritores atrapados en las mecánicas del cine es el veterano W. P. Mayhey -interpretado por otro veterano como John Mahoney-, claro émulo del distinguido ganador del Premio Nobel de Literatura, William Faulkner.
Al igual que el autor de El ruido y la furia, Mayhew llegó a Hollywood para escribir una película clase B sobre un luchador de catch, hecho que sirve a Barton Fink para obsesionarse con la exigencia de una asesoría (en el caso de Faulkner fue Carne de nada más ni nada menos que John Ford). También al igual que Faulkner, Mayhew lidia con el alcoholismo y el destrato de una industria que no lo comprende, y como modelo de admiración se desgrana ante la mirada de Barton cuando descubre que es Audrey, su secretaria y amante, la que escribe la mayoría de sus guiones. Los Coen disparan contra ese sistema ajustado a fórmulas y tiranía, y también contra el ego de los intelectuales que fueron allí a ganar su sustento con la convicción de un desprecio que silenciarían.

La idea de ambientar la historia en 1941 tuvo varias razones. “Nos entusiasmaba la idea de que el mundo exterior del hotel se encontrara en vísperas del apocalipsis, ya que, para Estados Unidos, 1941 marcó el comienzo de la Segunda Guerra Mundial”, explicaba Joel Coen en una entrevista con la revista francesa Positif en septiembre de 1991.
“Nos pareció que encajaba con la historia. La otra razón —que nunca se llegó a materializar en la película— era que pensábamos en un hotel donde los huéspedes eran ancianos, enfermos mentales, personas con discapacidad física, porque todos los demás se habían ido a la guerra”. La idea de la guerra y los enfermos encerrados en el hotel quedó de lado, pero no el lugar de proveniencia del escritor. “Otra razón fue el personaje principal: un dramaturgo serio, honesto, comprometido políticamente y bastante ingenuo”, agrega Ethan. “Nos pareció natural que viniera del Group Theatre y de la década de los treinta”.
Un magnate de los de antes

Por su parte, el personaje del director de los estudios Capitol, Jack Lipnick -interpretado finalmente por Michael Lerner-, surge de la amalgama de varios magnates del Hollywood clásico. “Michael Lerner se parece un poco a Louis B. Mayer -explica Joel Coen-, pero Lipnick surge de referencias a varias figuras. El incidente del uniforme, por ejemplo, proviene de la vida de Jack Warner, quien consiguió que le dieran una comisión militar y exigió que el departamento de vestuario del estudio le confeccionara un uniforme. Lipnick también tiene su lado vulgar, como Harry Cohn [de la Columbia Pictures]”.
Hay un subtexto interesante en la película que refiere a la penetración del fascismo en Estados Unidos, con cierta admiración por figuras como Mussolini [Charlie Meadows señala que su actor favorito es Jack Oakie, quien interpretó a Mussolini en El gran dictador, de Chaplin], ciertos guiños a las simpatías nazis de Meadows [se informa que utilizó el saludo ‘Heil Hitler’ antes de matar a una de sus víctimas] y los comentarios antisemitas de los detectives que acosan a Barton por ser judío.

El final de Barton Fink ha dado pie a la polémica desde su estreno. El ambiente marítimo que aparece en un cuadro que decora la habitación de Barton en el hotel cobra vida para dejar al escritor frente al misterio de la inspiración. La mujer que señalaba al horizonte es la que ahora, corporizada, se da vuelta frente a un Barton atónito y pronuncia una frase apenas audible, al igual que ocurría en el final de La dolce vita, de Fellini, ante un Marcello Mastroianni también desconcertado luego de la algarabía y el horror de su experiencia.
“Nuestra intención era que la habitación tuviera muy poca decoración, que las paredes estuvieran vacías y que las ventanas no ofrecieran ninguna vista interesante”, declara Joel. “De hecho, queríamos que la única abertura al exterior fuera esta imagen. Nos pareció importante crear una sensación de aislamiento. Nuestra estrategia fue establecer desde el principio que el personaje principal experimentaba una sensación de desarraigo”.

Ocho semanas de rodaje
Los hermanos Coen siempre se han destacado por su rigurosidad y precisión en el trabajo, realizando storyboards que siguen de manera estricta y aseguran el cumplimiento del calendario. En Barton Fink culminaron el rodaje en apenas ocho semanas y la película se estrenó unos meses después de De paseo con la muerte, film que tuvo un presupuesto mucho mayor y una menor repercusión.
Si bien Barton Fink no representó un éxito comercial -en parte porque compitió con películas del verano boreal como Terminator 2, Locos del aire y Dr. Hollywood-, sí permitió afianzar el prestigio de los hermanos -ganando no solo la Palma de Oro en Cannes sino el premio al Mejor Director para Joel y Actor para Turturro, además de ubicarse como tercera en la lista de las mejores del año de la revista Cahiers du cinéma- y garantizar su futuro en la década de los 90. Habría que esperar a Fargo (1996) para que los Coen consigan un éxito contundente en la boletería y la confirmación de su influencia en el cine que vendría.
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