
Berta, la intérprete magistral
Hace muchos años, mi gran amigo desde la adolescencia, el compositor Rodolfo Arizaga, me invitó a conocer personalmente a Elisabeth Schwarzkopf, en la casa de los Hirsch, en Belgrano R, donde Leonor Hirsch de Caraballo ofrecía una recepción en honor de la famosa cantante. Al saludar a la Schwarzkopf no pude contener mi admiración y le dije: "Señora, ¡cómo actúa usted cada canción!". Se ofendió. De mal talante, me contestó: "Yo no actúo: interpreto".
Cuando, pasado el papelón, reconocí mi error, en ese mismo momento pensé en Berta Singerman. Enterado, días atrás, de su fallecimiento a los 96 años, volví a evocar la anécdota y nuevamente la uní al recuerdo de Singerman que, como la soprano alemana, hizo de su voz un instrumento musical de expresividad incomparable. Porque tampoco ella "actuaba" la poesía: se convertía ella misma, toda, en la música de las palabras, ejecutándola también con todo el cuerpo, con las manos bellísimas y con los gestos sobrios que una ropa sagazmente elegida -peplos, túnicas, capas- realzaba, otorgando a su físico, en realidad menudo, una dimensión de estatua.
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Mucho antes de los tres célebres tenores trashumantes que reiteran por el mundo un mismo espectáculo, Berta Singerman reunía, en estadios y plazas de toda América y de España, a multitudes que acudían para escuchar (no para oír, simplemente) poesía. Y de la mejor: Neruda, Guillén, León Felipe, los clásicos del Siglo de Oro español, y García Lorca, Gabriela Mistral, Verlaine, Shakespeare, Kipling... De este último, Berta acuñó su inconfundible "Botas, botas, botas", estribillo convertido en algo así como la marca de fábrica de la recitadora y que le valió también incontables parodias y bromas, a través de los años. ¿Qué cómico del teatro de revistas, o de la radio, no se burló cariñosamente de la Singerman, procurando imitar los trémolos de su voz magnífica cuando emitía ese sonsonete redundante?
Los domingos al mediodía, el programa del jabón Federal, por Radio Belgrano, se honraba en tener a Berta Singerman como su gran atracción. Y ella, en ese día y a esa hora, regalaba la mejor poesía del mundo a la familia reunida en torno de la tradicional mesa del almuerzo dominguero. No le molestaba compartir el programa con las huestes paródicas de Tito Martínez del Box, donde actuaban los que más adelante serían los Cinco Grandes del Buen Humor, capaces de imitarla con mucha gracia (también lo haría Niní Marshall); y los oyentes dispensaban su atención a la una y a los otros, con el mismo fervor. ¿Qué productor de televisión tendría hoy semejante audacia?
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Luis Saslavsky la tuvo, en el cine. Hombre de refinada cultura y de humor travieso, supo combinar en sus películas los estilos y los géneros, con gusto certero. En "Ceniza al viento", un film en episodios, confió a Berta Singerman un personaje que venía a ser ella misma. Con unos inolvidables guantes a rayas, admirablemente fotografiada (era una hermosa mujer), decía "El día que me quieras", de Amado Nervo, y al suicidarse en la ficción dejaba en marcha, en el tocadiscos, su propia grabación de los versos que, sin duda, inspiraron a Gardel y Le Pera la canción homónima. Berta ya había trabajado, por cierto, en el cine mudo argentino y en Hollywood.
Se había iniciado en el teatro, con su hermana menor, Paulina, en conjuntos de aficionados, y nunca abandonó del todo su amor por el escenario, los grandes textos y los personajes abrumados por la fatalidad. Quien firma estas líneas tuvo ocasión, en su juventud, de verla una sola vez como actriz de teatro, en "El pacto de Cristina", de Conrado Nalé Roxlo. El público la prefería, sin embargo, como intérprete magistral de los poetas, y así se la recordará siempre. Con el paso soberbio, el ímpetu y los velos desplegados de una viviente Victoria de Samotracia.
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