
Sobrevivió a críticas feroces y hasta a amenazas de muerte. Hoy, el autor de American Psycho vuelve con Glamorama, una novela plagada de sexo y violencia.
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La ultima vez que publicó una novela recibió amenazas de muerte. Feas. "Hay formas mejores de encargarse de Bret Easton Ellis que utilizando la censura", dice un texto aparecido en Internet acerca de American Psycho. Publicada en 1991, la novela de Ellis es una descripción desapasionada de los hábitos de compra, de comida y de limpieza de un ejecutivo de Nueva York, en los años 80, en la que el autor intercala relatos igualmente desapasionados de los asesinatos horripilantes que comete el protagonista. "Yo preferiría ver cómo lo despellejan en vida", continúa la amenaza que circula por la autopista informática, "cómo le introducen una rata en el recto, le cortan los genitales y se los fríen en una sartén delante de un público en vivo y de una cámara de video. Esos casetes luego se podrían vender como arte y libre expresión."
La respuesta de la comunidad literaria norteamericana a la publicación de American Psycho también fue cruel, pero de un modo más discreto: los críticos la destruyeron, al novelista dejaron de llegarle invitaciones, y cuando Ellis le sugirió a su agente que podría escribir algunas reseñas literarias, ella le tuvo que decir que nadie tenía interés en que lo hiciera. Aún hoy, Ellis está resentido por eso.
Finalmente decidió seguir con su propio trabajo. Y el resultado es su nueva novela, Glamorama, un libro sobre modelos, discotecas y terrorismo, y sobre cómo, si uno toma demasiadas decisiones superficiales y equivocadas, éstas terminan por sofocarlo. Probablemente ahora no haya amenazas de muerte, a menos que provengan de las personas que fueron excluidas de las listas de invitados a los desfiles de modas que aparecen mencionados con tanta frecuencia en la primera mitad del libro. Si bien existen momentos de violencia y destrucción espantosas, y de sexo metódicamente explícito, en este libro el sexo y la violencia se mantienen a una distancia prudencial el uno del otro.
Glamorama es la novela más larga de Ellis, y también la primera que tiene argumento. Sus cuatro libros anteriores podrían resumirse fácilmente diciendo que son ejercicios complementarios –Menos que cero (Less Than Zero, la vida sigue para los jóvenes de Los Angeles, decadentes y sin rumbo), Las leyes de la atracción (The Rules of Attraction, la vida sigue para estudiantes secundarios decadentes y sin rumbo), American Psycho (la vida sigue para un psicópata de Nueva York decadente y sin rumbo, adicto a las compras) y Los confidentes (The Informers, la vida sigue para unas cuantas personas decadentes de Los Angeles, vagamente relacionadas entre sí)– que adquirieron buena parte de su fuerza no por la manera en que fueron cambiando sus personajes, sino por el modo en que no lo hicieron.
Si bien existe mucha decadencia y falta de rumbo en Glamorama, también hay algo de suspenso, y los personajes –en particular el narrador, Victor Ward– van cambiando a medida que pasa el tiempo. Una de las primeras decisiones de Ellis fue que el libro comenzara con la palabra partícula y terminase con la palabra montaña. "Y habría una conexión entre estas dos palabras", dice. "De partículas a montañas sería la trayectoria de Victor Ward."
Ellis empezó a escribir American Psycho a los 22 años; ahora tiene 34. "A medida que pasa el tiempo me doy cuenta de que es cierto que las vidas tienen narrativas", dice. "A los 23 años uno tiende a ver el mundo como una serie de eventos al azar que se van sucediendo."
bret easton ellis vive en este amplio departamento de paredes blancas y pisos de madera desde que se mudó a Nueva York, en 1987. Durante diez años prácticamente no tuvo muebles. Dormía en un colchón, rodeado de pilas de libros, y trabajaba en un pequeño escritorio junto a la puerta. Los pisos estaban manchados con los recuerdos de demasiadas fiestas exitosas.
Trabajó ocho años en Glamorama. Se puede tardar tanto tiempo cuando la vida se entromete en el camino: el tumulto alrededor de la publicación de American Psycho; la muerte del padre y los consiguientes trámites de sucesión por la herencia; el final de una relación que duró siete años; la necesidad de interrumpir la novela para terminar una serie de cuentos (Los confidentes) y satisfacer así los reclamos de sus editores.
Y después hubo un montón de fines de semana perdidos... semanas perdidas... meses perdidos. Ellis intentaba trabajar durante el día. A la noche generalmente salía, y a veces estas salidas desfasaban totalmente sus planes. "Vivía hecho un desastre, todo el tiempo", dice en un tono que no tiene rastros de remordimiento ni de autoelogio. "Tomaba, y consumía todas las drogas que se te ocurran, y estaba realmente paranoico y loco."
Cuando exploro la frase "todas las drogas que se te ocurran", Ellis admite que hace relativamente poco –unos tres años– pasó por una fase de heroína. En ese momento estaba saliendo con una persona adicta, y al poco tiempo quiso subirse al mismo avión. No se inyectaba, sólo aspiraba y fumaba. Después de tres o cuatro semanas comenzó a perderse los casamientos y los cumpleaños de sus amigos más cercanos. Estaba enfermo o totalmente drogado. Así que dejó. "Digamos que tuve la inteligencia suficiente como para frenar a tiempo y darme cuenta de que, aunque realmente me encantaba, lo mejor era salir de ese asunto. Se estaba convirtiendo en algo... problemático", confiesa.
Hace aproximadamente un año, Ellis decidió que necesitaba madurar. En los últimos meses agregó al departamento una cama, estantes para sus libros, mesas de noche y banquetas.
Para hablar, nos sentamos en las banquetas, aunque él no deja de quejarse de lo incómodas que son, como si quisiera demostrar que mejorar el ambiente que te rodea sólo trae más problemas. La voz de Ellis no tiene el tono monótono e inexpresivo que a menudo se encuentra en sus libros. En realidad, es bastante cálido y alegre, y oscila entre una autodesvalorización casi maníaca y una arrogancia del tipo "a quién carajo le importa", actitudes que destacan sus inseguridades y lo vuelven mucho más simpático.
El proceso de crecimiento parece estar funcionando, al menos en relación con los muebles: durante nuestra primera entrevista le entregaron una silla de escritorio nueva. Al día siguiente llegó un sofá elegante y pequeñísimo.
ellis se crio en los angeles. "me acuerdo muy bien de que incluso cuando estaba en jardín de infantes o en primer grado usaba poleras negras y caminaba muy despacio bajo la lluvia, con las manos en los bolsillos", dice. "No encontraba mucho placer en las cosas que les gustaban a mis compañeros: las «trepadoras» de la plaza, la calesita, los areneros, los baldecitos y las palitas...", su voz se hincha con un tono de burla mientras sigue enumerando, "...bailar en círculos alrededor de alguna planta, todos agarraditos de las manos; sacar juguetes de bolsas, volver a guardar los juguetes en las bolsas, hacer cola para que te den leche chocolatada... todo eso me parecía sin sentido".
Siempre le gustó escribir y siempre tuvo enorme confianza en su talento; terminó tres novelas en la adolescencia (que nunca se publicaron) antes de dirigirse al Bennington College, en Vermont, donde siguió escribiendo. Dale, su madre, recuerda que recibió un informe de uno de sus maestros, el escritor Joe McGinnis. Parte de lo que decía la emocionó –que su hijo escribía como si fuera mucho mayor y que ya podría publicar lo que escribía–, pero también decía que pensaba que Bret estaba sufriendo. "Leer eso realmente me dolió", dice ella. "Que mi hijo estuviera sufriendo y que fuera otro el que se diera cuenta."
Ya en esa época había opiniones extremas con respecto a Ellis. "Ese es un tipo que en primer año recibía correspondencia venenosa de los que participaban en los talleres literarios", dice de él su amigo Ian Gittler. El pecado de Ellis fue hablar francamente en sus escritos sobre la gente que conocía de la universidad: su ex novia traficante de drogas y su proveedor y amante; la persona que le puso mda a la bebida en una fiesta; el tipo que le encajó semejante mordedura en el cuello a su novia que hubo que llevarla a la enfermería. Por alguna mezcla de inocencia, arrogancia e indiferencia, no logró disimular quiénes eran las personas de carne y hueso que habían inspirado a sus criaturas literarias.
Ellis redactó el borrador de Menos que cero, su primera novela, rebosante de hastío, a principios de 1983, en Los Angeles, durante un período de desenfreno que duró ocho semanas en las que vivió consumiendo cristales de meth. (Fue la última vez que los tomó y que logró escribir con éxito bajo el influjo de narcóticos.) El libro se publicó en 1985, durante su tercer año en la universidad, y fue un gran éxito. Pero junto con él vino la atención que trae aparejada un gran éxito. Hacia fines de su último año en Bennington, Ellis se derrumbó. Se despertó una mañana sollozando histéricamente y no pudo salir de la cama. "Si yo no hubiera pasado por esto y escuchara hablar de ello a otra persona pensaría: Qué cagón", dice. "Qué cagón, creo que ése debería ser el título de tu artículo."
Ellis considera ese episodio como una especie de surmenage. Su madre insiste en que fue mononucleosis.
El verano pasado, la vida de bret easton Ellis se complicó un poco con la presentación televisiva, en Gran Bretaña, de This Is Not an Exit: The Fictional World of Bret Easton Ellis, un documental del que participó con entusiasmo. "Soy una víctima de mi propia vanidad y de mi propio narcisismo", explica. Si bien tiene muchas reservas respecto del film, el mayor problema surgió en la escena final, para la cual lo convencieron de que tomara una limusina y fuera a un club con dos escritores amigos: Candace Bushnell y Lawrence David. Ellis había estado bebiendo y había consumido cocaína. Dice que lo que más lamenta es que hubieran aparecido como idiotas, pero algunos momentos se destacaron particularmente. Por ejemplo, cuando Ellis menciona los bastoncitos de pescado, Bushnell le responde: "¿Bastoncitos de pescado o puño en el culo?" En otro momento, ella le pregunta, borracha o incrédula, o ambas cosas a la vez: "Bret, ¿alguna vez has estado con una mujer?", y él le responde, indignado: "¡Sí he estado con una mujer!"
La intención parecía bastante clara: Ellis quería que la gente supiera que él era gay y, después del programa, su aparición ante las cámaras sólo confirmó esta idea. "Sí", le dijo a un reportero británico, "probablemente esto destruya toda la mística que logré construir alrededor de este tema. Bueno, si se sabe, se sabe... Estaba viviendo una farsa, una mentira en público. Parece que esos días se acabaron". Ellis asegura que lo que buscaba era dar una respuesta ambigua que no confirmara nada. Pero nadie lo interpretó así. En Nueva York, las columnas de chismes se pusieron en marcha. Evidentemente Ellis necesita hablar del tema, aunque sólo fuera para intentar sacarlo del tapete. Su posición al respecto sigue siendo la misma de siempre: insiste en que su sexualidad no está declarada.
Quizá con la intención de demostrar que no teme hablar de estos temas, Ellis comparte gustoso una historia informal del desarrollo de su sexualidad. Dice que perder su virginidad no era algo que lo tuviera muy preocupado, ni siquiera en el momento en que ocurrió, cuando tenía 16 años. "Realmente fue muy extraño", dice, "porque durante esa semana pasaron tres cosas: perdí mi virginidad (con una mujer), me acosté con un hombre y saqué el registro para conducir. Fue una semana pesada para un chico de 16 años".
Ambas experiencias sexuales se produjeron con compañeros del colegio, de su misma edad, y fueron instigadas por ellos. "La verdad es que mi interés por el sexo no estaba tan definido", dice Ellis. "No lo tenía muy claro. De alguna manera era, más bien, una experiencia cerebral, y buena parte del placer que experimentaba no tenía nada que ver con el sentimiento. Tengo que admitir que eso fue así para mí durante mucho tiempo."
Después, confía, pensaba en los dos encuentros del mismo modo: ninguno lo había afectado demasiado, aunque no volvió a tener sexo durante dos años. Luego inició una relación con una chica (quien más tarde inspiraría la creación de Blair, el principal personaje femenino de Menos que cero), pero mientras salía con ella también empezó a verse con un compañero de clase...
"...Sabés", dice, interrumpiéndose a sí mismo, "creo que tendría que hablar de esto con mi psiquiatra; de alguna manera, me da vergüenza hablar tan tranquilamente acerca de mi vida sexual adolescente para una revista. Parece extraño que vivamos en una cultura en la que alguien se pueda sentir cómodo hablando de esto, porque, en el fondo, pienso que la sexualidad no es algo de lo que uno deba hablar. ¡Y menos con periodistas!".
Empiezo a responderle y me hace callar. "Pero tengo ganas de hablar de esto, así que no me interrumpas."
Y entonces continúa: "Y después vinieron los años en Bennington. ¡Orgías! ¡Experiencias de a tres!"
¿En serio?
"Estuve metido en una cantidad increíble de tríos cuando estaba en la universidad", dice. "En serio. La idea me gustaba mucho." Ellis siempre era el tercer lado en el triángulo que integraba con cualquier pareja heterosexual. Insiste en que no era él quien tomaba la iniciativa. Y hasta ahí llegan las precisiones acerca del sexo de sus parejas a lo largo de su historia erótica. Su relación más larga –"llamémosla La Relación", sugiere, como si me ofreciera ayuda– fue con una persona que se dedicaba a la política; duró desde diciembre de 1988 hasta octubre de 1995, y fue Ellis quien le puso punto final. Siguen siendo amigos. Considera que es su privilegio no decir nada más. Si se declarara heterosexual, gay o bisexual –argumenta–, limitaría y dirigiría en un solo sentido la interpretación de las cosas que escribió.
Le pregunto si le preocupa que la gente que suponía que él era gay ahora piense que lo está negando.
Asiente, pero no para responder sino sólo para indicar que entiende lo que estoy preguntando. "Supongo que pueden sentirse inclinados a pensar que soy… ¿cómo se diría?: un marica que se odia a sí mismo", comenta. "Yo, realmente, no estoy seguro de querer conocer al lector, ni tampoco sé si quiero pasarme el tiempo explicándole las cosas."
ahora puede ser mas honesto. cuando el editor original rechazó American Psycho, en medio del escándalo originado por los pasajes más virulentos de la novela, Ellis se vio forzado a hacer una defensa muy precisa y seria del propósito del libro. Si bien las cosas que dijo las dijo de verdad (que el libro era una sátira de los valores de los años 80 y que era más feminista que misógino) había cosas a las que no se podía referir. No era el momento de señalar que, a pesar de todos sus aspectos horrorosos, también era un libro muy gracioso y que muchas veces se había reído histéricamente mientras lo escribía.
Las otras omisiones fueron de carácter más personal. No quiso subrayar el hecho de que en algunos aspectos importantes, Patrick Bateman, el narrador, era Bret Easton Ellis (aunque no en el modo en que Bateman aplicaba su violencia a otros seres humanos y animales). "Desde muchas perspectivas estaba escribiendo sobre mí mismo, sobre la forma en que estaba viviendo", dice. "En ese sentido, el libro resultó ser mucho más autobiográfico que lo que había imaginado. Es un reflejo preciso de cómo era yo en el momento en que lo escribí, y del tipo de vida que llevaba entonces. Fue una declaración detallada de mis experiencias cotidianas, y también una crítica muy dura a mi forma de vida. En ese libro hay una gran dosis de bronca contra mí."
La otra persona que inspiró la creación del personaje de Patrick Bateman fue el padre de Bret. Siempre habían tenido una relación muy difícil. El padre de Ellis, un adinerado agente inmobiliario, era alcohólico y, por momentos, violento. Abandonó su casa cuando Ellis tenía 16 años. La teoría que luego elaboraron Ellis y su psiquiatra fue que el padre nunca había recuperado el sentido de su propio valor después de haber perdido un ojo en una pelea con piedras durante su niñez, y que transmitió este sentimiento de inseguridad a su familia.
"Creo que hay muchas cosas que no me gustaban de mi padre que se convirtieron en elementos de la personalidad de Patrick Bateman, ya sea de manera consciente o inconsciente", dice Ellis, "como la ética del playboy; toda esa cuestión de los yuppies; el deseo de lograr estatus y la obsesión por la propia apariencia; la manera de hablar y la manera en que se presentaba a sí mismo: con una especie de visión desolada y desesperanzada de la vida". Su padre se referió a American Psycho, en tono de broma, llamándolo "ese libro sucio". Bret nunca le confesó el papel que había tenido en la creación del protagonista.
Los cinco libros de bret easton Ellis comparten algunos personajes. Clay, el narrador de Menos que cero, aparece en Las leyes de la atracción, donde uno de los personajes principales, Sean Bateman, tiene un hermano –Patrick– cuyo inquietante estilo de vida es detallado luego en American Psycho. Otro personaje de Las leyes de la atracción, Victor Ward, es el narrador en Glamorama, donde aparecen nuevamente otros rostros familiares, incluyendo a los hermanos Bateman. Ellis explica que se siente cómodo con estos personajes. Le recuerdan que "básicamente, los libros tratan siempre de las mismas cosas y, básicamente, también, yo escribo siempre acerca del mismo mundo".
–¿Y cuáles son esas cosas?
–Una especie de superficialidad, de vanidad, de narcisismo; una obsesión por encontrar la verdad en las superficies.
–¿Vas a pasar toda tu vida escribiendo sobre norteamericanos blancos, superficiales y adinerados?
–Sí –dice, sonriendo–. Mi próxima novela se trata de eso.
Ese libro se refiere al mundo de la política. También está escribiendo sus memorias, tituladas –de un modo tentativo– Where I Went I Would Not Go Back (Adonde fui no volvería), que abarcarían la época de su adolescencia y sus años en la universidad.
Ellis disfruta mezclando en sus libros actividades supuestamente trascendentes (matar gente, hacerse un aborto) con otras supuestamente triviales (lavarse el pelo, comer un brownie) y las trata de la misma forma directa y desprovista de sentimiento, como si sugiriera que sólo fingimos reconocer la diferencia entre ambas, cuando en realidad no la notamos. La verdadera desolación de sus libros no deriva tanto de las cosas terribles que a veces suceden sino de cómo ninguna de ellas parece ser más importante que cualquier hecho banal.
Las primeras 185 páginas de Glamorama detallan –en un sentido literal de la palabra, rasgo típico del estilo de Bret Easton Ellis– las intrigas de los modelos y de los clubes nocturnos de Nueva York. Pero es en la segunda mitad donde el autor realmente incursiona en nuevos terrenos y encuentra una voz narrativa novedosa. La acción se traslada a Europa, el argumento se vuelve más misterioso y el libro adquiere un tono surrealista. Hay una competencia entre equipos de camarógrafos que circulan filmando la acción a medida que transcurre. A veces parecen reales, a veces no. "¿Qué significan el papel picado y el olor a mierda?", pregunta Ellis en forma retórica, acerca de una imagen recurrente en la novela. "Ojalá pudiera darte una respuesta."
Quizás este nuevo interés de Ellis en un tipo de narrativa que tiene una dirección determinada apacigüe a algunos de sus detractores. Pero lo dudo. Si uno se atreve a reconocer que disfruta los libros de Ellis –algo que yo mismo intenté hacer– y la comunidad literaria norteamericana se entera, por lo general sólo recibirá burlas y desprecio. Esa reacción no se debe únicamente al alboroto que provocó American Psycho. Quizás Ellis alcanzó el éxito siendo demasiado joven y se divirtió de una manera que se hizo excesivamente pública. A veces pareciera que sus críticos ven la falta de imaginación de los personajes de Ellis como un reflejo de la falta de imaginación de su autor; su obsesión por la cultura pop trivial y por los estimulantes que anulan la sensibilidad como un reflejo de la superficialidad de Ellis; la falta de ética de los personajes como un reflejo de la conducta inmoral de quien los creó. Decididamente, Ellis está sospechado de ser un adicto al sensacionalismo.
Sin embargo, él no se preocupa demasiado. "Son perdedores", responde. "No me importa... Simplemente no me interesa esa gente. Hace tanto tiempo que sostiene una actitud desagradable respecto de mis libros que, francamente, sería agotador si todavía me importara, después de catorce años." Luego reflexiona: "Pienso que la gente cree que alguien que pudo escribir los libros que yo escribí debe ser un verdadero hijo de puta y un imbécil." Ellis insiste en que escribir un libro es una actividad absolutamente egoísta, y que así debe ser. "Realmente no me interesa demasiado lo que la gente opine sobre el trabajo", dice. "Lo cierto es que me siento totalmente seguro de lo que hago, y lo que publiqué hasta ahora es exactamente lo que quería publicar. Estoy contento de haberlo hecho. No me arrepiento para nada."
una noche, ellis y yo fuimos a una fiesta del ambiente literario en honor a Jim Harrison. En el taxi, camino del centro, Ellis habla con sus amigos y considera cómo tendría que comportarse en la reunión. "Hago un par de números de circo", dice, "y la gente me va a aplaudir de mala gana". De hecho, no hay ni acrobacias ni aplausos. Tampoco sucede nada desagradable. Ellis se pasea por el salón, cómodo, conversa con amigos como Jay McInerney y se baja un par de vodkas. En el bar, lo encuentro mordisqueando un pedazo de queso. "Al menos no es un bastoncito de pescado", dice.






