Breve antología de frases famosas
¿Cuál es la frase más famosa del teatro contemporáneo en lengua inglesa, la más difundida y citada en el área respectiva y también, probablemente, a través de traducciones, en el resto de Occidente? Según el Times Literary Supplement del 9 de este mes, se trata de la conmovedora reflexión final de Blanche Dubois, la protagonista de "Un tranvía llamado Deseo", de Tennessee Williams (1947), al ser conducida a la clínica psiquiátrica: "Siempre he dependido de la bondad de los extraños" (`the kindness of strangers´), que también podría ser "la benevolencia", o "la generosidad de los extraños", como se prefiera.
La frase no sólo ha ingresado en el habla cotidiana, con diversos sentidos que van de lo patético a lo paródico, sino que ha cundido en el ámbito literario, donde prolifera como título de una cantidad de libros. Curiosamente, fue elegida por dos conocidos periodistas de la BBC de Londres para encabezar sus respectivas memorias: "The kindness of strangers", de Bernard Braden, apareció en 1990; y "The kindness of strangers", de su colega Kate Adie, editado en 2003, sigue hasta hoy en la lista de más vendidos.
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También hay tres novelas: "The kindness of strangers", de Mary Mackey (1988), otra de Laurey Bright y otra de Julie Smith, de su serie "Skip Langdon mystery", de 1997. Por supuesto, no podía fallar como título de una biografía de Tennessee Williams, escrita por Donald Spoto en 1985. Pero no sólo la ficción y la biografía la utilizan, sino que adustos científicos también recurren a ella, seducidos por su sugestión y su encanto. Así tenemos, por ejemplo, "La bondad de los extraños: mentores adultos, juventud urbana y el nuevo voluntarismo", del sociólogo Marc Freeman; y de su colega John Boswell, "La bondad de los extraños: abandono de niños en Europa occidental". El título más intrigante, sin embargo, es "La bondad de los extraños: a través de los Estados Unidos sin un centavo", de Mike McIntyre.
Shakespeare es, de lejos, el mayor proveedor de frases incorporadas al lenguaje común. La más notoria debe de ser, tal vez, "Ser o no ser: esa es la cuestión" (o "ese es el problema", o "esa es la pregunta"), tan utilizada por los caricaturistas cuando evocan a Hamlet. Por lo general, en el momento equivocado, porque suelen representar al príncipe danés enunciando esas palabras con una calavera en la mano, cuando esta imagen corresponde en realidad a la escena, muy posterior, del cementerio. Y en "Hamlet" está la más bella despedida del teatro mundial, la de Horacio al protagonista: "Buenas noches, dulce príncipe; que coros de ángeles arrullen tu sueño".
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También en el área de lengua inglesa se ha hecho popular la referencia a "pompa y circunstancias", para aludir a una ceremonia fastuosa. Son vocablos puestos en boca de Otelo cuando, ofuscado por las mentiras de Yago, dice adiós al amor por Desdémona y al esplendor de sus hazañas guerreras. De "Romeo y Julieta" se recuerda aquello de "despedirse es un pesar tan dulce, que seguiría diciendo buenas noches hasta que llegue la mañana" (la traducción estropea la música original"), así como "¿Qué hay en un nombre?", o "No es la alondra, sino el ruiseñor". Etcétera.
¿Y por casa cómo andamos? ¿Cuáles serían las frases teatrales que los argentinos recordamos con más frecuencia en la vida diaria? Quizá ya no las utilicemos, sino las personas mayores, y a los más jóvenes no les digan nada porque vienen de un pasado que parece prehistórico. Por ejemplo, "hay que achicar la mesa, vieja"-pero tal como la entonaba Enrique Muiño-, de "Así es la vida" (1934), de Malfatti y De las Llanderas (o su opuesta, "hay que agrandar la mesa", según los vaivenes de la acción). O la que profería Sandrini, en "Los duendes cazan perdices": "¡La vieja ve los colores!". Es seguro que hoy la provisión de frases corre por cuenta de los teleteatros. Así es la vida, verdaderamente.






