
Domingos a las 22 / FX
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Desde hace unos años, toda serie norteamericana que siga las desventuras de una familia problemática recibe la inevitable comparación con Los Soprano. Esto no se debe tanto a la pereza de los críticos como a que, tras el éxito del programa protagonizado por James Gandolfini, la televisión se llenó de familias complicadas y muy atípicas que aspiraban a capturar el exceso de interés que Los Soprano había generado por este tópico. En todo caso, la pereza crítica iba de la mano de la pereza creativa. Brotherhood se desarrolla en un suburbio neoyorquino hiperpoblado de gangsters y sigue el rarificado funcionamiento de una familia de inmigrantes (irlandeses) para nada ajena a la corrupción del lugar. ¿Tiene algo que ver con Los Soprano? Tanto como Los Soprano tienen que ver con todos los relatos previos sobre la mafia, desde El Padrino hasta Analízame! Si hubiera, necesariamente, que buscar un antecedente habría que incluir en la fórmula un poco de City Hall, film de 1996 en que Al Pacino interpretaba a un ficticio alcalde de Nueva York que es arrastrado por un torbellino de corrupción. Tal como esa buena película (escrita por el dream team de guionistas Paul Schrader, Nicholas Pileggi y Bo Goldman), esta serie se toma su tiempo para mostrar los tejes y manejes de la política en un barrio de Nueva York que, acaso, no sean enteramente distintos de los de la política en un barrio de Buenos Aires.
Tom Caffee es un concejal ambicioso que intenta cumplir con su trabajo lo mejor que puede. Como buen pragmático, pronto comprende que para atender a las necesidades más inmediatas de modo más eficiente debe usar las redes de corrupción tendidas sobre la función pública, en lugar de luchar contra ellas. Tom se plantea una línea ética: si se doblan las reglas es para lograr los objetivos, no por un rédito personal. Sin embargo, tras demasiados acuerdos en las sombras, tras demasiados favores, a cambio de otros favores la frontera se vuelve difícil de mantener. Para su hermano Michael, en cambio, no hay frontera alguna. Michael es un gangster dispuesto a recuperar los negocios que debió abandonar siete años atrás, cuando huyó del barrio sin volver a dar señales de vida. Sus métodos no excluyen la mutilación ni el asesinato a sangre fría. Al mismo tiempo, es un hijo devoto que se preocupa por llegar al almuerzo familiar y, fácilmente, el personaje más carismático de la tira. Su objetivo, como el de su hermano, es llevar adelante su vida, continuar haciendo lo que mejor sabe hacer. Es que Brotherhood es un relato construido como la exploración de sus criaturas, más que como un conjunto de acciones que conducirán a un clímax y a un desenlace. La ambigüedad moral es la contraseña para entender a los personajes: la esposa de Tom, por ejemplo, es un ama de casa y madre devota, que pasa las tardes en un hotel cogiendo y fumando porro con un amante. Esto no es “el problema de su línea argumental”. Es, simplemente, algo que hace a su carácter.Además de buenos personajes, de un relato entretenido y violento (aunque a veces la violencia parece un poco forzada, como si fuera obligatoria), Brotherhood ofrece también una mirada por el ojo de la cerradura a la política, entendida como el arte de lo que es posible por debajo de la mesa y, por eso, seguramente, nos sentiremos representados.
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