
“Buenos Aires me sorprendió”
A boca de jarro: Ed Shaw
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Después de casi cuarenta años en el país, el norteamericano Ed Shaw terminó por especializarse en responder a una de las preguntas que más intrigan a los argentinos: ¿Cómo nos ven desde afuera?
Neoyorquino, de 67 años, egresado en Historia de Princeton, eligió en 1960 vivir en Buenos Aires, donde hoy está de visita. Desde entonces curó, coleccionó, escribió sobre, compró, vendió y cambió arte ("probé todo lo relacionado con el arte... ¡menos hacerlo!"). Pero ahora, instalado desde hace tres años en Tunquén, Chile, trabaja en un libro sobre libros, un recorrido por las obras de extranjeros acerca de la Argentina, como el jesuita tirolés Antonio Sepp; el primer cónsul británico en Buenos Aires, Woodbine Parish; el chileno Benjamín Vicuña Mackenna, y el estadista francés Georges Clemenceau.
-¿Cómo llegó a Buenos Aires?
–Cuando era joven, todos los chicos se iban a Europa. Casi no había norteamericanos dando vueltas por acá. Buenos Aires todavía no integraba la ruta de los que buscaban su destino. Pero a mí me gustó. Me gradué en 1958 y vine después de terminar como reservista en 1959. Aunque ya había estado un año antes, para esquiar. Terminé en Brasil mi tesis de doctorado y después me vine en un barco carguero. Ya en Buenos Aires, siempre viví en un radio de dos o tres cuadras alrededor de la plaza Vicente López.
-¿Por algo en especial?
–Primero, por las novias. Después, por los edificios.
-¿Cuál fue su primera impresión de Buenos Aires?
–Era una ciudad oscura y también exótica; me sorprendió. Pero la gente era muy agradable. Decidí quedarme cuando (Arturo) Fondizi estaba en el poder y se creía en una revolución latinoamericana para bien. Me instalé en un clima de democracia y esperanza, pero pronto se dio vuelta el tablero. Igual, yo ya estaba enganchado...
-¿En qué trabajaba entonces?
–Dos norteamericanos que tenían una tienda en el Greenwich Village, de Manhattan, y que importaban artesanías de México y Perú, me propusieron mandarles cosas de acá. Entonces inventamos el Gaucho Look. Trajimos a un diseñador recién graduado de Parsons (célebre escuela de diseño), que combinó elementos gauchescos con alta moda. Eso salió en Harpers Bazaar y Vogue, tuvo mucho éxito y lo utilizamos para convencer al gobierno norteamericano para que apoyase el desarrollo de esta línea de diseño no tradicional. Cosa que hizo, con un programa que dirigí de 1963 a 1965. Era muy divertido y hasta ganaba más que el embajador (por lo que no le caía muy simpático...). Hasta que me aburrí.
-¿Su familia tenía vinculaciones con el arte?
–Nada. Fue una locura mía. Cuando llevé los primeros Botero a casa, mi madre creyó que estaba loco.
-Botero todavía no era conocido...
–Esos cuadros los compré por 50, 100 dólares... Después nos hicimos amigos y, aunque ya se cotizaba mucho mejor, durante un tiempo me siguió vendiendo al menos una obra al año por 500 dólares.
-¿Sabe dónde están ahora?
–Tenemos uno todavía, en casa de mi hija, Tania, en Colegiales. El resto fue a parar a Bélgica, Brasil, Estados Unidos. Otro se lo cambié a Guido Di Tella... Acá no podía vender ni uno, y eso que inicialmente los ofrecí a mil dólares.
-¿Sigue en contacto con Botero?
–Intercambiamos una carta al año. Eramos muy amigos y él tenía un hijo de la misma edad que mi hija. Siempre se hablaba de que eran novios, era como una broma común. Pero después el chico murió en un accidente de auto, la mujer se puso mal y él también cambió de carácter. La relación ya no era lo mismo. Mi hija le recordaba al hijo, supongo.
-¿Después de todo, logró entender a los argentinos?
–Creo que sí y justamente trato de volcar eso en un libro. Tengo una colección de 500 libros sobre la Argentina escritos por extranjeros. Y quiero citar lo más interesante de su visión de este país condenado a cierto fracaso por sus actitudes. He hecho nueve de treinta capítulos. Espero que eso plasme mi experiencia, que ha sido muy larga y comprometida, no política, pero sí vitalmente.
-¿Cómo ve este momento del arte argentino?
–Guillermo Kuitca es hoy probablemente el artista más importante de América latina. Pero es una excepción. Ultimamente vi algunas cosas buenas, no muy buenas, pero buenas. En Buenos Aires se podría montar una muestra de arte contemporáneo tres veces mejor de lo que se podría hacer en Chile y quizás igual que en Nueva York.
-¿Cómo es Tunquén?
–Está sobre una costa rocosa, a dos horas de auto de Santiago. Para mi casa, tomé la idea de la de Neruda en Isla Negra, pero la mejoré: tengo mejor lugar, mejor casa y mejor colección, porque tengo mejor ojo que los amigos de Neruda, que le regalaban cada cosa...
-¿Extraña Estados Unidos?
–Iba allá cuando vivían mis padres. Pero ahora me interesa mucho más viajar a India, Francia, Camboya o el norte de Africa que volver a pisar Estados Unidos.
Daniel Flores
Nadie lee
"Hace tres años, en Santiago, dos artistas jóvenes me invitaron como crítico a que los acompañara, pero sin escribir, con una obra. Presenté un collage sobre el crítico: básicamente un bloque negro sobre blanco. La idea era que escribir sobre arte es como algo conceptual, porque nadie lee nada. En mi vida nadie me dijo ¡Leí tu columna! Todos me dicen ¡Vi tu columna! Miran el título, la foto, la firma, el espacio que ocupa la nota y, con eso, analizan la importancia del artista. Pero nadie me lee, nunca."





