Cada sábado, con la compañía de todos

Marcelo Stiletano
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30 de junio de 2012  

Sólo las figuras que conocen la televisión al dedillo y entienden cada una de las etapas que se desenvuelven delante y detrás de las cámaras para alumbrar un producto televisivo pueden manejar lo que en la jerga del medio se conoció toda la vida como "programa ómnibus".

Badía y compañía es la última manifestación plena y reconocida de un modelo y un género que desde allí se fue extinguiendo y dejó su lugar con el tiempo a otra clase de fórmulas. De un lado, la televisión realista; del otro, la fragmentación impuesta por el cable, con una señal de 24 horas para cada temática.

En su mejor ciclo televisivo, Badía alcanzó el esplendor de todo lo que se entiende en el mejor sentido del término como la TV del entretenimiento genuino. Allí se reunían casi todas las posibilidades y manifestaciones del lenguaje televisivo: había actualidad (allí estaba Pepe Eliaschev, con su rigor analítico y su capacidad de observación), había debates culturales (con Sergio Sinay y Jorge Telerman, entre otros, reunidos para hablar de libros y tendencias), había humor (con Esteban Mellino en su mejor momento como el profesor Lambetain) y, sobre todo, había música en vivo, sin playback, con el respeto debido hacia el artista y con la posibilidad cierta, cada sábado, de una convivencia creativa entre el rock, la balada romántica, la proyección folklórica, el bolero y más de una atractiva presencia internacional.

Badía dejó un legado televisivo mucho más extenso, pero su programa ómnibus fue el que mejor lo caracterizó. Todos -artistas y público- pudieron sentirse allí plenamente acompañados.

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