
Nada con Vives es un acto privado. Con la casa llena de amigos, protegidos, compinches y uno que otro anónimo, el cantante colombiano habló sobre la relación entre el Magdalena y el Mississippi y las similitudes entre la cumbia y el blues para justificar su apelativo de “rockero”.
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Llegué al supermercado con el afán del atardecer y vi que había un atasco en la sección de condimentos. Una pequeña multitud de chicos estaba rodeando a Carlos Vives, que sostenía una canasta de plástico verde con varias cajas de spaghetti. Alguno de los chicos le había hecho un comentario desagradable, y Vives acababa de molestarse. Así no le dijo. Con groserías no. Y salió blandiendo sus spaghettis hacia la caja registradora cuando me le acerqué y le dije que me gustaría hacer una entrevista con él con motivo del lanzamiento de su nuevo disco, El rock de mi pueblo. Eso es lo que hago yo, rock me
dijo, aún algo exaltado, antes de darse cuenta de que estaba frente a una periodista. Ahí suavizó sus gestos, soltó una risa que pretendía ser alegre y siguió a la caja registradora mostrando una calma de actor veterano.
Unas semanas más tarde recibí una llamada de alguno de sus múltiples amigos, que son a la vez managers, promotores, asesores de imagen y compañeros de parranda, un grupo unido como una cofradía en torno a un proyecto que todos parecen ver con veneración. Carlos quería invitarme a almorzar en su casa para que tuviéramos un rato tranquilo para hablar. Llegué sobre la una de la tarde y me abrió la puerta una mujer menuda vestida de blanco. “Teresa –me dijo más tarde Vives– es la mujer que más ha durado en mi vida”. Detrás de ella apareció el cantante, vestido con sudadera negra y medias blancas. Tenía sus dreadlocks agarrados en una pañoleta oscura y un bronceado tipo Miami. Como todo en la vida de Vives [eso lo aprendí ese día], este no era ni mucho menos un acto privado. Era un almuerzo típico costeño, con amigos, primos, recién conocidos y uno que otro anónimo que revoloteaba un rato por ahí y luego se iba. La idea era que almorzáramos en “familia”, y que después me quedaría yo con él, pero apenas entramos me di cuenta de que la charla privada se iba a demorar en empezar. Llegamos a una sala silenciosa que no tenía el menor vestigio de uso en muchos años, y Vives se sentó en el brazo de un sofá, mientras que su hermano mayor, un par de amigos y yo nos quedamos a su alrededor. No hubo un minuto de silencio, aunque la situación era algo incómoda. Todos cercanos unos con otros, comenzaron en seguida a ponerse al tanto de sus vidas y a hablar de la historia de la música argentina, aparentemente entrañable en las fiestas y el hilo conductor del almuerzo que vendría. Yo, mientras tanto, no le quitaba los ojos de encima a Vives, en silencio y con la grabadora apagada, estudiando sus gestos y sus historias.
Vives no me miraba, pero parecía consciente de mi presencia inquisitiva. Total, la única periodista ahí era yo. Hacía movimientos rápidos con las manos, hablaba en un complejísimo argot costeño y parecía tímido a pesar de su apariencia de canchero. Carlos tiene fama en los medios de ser inalcanzable, gracias a su manager y una parte de su equipo de locos desordenados, pero quizá sea su timidez la que le impide unas relaciones con la prensa más directas. En todo caso, me dijo uno de sus allegados, nadie le había hecho jamás una entrevista de más de una hora, a pesar de que Vives no ponía límites de tiempo –la prueba es que yo estuve con él cinco horas y media–.
Después de decir que su mamá –antioqueña de nacimiento– era una gardeliana, y afirmar que el Gardel de su vida era Charly García, nos preguntó si queríamos pasar a la mesa.
La que más cara de mesa tenía, de madera oscura y con sillas alrededor, como mesa que se respete, también tenía aires de no haber sido usada nunca, así que me pareció normal que la ignorara por completo y nos llevara en cambio a la cocina. Una mesita auxiliar con cuatro puestos reinaba sobre lo que era claramente su rincón favorito de la casa. Contra la pared, una especie de mercado de pulgas reunía discos, fotos, guitarras hechas con tapas de botella y palitos, trofeos y un móvil imitación Calder con tapas de discos colombianos que ya no se consiguen. La puerta de vidrio que daba a la terraza se encontraba abierta y alguien sacó un paquete de cigarrillos mexicanos que todos quisieron probar. El almuerzo, entonces, quedaba postergado. No me quedó más remedio que ir por mi grabadora y sacarla un rato a la terraza. En el camino de vuelta, me encontré de frente con Vives que salía corriendo con una papa frita en la boca. Fue la primera vez que nos miramos, me sonrió y me tocó un brazo. Di por roto el hielo y salí al sol.
Vives se acercó a su rincón y en un equipo de sonido que nunca se apagó comenzó a darnos una serenata con lo que le parecía que debían ser los temas musicales del día, desde Spinetta hasta un remix que hizo Paul Oakenfold de su canción “Como tú”.
“Yo no sé qué es un remix. Y no tengo muy claro quién es Oakenfold, pero todos mis amigos parecen haber descubierto que yo soy un artista cuando les cuento que éste tipo me hizo un remix para su disco Creamfields ”, y acto seguido me regaló el álbum “que todavía no ha salido al mercado”, junto con una copia de El rock de mi pueblo y, como tal vez pensó que no era suficiente, me señaló una pila de discos, todos sellados, y me dijo que agarrara los que quisiera. “Todos llegan a la revista”, mentí para no recibir más regalos, y salimos a la terraza a seguir fumando.
Como entre los invitados se encontraba un argentino, Vives aprovechó la conexión para relatar sus anécdotas con Charly García, a quien considera un amigo, además de su ídolo, según me lo reiteró con gardeliano fervor.
“Actuamos juntos en una telenovela”, me dijo, aunque no especificó qué estaba haciendo el ídolo del rock en español frente a una cámara de culebrón. “Al final el director me dijo que yo había salido con cara de idiota”, pero nadie se molestó en repetir la toma, tal vez porque la cara de idiota de Vives frente a su dios no tenía remedio. Ahí entendí por qué cantó una vez las canciones de Charly en un disco que lo marcó en su momento como un artista poco original, pero que a él le importó un pepino porque el homenaje era sentido, desde hacía mucho además, y para probarlo sacó una caja de CDs que incluía algunos desconocidos en el lado norte de Suramérica, verdaderos tesoros de Spinetta, de Seru Girán y de Soda Stereo, además de otros nombres que para él significan más que Mick Jagger y Elvis Presley.
“El otro día, con Claudia Helena –Vásquez, su novia, ex señorita Colombia– me senté a ponerle toda esta música para que comprendiera mejor mi mundo”, dice. “Estos tipos agarraron la música de su país y la volvieron su rock. La influencia tanguera en Charly es innegable. Eso mismo hago yo”.
Cuando nos sentamos a la mesa, un hombre que era quien servía, hacía las veces de acompañante y además contestaba el incansable teléfono, me preguntó si podíamos por fin empezar a comer, aferrándose con angustia a mí, la única imagen femenina, como si yo fuera capaz de restablecer el orden en esa mesa de locos. Me encogí de hombros y él lo interpretó como un gesto afirmativo y procedió a poner sobre la mesa una posta negra [punta de anca preparada a la manera de Cartagena], arroz con coco, papas chips, dos tacitas de suero costeño [“nuestro sour cream”, dijo Carlos] y una ensalada enorme, que básicamente fue toda para Vives. Aunque había una botella de vino que alguien había llevado para la ocasión, Vives nos ofreció entusiasmado un agua de horchata con hielo y la botella fue a parar discretamente al bar luego de estar ociosa sobre el mesón de la cocina durante toda la tarde.
La posta negra nos trajo recuerdos de infancia y comenzamos a hablar sobre la costa y la historia, y Carlos soltó un discurso investigado con el celo de un científico, sobre las primeras conquistas en el continente, Rodrigo de Bastidas, los piratas holandeses y su tierra. “Si yo tuviera que fundar una ciudad en algún lugar, sin duda escogería a Ciénaga”, dijo. “Queda al lado de la Sierra Nevada, tiene al frente el mar caribe y está inundada por los caños que bajan del Magdalena y los ríos que bajan de la Sierra. Pero ahí se asentaron los gringos. Y yo que siempre me había sentido orgulloso porque mi abuelo tenía tierras en la zona bananera y trabajaba para la Fruit Company. Estaba tan orgulloso que escribí una canción sobre el tren, donde contaba toda la historia [“Los buenos tiempos” / Tengo fe], ¡pero mi abuelo era aliado de los gringos!”, se avergüenza.
Terminamos el almuerzo, con pie de mamey incluido, y vuelven los cigarrillos. Yo empiezo a desesperarme y dejo a un lado la cara de visita, que finalmente no soy, y la reemplazo con ceño de entrevistadora. Llega otro tipo y se instala a hablar. Comienzo a dudar que nos quedemos solos, y las cervezas de la nevera salen a la terraza a velocidades de vértigo. Vives puede querer mucho a Santa Marta, pero siente una fascinación enorme por Argentina. En honor a ellos, imita el acento con un dejo costeño que da risa. No para de contar anécdotas de sus encuentros con los músicos y habla de un concierto de Charly en una discoteca privada en Bogotá, donde cantó de espaldas al público temas de los Stones, mientras todos le exigían que no se volviera tan loco. Charly terminó esa noche en su casa, al igual que Fito en otra ocasión con Cecilia, donde amanecieron charlando y con seguridad cantando algunas cosas.
“La vida se ha encargado de ponérmelos al frente”, dice en lo que sería su primera alusión al destino como un ente poderoso e ineludible. “Yo llegué a Buenos Aires el día del último concierto de Soda. El tipo que me recogió en el aeropuerto me dijo: «Llegaste a tiempo, porque hoy es el último concierto de Soda. Y yo les voy a manejar». Yo le dije: «Diles que yo estoy aquí, júrame... No me digas mentiras». ¡A las siete llegó un bus al hotel! Así que fuimos los rockeros de la banda. Nos dieron nuestra credencial de último concierto y ahora, cada vez que oigo el disco, digo: «Ahí estoy yo cantando, donde canta el público, ahí estoy yo»”.
Argentina, sin embargo, es más que música. Vives tiene complejo de futbolista y su obsesión por Maradona –increíblemente, otra jugada del destino–, se vio recompensada con una amistad. “Una vez estaba dando un concierto en Panamá. Yo siempre tengo un monitoreo en el oído y estoy en la mitad del concierto cuando me dice el tipo del monitor: «Diego Armando, tercera fila, mano derecha». Entonces yo les digo a estos manes, «cambio de repertorio. Vamos a hacer el “Pitán Pitán”, que es del fútbol, del Pibe», y saco un balón y volteo a mirar y no veo a Diego Armando en la tercera fila. Y me dice el monitoreo: «Diego Armando, mano derecha en el escenario», y va entrando Diego Armando y me da un saludo, todo sudado, y lo abrazo yo [“gordo duro ese hijueputa”, describe con implacable acento costeño], y agarra la pelota y la para con el pie, y empieza a levantar el balón y a pasarle el pie alrededor, y el balón no toca el piso y la gente empieza a aplaudir. Levanta el balón, se lo sube a la cabeza, se lo duerme en la frente y empieza a bailar lo que está tocando la banda.
“La última vez que lo vi fue en Barranquilla, cuando yo boté el gol, que vi después en la televisión cómo se reía, se lamentaba desde la cabina”.
“¿Por qué fuiste al partido del Pibe?”, pregunto, sabiendo que su actuación en el último juego del crack del fútbol colombiano fue muy criticada.
“El Pibe me llamaba todos los días «ven a jugar, ven a jugar». El último día me estaba haciendo el loco, no le pasaba al teléfono. Pero finalmente fui”.
Sus amigos recuerdan ese momento y sienten la necesidad de explicar que todo lo que cuenta sí fue cierto. Unos se ríen y empiezan a describir a Vives el dubitativo, con pelos y señales, otros guardan silencio y se limitan a corroborar con gestos afirmativos, la veracidad del cuento. Vives se transforma en el actor, y comienza a hacer el papel del partido.
“Decía el locutor: «Francescoli» [Vives pone su mejor voz de locutor], entonces entraba Francescoli y el estadio ¡AHHH...! [Vives pone su mejor voz de estadio]. «Carlos Vives» [cara de locutor confundido, con gallo en la voz incluido]... y yo entraba a la cancha haciendo todas las payasadas. Pero por dentro, ay Dios mío...”.
“Además era el único que entraba con fotógrafo personal”, acota un amigo suyo, que se burla de la estrellita en medio de tanta leyenda, y no me queda más remedio que imaginármelo entrando al estadio, rodeado de un combo que no lo desampara –como ya sé– ni durante las entrevistas.
Carlos vive todo como si fuera un fan. Incluso se ve a sí mismo con la candidez de un fan, y no puede evitar reírse de él y de La Provincia de vez en cuando. Hablando de nuevo de Buenos Aires, Vives cuenta que un día los de su disquera de esa época, Polygram, decidieron en un ataque de psicodelia desenfrenada hacer un acto promocional con dos de sus bandas que se encontraban de gira por Argentina: Kiss y La Provincia. Ahogado de la risa, Vives cuenta que le tomaron foto con Gene Simmons, cada uno sosteniendo el disco del otro, y al lado Egidio, “el campesinazo que toca conmigo”, preguntando: “¿Quiénes son ellos, compadrito?”, algo que aún sigue sin saber, pero que con certeza no le importa mucho.
El sol ha comenzado a bajar y alguien dice que es hora de hacer la entrevista, así que el resto de nuestros para entonces íntimos amigos y compañeros de cigarrillo, nos permiten entrar a la sala abandonada para colonizarla. Vives se salta el sofá y sigue derecho hasta un estudio improvisado que da contra la ventana. Busca la luz y un huequito de aire para poder seguir fumando sus tabacos. Se sienta sobre una biblioteca y yo me instalo en una silla vieja que suena demasiado y de nuevo se vuelve un tipo tímido y cambia la voz de costeño ruidoso a costeño educado en Bogotá cuando le pregunto lo obvio.
¿ De dónde salió El rock de mi pueblo?
Esto viene desde hace tiempo. Desde que era niño, cuando conocí los vallenatos y las parrandas de verdad, de la mano de Alejo Durán, de Leandro Díaz, Enrique Martínez y Carlos Huertas.
¿Por qué los conociste cuando eras niño?
Porque mi familia era de Santa Marta, que era la capital de toda esa región, de la provincia del Cesar, de la Guajira. Mi tío Rodrigo Vives Echeverría, médico de Santa Marta, hizo su [práctica] rural en Villanueva, la cuna de las familias auténticas del vallenato, donde creó lazos de amistad con todos ellos, así que cuando iban a visitar uno podía vivir una parranda en todo el sentido de la palabra. Con música que nacía y que se creaba allí, dependiendo de quiénes estuvieran. Luego, en mi adolescencia, vino otra época muy interesante del vallenato, en la que aparecieron el Binomio de Oro, Jorge Oñate, Diomedes Díaz, y Alfredo Gutiérrez –que para mí siempre fue un revolucionario– que también fueron los primeros pinos de modernización dentro de la industria, y para mí los más acertados que se han hecho.
¿El siguiente paso hacia la modernización lo hiciste tú?
Yo busco un sonido para La Provincia, un grupo de la industria que trabaja a partir de la música local. Yo soy consciente de que no soy folclorista, sino que he salido a buscar la propuesta de un sonido donde yo me sintiera muy cómodo.
¿Diomedes sí sería folclorista?
En la industria no hay folclor. El folclor no se graba, no se ilumina con luces. Se alumbra con la luna o con el sol. Todo lo demás son proyecciones folclóricas: el ballet de Sonia Osorio, Diomedes, La Provincia. Yo nunca tuve un compromiso con la forma del folclor, sino con el fondo. Utilizase el instrumento que utilizase. La guitarra eléctrica, las gaitas o la tambora en el vallenato, que es supuestamente caja, guacharaca y acordeón. Son una cantidad de normas que nos hemos fijado.
¿Pero esas normas cumplen una función? ¿Quién las fija?
Fundamentalmente la industria, pero cuando tú conoces el verdadero folclor ves que donde había piano se hacía con piano, donde había acordeón se hacía con acordeón, donde estaban los carrizos se hacía con carrizos. En la historia descubres que muchos de los folcloristas vallenatos utilizaron un sinnúmero de instrumentos.Pero el vallenato tenía una función mucho más importante que un rato de música. Todo el mundo se ponía de acuerdo alrededor de una parranda. Y cuando la gente escuchaba una historia cantada por estos grandes, diferentes personas de diferentes tipos de diferentes regiones, se ponían de acuerdo a través de esa historia.
¿Se puede trabajar con ese concepto dentro de la industria?
Yo creo que mi proyecto siempre fue abierto. Aquí trabaja Carlos Iván [Medina, en los teclados], aquí trabaja Andrés [Castro, uno de los productores], aquí trabaja el que le guste. Si se casan con la idea de que con lo nuestro podemos llegar a algo, aquí trabajan. Entonces mi idea fue esa, congregar.
Yo no pretendo ser Leandro Díaz. No tendría el descaro de pretender ser un Alejo Durán. Y te lo digo con toda mi verdad. La dimensión poética popular de ellos, la dimensión espiritual de ellos.... Cuando yo escucho un vallenato de Máximo Mobil, que es un indio guajiro del desierto, un tipo que muy poca gente conoció, de los cincuenta, letras como [Vives el actor se convierte a veces en Vives el cantante y saca su voz “carismática”, como la llaman sus amigos, para cantar alguna cosa] “Yo soy un campesino parrandero, que voy el domingo al pueblo pa’ buscar una diversión, para secarme un poco este sudor que nos atormenta a los montañeros, porque allá tengo lo que yo más quiero, no puedo negar que soy bebedor. Y el lunes voy a la cabaña muy temprano, porque allá tengo a mi mujer con mis hijitos. Y sigo parrandeando y trabajando muy contento, no he conseguido plata pero estoy sin compromiso”. Mira, por favor, ¡este man lo compuso en los cincuenta!
Se entusiasma, se acomoda, prende otro tabaco y explica. “Vamos a decir la verdad. Este señor, desde la Guajira, es más rockero, con su conciencia, con lo que dice, que los que a veces salen en MTV vestidos de punk hablando de «tu corazón, que me dijo nosequé». Un tipo como Mobil hace una poesía tan sencilla que es muy difícil de hacer”.
¿Y ese entonces es el rock de tu pueblo?
Claro. Ellos son los bluseros. Cuando viajé por el Mississippi veía todo el tiempo a Valledupar, al Magdalena, veía todo el tiempo esa autenticidad, ese aislamiento. Y por ende esa misma genialidad de la cosa popular. Cuando tú ves la geografía descubres que hay sólo dos grandes ríos que desembocan en la cuenca del Caribe, por donde entraron y salieron barcos, familias, esclavos, pianos. Uno se llama el Mississippi y otro se llama el Magdalena. Entonces tiene su sentido, tiene su lógica, que en esas profundidades, en esos pueblos, a orillas de esos ríos grandes... Es muy chistoso cuando la gente habla de fusión en esta música. El folclor es fusión por naturaleza. Y yo lo que he querido hacer siempre es música moderna a la que yo le llamo rock porque siempre entendí que el rock era algo popular. Pero no se si es pop-rock, si es pop.
¿Pop?
Yo no he entendido exactamente qué es el pop. No sé si es algo más moderno, si es algo menos orgánico, no sé si es que se usan ciertos instrumentos, no sé si es una música que se vende... Yo hablo de rock porque lo que se llama rock, o se llamó country o reggae, es lo mismo que le pudo haber pasado a cualquier corriente campesina nuestra, una frente al Mississippi y otra frente al Magdalena, pero ambas recibiendo esos valores folclóricos. Lo que yo hago puede ser nuestro rock, y no es para que me midas con Kiss, sino que me midas con los parámetros de donde soy. Yo soy el rockero de aquí. Y tengo mucho que aprender. Yo desconozco muchas cosas, pero he tenido más intuición que muchos de los virtuosos amigos míos.
¿En qué sentido más intuición?
En creer más en lo que es nuestra cosa. Yo a veces veo músicos con la mente un poquito lejos de aquí.
¿Quiénes?
No te voy a dar nombres. La mayoría. El músico hace unos años no quería ver mucho a lo colombiano, y podían ser muy virtuosos en sus pianos, muy conocedores de la historia de la música, pero con poca credibilidad sobre los folclores más humildes colombianos. Con mucha admiración hacia lo afro, pero con poca valoración a lo demás. Y ha habido dentro de los virtuosos y dentro de los más intelectuales gente con menos prejuicios, luego han podido descifrar mejores cosas.
¿Eso significa que tú no crees haber sido el primero?
No, para nada. Hubo mucha gente antes. Francisco Zumaqué, que grabó varios discos y los llamó Macumbia. Fíjate por ejemplo lo que hizo un tipo como Lucho Bermúdez, de la región de donde viene y con la influencia de las Big Band americanas. Cuando uno veía la forma en la que se vestían y la que se peinaban y cómo se paraban en el escenario, tú podías entender un fenómeno como Lucho Bermúdez, que era un gaitero de origen y que se dejó conectar por todas estas bandas de Nueva Orléans y La Habana, pero seguía siendo porrero. Eso quiere decir que todas estas cosas que uno está pensando y descubriendo, ya alguien las pensó. Ya alguien las vivió. Yo no he inventado nada, he tenido cierta intuición y he estado, no sólo en las parrandas de mi infancia, sino alrededor de los músicos de aquí, en la cosa bogotana donde vi que muchos de ellos, casi que sin darse cuenta, encontraron esos códigos donde había una posibilidad de otro sonido.
¿Cómo es lo de la “cosa bogotana”?
Cuando yo vivía en Bogotá había toda una corriente de músicos que tendía a los covers. El primer rock nacional se parecía al rock argentino, que asumimos como nuestro al no tener un rock propio. Y empezaron a salir bandas de rock en Bogotá, motivadas por el rock argentino, pero esos rockeros, especialmente Distrito Especial, que fue una banda conformada por un guitarrista bogotano que se llama Bernardo Velasco, un pianista –Carlos Iván Medina, que es el que está hoy en La Provincia– y un baterista barranquillero llamado Einar Escaf. Ellos empezaron a hacer su rock nacional con canciones sobre Bogotá, canciones a la décima, a Chapinero, a la policía... pero eran temáticas muy de acá y eso me llamó mucho la atención.
Yo seguía a Distrito, nos hicimos amigos, y ellos de repente empezaron a meter una tambora, y el patrón de la guitarra se volvió cumbia.
Cuando yo empecé a trabajar el vallenato, que era la música de mi región, descubrí que el vallenato es hijo de la cumbia, aunque cambia la actitud porque ya son tiempos diferentes: la cumbia era de la esclavitud y estos ya son hombres del campo, pero los patrones musicales siguen siendo los mismos que en la cumbia. Entonces empezamos a poner, en ese disco que está “La gota fría” el primer patrón de guitarra eléctrica en cumbia, que había trabajado Distrito.
¿En últimas la cumbia nuestra es el blues de los gringos?
La diferencia para mí entre la cumbia y el blues es el indio. En la cumbia, el indio está muy presente y eso es lo que hace que guste de los Andes pa’abajo y de Centroamérica pa’arriba hasta el Río Grande, pero en general los patrones africanos son los mismos. Tú oyes el ska, que es lo que baila la gente joven, y cuando te vas para el Mississippi te cuentan que el ska era un folclorito menospreciado, y cuando tocamos nosotros la tambora en el estadio estamos también haciendo ska.
Cuando yo empecé con lo mío, toda la industria del vallenato, que se hacen llamar folclor, me decían: “lo tuyo no es folclor”. ¿Estar todos de uniforme y con corbata, es folclor? Yo me ponía camisa rota, pantalones cortos, chancletas, y se burlaban. Me parezco yo más a los campesinos, de donde nace nuestra música, y a los indios, con el pelo más largo, que tú tocando con el pelo corto y vistiéndote de gala para hacer supuestamente folclor. Porque si tú quieres vestir el folclor de gala estás completamente equivocado. Por eso el folclor siempre te va a llevar al rock. Tarde o temprano.
¿Finalmente qué es el rock?
El rock es conciencia. Yo veo muchos grupos de rock que se visten como rock, que dicen que son de rock, que salen en los canales de rock, pero lo siento mucho, tú puedes hacer un patrón de Rock & Roll y sonar muy pesado, pero no me estás diciendo nada, no me estás enseñando nada, no me estás ayudando en nada, no estás rompiendo cosas, no estás tumbando falsas máscaras... para mí entonces no es rock. Para mí es más rock un Alejo Durán, que se inspira en el pajarito que se posó en el patio de la casa, que valora cosas sencillas, es mucho más rockero en su esencia que “ven que te voy a invitar a mi cama y nos vamos en las sábanas mi amor”.
Pero cuando comenzaste, antes de ser cantante de vallenatos, eras baladista. Cantabas eso que ahora criticas. ¿En qué momento se dio el cambio?
Fíjate, uno haciendo un disco de baladas y una telenovela en Puerto Rico después de haber hecho un Gallito Ramírez, una Loca Pasión [populares telenovelas en las que Carlos Vives era el protagonista, la primera sobre un boxeador costeño y la segunda sobre un rockero bogotano], incluso después de hacer Escalona [la exitosa miniserie sobre el cantante vallenatero, para muchos el origen de la música de Vives], donde vuelves a tu tierra, vuelves a cantar las canciones de tus maestros. Nací aquí y he vivido aquí, adoro esto, ¿sabes qué? Mondá. La provincia. ¿Por qué La Provincia? Porque era el nombre de una tierra que no se había valorado. Dios me puso el papel de Escalona [de nuevo los designios divinos] porque ya me había preparado para esa vaina toda mi vida.
Carlos Vives es el segundo de cuatro hermanos de una típica familia samaria. Su mamá, sin embargo, es una antioqueña rígida en sus principios, una mujer hermosa y trabajadora, según su hijo, que siempre fue un poco más estricta que el común de la gente. “Finalmente –dice Vives– tenía que criar a cuatro hombres”. Su papá, médico, siempre ha sido el ídolo. “Un hombre de principios, un hombre al que todo el mundo quiere”.
Parranderos y divertidos, los cuatro hermanos Vives convivían en dos habitaciones donde dormían, en la primera, el mayor y el menor, y en la segunda, los dos del medio. “Siempre compartí cuarto con Guillermo que, como yo, tiene la vena actoral y el cariño por la música. Era el más cercano a mí. Las fiestas fueron con él, los proyectos, incluso los de hoy, son con él”.
Carlos y “Guillo”, como le dicen, crearon Gaira, una especie de “cocina” creativa, donde además de manejar el negocio de la música se hacen algunos de los mejores programas de televisión que ha tenido Colombia y, literalmente, se cocina, ya que Gaira es un típico restaurante de comida costeña manejado por Guillo y por su mamá, que tiene fama de ser la mejor cocinera de La Provincia.
Los papás de Carlos se divorciaron cuando él tenía doce años y fue así como llegó a Bogotá, al Nuevo Liceo, que venía siendo el lugar al que llegaban los expulsados de los colegios más elegantes de la capital. Vives se volvió amigo de chicos con fincas en la Sabana y con chimeneas en la casa. Costeño, recién desempacado del frío, Vives alucinaba con los leños ardiendo y las fiestas romanticonas que se armaban, en las que la monotonía de la Nueva Trova era rota solamente gracias a los vallenatos desconocidos que traía el novato. “Para ellos era también una novedad. Mi acento, del que se burlaban, el ritmo, todo”, dice Carlos.
Uno de sus amigos del colegio, Santiago Moure, con quien hizo La tele, un programa de humor ácido que se convirtió más tarde en un show de dibujos animados, fue su “mentor” en eso de la actuación, aunque ninguno de los dos lo supo durante años. “Yo siempre iba a representar al colegio en las murgas y además estaba en la selección de fútbol, entonces yo era el ejemplo bueno del colegio y Santiago era el malo. Era un tipo que no respetaba a los profesores, que se volaba con los amigos, un tipo de un humor incisivo... y siempre que nos acordamos de esas vainas, Moure las actúa para nosotros y nos hace destornillar de risa”.
Vives, en el fondo, no parecía querer ser siempre el niño bueno de la historia. Comenzó a estudiar en la Universidad Javeriana de Bogotá, según él, para seguirle los pasos a su papá el doctor. Pero un día estaba con dos amigas extranjeras buscando un almacén de artesanías cuando se encontró con la Casa Gaitán [antigua residencia del asesinado líder liberal, Jorge Eliécer Gaitán], convertida en la Escuela Nacional de Arte Dramático. Por curiosidad, los tres se asomaron a ver la escena de futuros actores haciendo ruidos extraños y bailes elásticos. El único que se fijó en el letrero fue Vives. “Inscripciones abiertas”, decía, y regresó por más. Duró dos años en la Escuela y gracias a unos cursos de capacitación para televisión que abrió la programadora RTI se convirtió en el galán chiquito de Pequeños gigantes, un musical de niños, y luego en el galán grande de Caracol, en ese entonces una importante programadora, hoy convertida en canal privado. Entre “galanazgos” estudió publicidad en la Universidad Jorge Tadeo Lozano, como para tener una carrera por si acaso la televisión no era lo suyo. O la balada.
“Cuando yo entré en la industria hice lo que la industria hacía: balada. Pero llegaba a mi casa, después de una grabación, a cantar con mi hermano, y cantaba vallenatos. Entonces cuando decidí hacer mi música, que fue justo después de Escalona, le decía a la gente de Caracol: “Miren lo que acaba de pasar con Escalona” y ellos me decían “no, eso tuvo su momento”. Pero yo sabía que iba a hacer mi vaina y que iba a gustar, en Santa Marta, en Bogotá, para mí era suficiente donde fuese. Ya había trabajado en Puerto Rico, me había firmado Sony, todo eso lo cancelé. Esto era más importante. Yo no soy un virtuoso de la música, pero tengo un estilo claro para hacer un arreglo, que mi gente vio. Internacional, no internacional, me importaba un pito.
¿Cómo conociste a Egidio [el acordeonista de La Provincia]? ¿En Escalona?
No. A Egidio lo contrataban para las parrandas en Caracol. Y mientras que yo estaba filmando Gallito Ramírez tuve que cantar algunas veces, y fue con él. Egidio se aterraba de que yo me supiera esas canciones porque nunca se esperaba que una persona de la tipología mía...
Un galán...
Sí, un galán, las cantara todas. Entonces cuando hicimos Escalona yo pedí a Egidio, que no tenía grupo, podía estar 24 horas conmigo. Y cuando empecé a hacer el proceso, le decía a Egidio, “compadrito, partamos del conjunto vallenato, de tu hermano Ever en la caja, tú en el acordeón y Alfredo, tu primo, en la guacharaca. Y necesitaba un guitarrista y yo pensaba en el guitarrista típico de las banditas de rock que ya tocaba cumbia blusera, por eso busqué a Carlos Iván Medina y a “Teto” Ocampo.
“Teto” ya no está contigo, ¿qué pasó?
“Teto”, a su velocidad, fue una persona que le aportó mucho a ese patrón, pero él tenía que hacer su proyecto. Por eso armó el Bloque de Búsqueda. El se fue, pero me dejó varios de sus alumnos: Andrés Castro, Carlos Huertas –hijo del compositor– y con ellos continuamos. Comparten este proceso, que es simplemente una búsqueda. Por eso no te puedo hablar de resultados. De si el disco tiene o no nivel, porque el compromiso que hay es lo que mantiene vivo a esto.
Hablas como si fuera una cosa tan personal, que no te interesa que se venda o que guste o que llegue a las listas...
Estamos muertos si no es así. Es la gente la que nos ha enseñado eso. La que nos valora y nos mantiene. Que la gente diga “coño, esto me llega al corazón. Por aquí, por aquí. No te pierdas de ahí. No te salgas de ese feeling”. Yo no tengo discursos. Me gusta hablar de cosas sencillitas. Y tú ves mis discos y en unas cosas lo logro, en otras no.
Volvamos al momento en que decidiste crear La Provincia. Tú tenías entonces una cantidad de compromisos actorales y musicales adquiridos. ¿Qué pasó?
Lo mandé todo a la mierda. Porque era claro que los equivocados eran ellos.
¿Qué hiciste?
Tocar puertas. Y me las abrieron, pero yo pensaba que era porque habían entendido lo mío, y no, era porque pensaban que podía seguir haciendo novelas. En ese momento yo no encontré a nadie a quien yo le hablase de mis planes y me dijera: “oye, tiene lógica”.
¿Después de Clásicos de la provincia, la disquera le vio la lógica?
Claro, pero porque vendió. Porque el que más vendía llegaba a 150 mil copias, como gran hazaña, y arrancamos nosotros y vendimos medio millón el primer mes, un millón... y cuando sólo se prensaba el disco en Colombia, llegamos a cuatro millones. Entonces llamamos la atención porque en la industria las cifras te llaman la atención.
¿Y la gente que lo compró?
Para ellos sí tenía lógica. Fue gracias a mi desconocimiento de la industria que no respeté sus parámetros. Tú no puedes hacer una canción vallenata así, porque primero, el señor que usa esto así no te lo va a aceptar, pero los vallenatos tampoco.
No eras ni una cosa ni la otra...
No. Yo recuerdo que la revista People me tuvo que poner en una lista del año, y la señora me decía: “perdóneme Carlos que le haga esta pregunta, pero ¿su música qué vendría siendo?”.
¿Y qué le dijiste?
Que pusiera lo que quisiera.
¿Y qué puso?
No sé. No leo lo que escriben de mí.
¿Por qué?
Porque a veces me desorienta.
La pregunta lo dejo fuera de base y volvió a subir el puente levadizo que estaba en proceso de bajar. Apartó los ojos, se movió incómodo e hizo un silencio larguísimo que me pareció una señal de “se suspende la sesión”. Cuando pensé que nunca iba a volver a hablar y tendría que recoger mis bártulos, entró Carlos Iván Medina, un chico de pelo largo y rizado, de gafas, con un gorrito de colores en la cabeza y la apariencia de un vendedor de artesanías del centro.
“Míralos –se animó Vives–. Uno habla de ellos y ellos vienen solitos”. Carlos Iván saludó y siguió a ver al grupo que estaba en la terraza, y que para ese momento había aumentado en unas cinco personas.
¿Por qué hay tanta gente?
Porque llegó Rafa Uribe –uno de mis mejores amigos– con una gente de una película Venezolana, y llegó Carlos Iván.
¿En tu casa siempre hay tanta gente?
No siempre. Pero por lo general trato de mantener a mis amigos unidos.
¿Cuáles son tus amigos?
Los que ya he mencionado, empezando por mi papá, los juglares [vallenateros] y muchos amigos de mi viejo, médicos de ese grupo, que se reunían cuando era niño y cantaban boleros.
¿Y tus hermanos?
La vida nos ha enseñado a unirnos. Pero las familias son personas con las que nos encontramos en la vida y creamos vínculos. Como mi empresa, la gente que trabaja en mi banda, los roadies...
¿Quieres parar?
No, ¿por qué? ¿tienes afán?
No, pero de pronto quieres saludar...
¿Nos tomamos un receso?
El receso pintaba largo. Rafa Uribe estaba con unas chicas venezolanas que seguían viendo al galán Vives en lugar de ver a un cantante que lucha por no engordar, un tipo curtido con rastas y medias blancas de deporte. Las nenas se fueron porque tenían que tomar un avión, pero antes de cantar victoria llegaron los nuevos protegidos de la gran familia Gaira: Alerta, un grupo de reggae que apunta lejos. Venían con un italiano coquetón y divertido que hablaba de lo largos que eran los días en el trópico y de lo maravillosa que era la marihuana, y apenas Vives se dio cuenta de que el italiano iba en serio, me sirvió un café en el escritorio.
Esta vez nos siguio Carlos Ivan, que pasó un rato por el piano de la esquina y tocó un par de acordes, con parada técnica en la nevera para sacar una cerveza.
“Charlie me dijo que el I Ching había pronosticado cambios en mi vida cada doce años. Y fíjate que a los doce vine a vivir a Bogotá”.
¿Crees en el I Ching?
No puedo creer en algo que no conozco.
¿Y en Dios?
Sí, en Dios sí.
No entiendo...
Es que Dios no está colgado en ninguna parte, está dentro de ti. Dios te habita.
Ahora es el turno de Medina...
¿Cuál es la mejor canción que han compuesto juntos?
Medina: Creo que “Tengo fe”.
Vives: La gente redescubre ese disco hoy después de tiempo.
Medina: Me he dado cuenta de eso porque a veces entro a páginas en las que hablan de Carlos y ese disco se está volviendo cada vez más importante.
Vives: Internet es una vaina que he descubierto y que no manejo, pero me parece sensacional. Cuando vamos de gira, Charlie siempre está con su computador, conectado a Internet. A las tres de la mañana estamos Charlie y yo en el hotel, y si se pudiera hacer una gráfica, todas las habitaciones estarían apagadas, y la mía con Charlie, prendida.
¿A esa hora componen ustedes?
Claro, a esa hora hacemos de todo.
¿Cómo componen?
Medina: Cada uno tiene una idea...
Vives: Pero lo que nos pasó con El rock de mi pueblo fue que yo le di una idea y el descarado se fue para su casa y regresó al día siguiente con la idea completa. Y yo le decía, espérate un segundo, no me hagas eso porque si uno no compone no come. Voy a cambiarte la letra de aquí pa’ acá porque igual no me gusta mucho...
¿Cuál ha sido tu mejor álbum?
El rock de mi pueblo.
No, en serio...
[risas]. Eso es muy difícil, uno no puede hablar de un solo álbum, ¿sabes por qué? Porque en últimas es un proceso. Cada álbum ya empieza a ser el siguiente.
Teresa aparecio con un atado de leña y prendió la chimenea y un par de luces. En la penumbra, Vives se puso un poquito más melancólico. Charlie volvió al piano y comenzó a tocar algo clásico. Al fondo, en el comedorcito auxiliar, los chicos de Alerta le subieron el volumen a un disco de reggae.
Ya hablamos de los hombres. Ahora hablemos de las mujeres. Además de tu mamá, ¿que otra mujer te marcó de niño?
Inocencia. Era la mejor amiga de mi abuela. Cuando mis papás viajaban, Inocencia se quedaba con nosotros. [Canta de nuevo] “Yo me acuerdo cuando Inocencia me hablaba con su acento del Valle y en su mirada de ojos azules vi reflejados y florecidos los cañaguates”. Era una mujer de juegos de palmas, de cantos. Cosía, jugaba lotería con nosotros, nos contaba historias.
Ahora tiene como noventa años y cuando fui a Valledupar a la inauguración del Parque de la Leyenda, la llevé. Estuvo ahí sentada, porque no puede caminar, en primera fila. Me sentía formando parte de una cosa que es de ella, de su pueblo. Yo pensaba: “no puedo llorar, no puedo llorar”, porque era muy fuerte.
¿Qué hay de las novias?
Vives: La primera novia siempre es una vecina. La importancia de una mujer en la vida es enorme. Te puede volver mierda o te puede salvar la vida. La liga de machos no me va a perdonar que esté diciendo esto, pero la mujer es más valiente, más leal.
Medina: [Que ha dejado el piano para opinar] La mujer está más afinada con la naturaleza, con lo animal. Es más responsable porque es madre y es una decisión suya, así que ve la vida con mayor responsabilidad.
Vives: Tienes razón, ese análisis está muy interesante. Mi primera novia se llamaba Claudia. Fue en la época de Santa Marta. Tenía unos 16 años. Antes todo era más lento... Yo, por lo menos. Pero tuve muchas novias, gracias a Dios. Esos primeros amores fueron muy bonitos. Enseñan mucho, para que lo aprendido lo pongas al servicio de tu mujer para que lo goce. Y se realice como mujer. [Risas. Mías, porque me parece que está contando un chiste, pero él se queda serio].
¿A qué edad te casaste con Margarita Rosa [la primera reina de belleza en su vida]?
A los 26.
¿Qué pasó?
Era la época de Gallito Ramírez. Creía que iba a ser para toda mi vida, pero las situaciones te iban golpeando, te iban desviando y ya. Yo no he tenido mucha suerte con el amor en muchos aspectos... cuando he pensado que es el definitivo...
¿Así te ocurrió con Herlinda? [Su segunda esposa, actriz puertorriqueña, con quien tiene dos hijos y que recientemente dijo en Univisión que Carlos había sido infiel y que ella lo había descubierto gracias a un detective privado].
Claro. Hay historias que no me gusta tocar. Dentro de ellas está la razón por la que no estoy con ella. Yo creí que iba a estar el resto de mi vida con ella. Pero hace un tiempo apareció Claudia y estoy muy feliz.
¿Cómo es Claudia?
Sensacional. Es una persona trabajadora, con los pies en la tierra. Desde que nos vimos la primera vez hubo algo súper poderoso. Y ha sido muy bonito, aunque ha sido muy difícil. Pero es una de esas cosas que no podían parar.
¿Y qué hay de Lucía [su hija de ocho años y medio]?
Me castiga mucho por la situación. Pero es sensacional, maravillosa. Es una mujer muy independiente, muy valerosa. Coqueta, bailarina, tiene una voz preciosa, canta en el coro, está tocando el clarinete. Pero a este hombre lo pone a suplicar. Después se derrite.
Es difícil, ¿sabes? Esta separación es lo más difícil de mi vida. Y ha aparecido Claudia, que me ha traído mucha tranquilidad, mucho apoyo.
Tú dices que has sido de malas en cuanto a que siempre crees que es para toda la vida y no es. ¿Sigues creyendo en todo eso?
Sí. Sigo creyendo en eso. El amor de pareja, cuando no funciona, puede volverse un infierno. Pero es difícil hablar de eso porque en últimas todas las relaciones terminan siendo valiosas.
Y a veces me preguntan por qué no quiero hablar de Claudia Helena. Yo les respondo que por respeto. Porque todo tiene su momento. Yo no quiero herir a nadie, por más mal que me haya ido, a mí no me interesa herir.
Ya oscureció y ambos estamos cansados. Carlos da por terminada la entrevista y decreta abierto el bar. Al fondo, los chicos de Alerta siguen en su reggae y Vives les abre un tablero de dardos que, por ahora, todos ignoran. Quédate un rato, me dice, con la generosidad desbordante de siempre. Pero yo no hago caso y me voy.
Han pasado dos dias y lo vuelvo a encontrar en el mercado. Tiene un suéter de fleece blanco y ha venido en bicicleta. Esta vez compra leche deslactosada y cereal, y me los señala para mostrarme que está juicioso con la dieta. Se emociona de verme, ya no tengo grabadora ni libreta y eso parece tranquilizarlo. Como un chico, comienza a jugar conmigo, me cierra el paso a la registradora, me empuja un poco y termina despidiéndose con un abrazo. En el mercado no hay niños que se le acerquen, y los adultos –yo incluida– prefieren dejarlo en paz.






