
Se compara con el Che, con Gandhi y hasta con Cristo. Y su tropa de 70 mil piqueteros es capaz de paralizar el país en cuestión de horas. Por eso el Gobierno no lo aguanta, las multinacionales le temen y en el exterior es visto como un personaje épico. La lucha, el amor, el sexo, las drogas y os sueños presidenciales según Raúl Castells, el símbolo más visible de lo que queda de la protesta social en la Argentina.
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A Principios de los 90, frente al Congreso, mientras acompañaba a Norma Pla en su grito por los jubilados, Raúl Castells encontró un papelito. Era el fragmentode un manual interno de la empresa Coca-Cola. En el que se hablaba de ocurrencia y recurrencia, dos conceptos de la publicidad que a Castells lo iluminaron casi tanto como los cinco tomos de la obra de mao. La ocurrencia (decía el texto) consistía en saber comunicar una idea de un modo original y la recurrencia apuntaba a repetirla al infinito, hasta que los padres y los hijos, y los hijos de los hijos, se convencieron de que esa idea era casi incuestionable.Poco después de este episodio, Castells tuvo su primera ocurrencia: cuando Aldo Rico entraba en el Congreso, lo bajó de un empujón y le hizo volar dos dientes contra los baldosones del piso. Ese día, logró su primera plana en los diarios. Un espacio que –recurrencia– fue el primero de una larga seguidilla mediática: en los últimos cinco años, Castells estuvo incontables veces preso,casi pasa a mejor vida en una huelga de hambre de dos meses, se comparó con Gandhi, fue a juicio –y fue absuelto– por pedir 11 mil pesos a un casino en el Chaco, ocupó el clausurado Mercado de Pulgas y fue desalojado a patadas, exigió garrafas a Repsol y pan dulce a Wal-Mart, logró que el Sheraton –por miedo a una embestida piquetera– decidiera donarles cada tanto una buenadotación de colchones, se transformó en el enemigo público número uno de la empresa McDonald’s –a la que acaba de ganarle un juicio–, y convenció a todo el mundo de dos cosas: que Castells ya es un símbolo de la protesta social, y que Coca-Cola nunca se equivoca.–Pero claro, mujer… Leí el folleto para aprender. ¿Y qué aprendí? Que tenía queexplicar mis ideas en forma creativa, porque todo era tan plomo que ni los jubilados que iban al Congreso nos daban pelota.Explica Castells con una voz prolija y sin filo, como si estuviera escrita en letras cursivas. En Puerto Madero, donde –recurrencia– puso su más escandaloso comedor popular, el viento empuja a la gente, y la gente vuela divina, y está lleno de vaquitas de colores –una instalación artística que recorre toda la zona del puerto–, y nadie escucha las lecciones de Castells, pero –eso sí– todosle sacan fotos, como si él también fuera una vaquita.–¡Grande Castells, ca-ra-jo! Vine a ver el lugar comunitario que pusiste y que hiciste tanto despelote y nosotros te mirábamos en la televisión en Mendoza y vos vieras… ¡Castells! ¡Castells a-mi-ga-zo! ¡Me voy a hacer un mural con vos! –enloquece un tipo más bien viejo y su mujer le saca fotos: Castells solo. Castells con el viejo. Castells con el viejo que abraza a Castells.Castells, en todo caso, es un hombre amable.Cumple con las fotos, se sienta, se lamenta un poco.–A veces vienen, me piden autógrafos… ¿Cómo le digo a la gente que no quiero sacarme la foto? ¿Cómo les explico que no es vanidad?
–Se siente un ídolo pop.
–No, no. La gente sabe que nosotros nos plantamos con firmeza y valentía anteel Gobierno. Eso le merece respeto. Antes de acercarse, el hombre le decía a la señora: "Mirá, ahí está Castells, un gran político".A lo largo de los ultimos cinco años, Castells se transformó –si no en un gran político– al menos en un impecable estratega ante los medios: con 70 mil piqueteros que lo siguen, y con un caudal de votos que no supera el 0,3 por ciento –según las últimas elecciones legislativas– logró transformarse en el principal referente de la protesta social en la Argentina, ganó adhesiones defiguras respetadas como los escritores José Saramago y Osvaldo Bayer, el arquitecto Rodolfo Livingston y el juez de la Corte Eugenio Zaffaroni; y hasta encandiló a un cineasta australiano que terminó filmando Raúl, el terrible, un documental sobre su vida que hace algunos meses ganó un premio en el Festival de Biarritz, y que ahora recorre medio mundo.
Por este currículum, Castells suele ser un hombre que genera adhesiones y rechazos clarísimos. Para algunos es un “revolucionario”,“el líder de los oprimidos”, un dirigente que “lucha y no se vende comoel piquetero [kirchnerista] Luis D’Elía”, y hasta “el Evo Morales argentino”. Pero para otros es un “extorsionador”, un “prepotente”, un “conspirador”, un “golpista”, un “especulador que en las huelgas de hambre come a escondidas”, un “personalista”, un “oportunista”, un “provocador”, un “terrorista”, un “delirante”, un “inadaptado que muestra su permanente desprecio por la ley”, un “loco”, un “nazi fascista”, el “largo brazo del duhaldismo” que azuza a su tropa piquetera contra elgobierno de Néstor Kirchner, y hasta un “marxista, maoísta, pelotudo”, definición que se le escapó al ministro Aníbal Fernández, a quien se le atribuye también otra frase antológica de cuando mantenía diálogo con Castells durante la presidencia duhaldista: “Castells es bueno, muybueno, pero caro.”
No queda muy claro, en fin, quién es Castells. Pero hay algo indiscutible: no tiene miedo, quiere ser presidente, y se levanta y se acuesta pensando estrategias de lucha que, para un político de escritorio, pueden entenderse como temerarias, incomprensibles,pueriles, o estúpidas. Castells no se toma vacaciones, no va al cine, no almuerza los domingos en familia, no tiene mascota, no tiene –digamos– forma alguna de paz. Por este motivo, Nina Peloso dirá días más tarde –con un tono parecido al del fastidio conyugal– que su marido “no es un hombre sencillo”.
Sólo en ese punto, Nina y el Gobierno parecen estar de acuerdo.
La vida
Castells nació en Rosario, en una familia con cuatro hermanos, y luego se mudó al Gran Buenos Aires. La vida le llegó temprano: a los 6 años fue canillita, luego pulió mosaicos en las obras que hacía su padre albañil, y en la adolescencia dirigió el centro de estudiantes de su escuela. Más tarde se enlistó en el Partido Socialista de los Trabajadores, viajó al Chile de Pinochet, fue confinado al Estadio Nacional de Santiago, salió con vida de milagro y en ese preciso momento se convenció de que la lucha pacífica era para los dormidos.
Durante la dictadura tuvo un almacén y trabajó en una fábrica (algunos le recriminan que por algo habrá quedado vivo), y llegada la democracia –mientras manejaba una ambulancia– empezó a militar en el Movimiento al Socialismo de Luis Zamora. Después, lo que ya se sabe: conoció a Norma Plá, le bajó los dientes a Aldo Rico, en abril de 1993 creó el el Movimiento Independiente de Jubilados y Pensionados (queluego reemplazaría la palabra Pensionados por Desocupados), y en 2001 pasó su primera estada prolongada en prisión: lo encarcelarondurante un año y medio por haber ocupado la Municipalidad de Lomas de Zamora, pidiendo que se cumpliera con los Planes Trabajar prometidos, que llevaban un atraso de meses.
Desde entonces, Castells visita la cárcel unas cuantas veces por año, y lo llamativo es que siempre queda absuelto, y que hasta lossupuestos demandantes le terminan dando la razón (en el caso de Lomas, las autoridades municipales declararon que había sido una toma pacífica; y en la causa por coacción ante un McDonald’s, que fue cerrada hace pocos días, los mismos trabajadores del local le dieron su apoyo). Y es que Castells es hábil: si ante las cámaras habla sintemor al ridículo, en Tribunales –cada vez que estuvo en el banquillo– es conocido por haber pronunciado los mejores alegatos políticosen su defensa.
¿Por qué, entonces, nadie lo vota? La respuesta no la sabe ni él.
–Puede ser que tengan simpatía por la tarea social, pero no nos vean como una referencia política. Yo soy un socialista revolucionario, y no voy a decir que soy de centro para que algunos me voten. Pelearemospara ganar una franja de la población con lo que hacemos. No me parece descabellado: hay una corriente que recorre Latinoaméricacon lo de Lula, Chávez, Evo… ¿Por qué nosotros no podemos disputar el gobierno en 2007?
En Puerto Madero, mientras Castells teje sus propios sueños y toma un mate llamativamente dulce, la gente sigue pasando y sigue mirando como se mira a las figuras que están en televisión: con una curiosidad dócil, a veces prudente.
De lunes a sábados, este lugar es distinto: son trescientas las personas que vienen por turno al comedor comunitario, y el olor a guiso se expande –para espanto de muchos– por buena parte del barrio. Porlo demás, el lugar no es excesivo: hay un mostrador para despachar mercadería, un cartel con la cara de Castells que recuerdaiconográficamente a la del Che Guevara, y una decena de mesas de bar emplazadas de un modo austero y prolijo. Cuando se inauguró,en marzo de este año, Castells sumó otro punto ante los medios: hubo souvenires piqueteros, varios oradores –entre ellos Rodolfo Livingston y Osvaldo Bayer– y un grupo de vecinos que, a distancia suficiente,cruzaba los dedos para que nadie pisara el césped.
–Este es el McCastell’s: agua y torta frita. Y éste es Néstor Kirchner, el empleado del mes, el empleado de Bush –gritó Castells mientras mostraba, como si fueran cabezas, una torta frita con la mano izquierda y una foto de Kirchner con la derecha.
La gente lo aplaudió, comió las tortitas. Eran ochocientas personas, pero el país entero se enteró del acto.
El país entero, en general, se entera de Castells. Porque hace ruido. Pero también porque acepta las invitaciones de Mariano Grondona y toma champán con Marcelo Tinelli: dos decisiones que hicieron que
actualmente en las facultades de comunicación social se estudie por primera vez el fenómeno del “marketing político de la lucha popular”.
–¿Grondona? –se asombra y no pierde la calma–. ¿Cuál es el problema con Grondona?
–Que es Grondona.
–El problema no es el interlocutor. Esto no es el 1900, y no se puede hacer una revolución sin tener en cuenta los medios. Antes tenías que convencer a la gente con un volante, una por una. Pero si voy al programa de Grondona, hay alrededor de un millón de personas que me ven. Eso significa diez plazas de las que hacía Perón, pero esta vez están en la casa sentados, estuchándote.
–¿Qué mensaje dio en el programa de Tinelli? Lo que todos recuerdan es que brindó con champán.
–Pero el brindis fue por la libertad de Carlos Tyson Fernández, nuestro dirigente en Tartagal, que estaba encarcelado, por todos los presos políticos de este país, y por una Argentina más justa y equitativa. Para nosotros, poder decir eso ante siete millones de personas tiene un valor incalculable.
–¿Pero piensa que alguien lo escuchó?
–Bueno, mujer. Tinelli es lo que tenemos en el marco del capitalismo. No es que nosotros aplicamos la política de contenidos de los medios de comunicación de la Argentina. No digo que el programa de Tinelli sea bueno, pero nos dan la posibilidad de usar una tribuna de millones de personas que quizá no tocan un diario. Uno no puede ponerse tan exquisito. ¿Qué sé yo quién sos vos, con todo respeto? ¿Qué sé yo si a tu revista no la financian los yanquis?
–¿No la conoce? –
No. No sé nada de música, pero desde que tengo uso de razón me acuerdo de los Rolling, y si a un montón de gente después de casi cuatro décadas le parece que eso es de buen nivel musical… Deben tener razón y no yo, pero…
–¿Qué música le gustó siempre?
–El folclore. Jorge Cafrune. Jamás me gustó la música de los yanquis. Una cosa es escuchar “A mi manera” cantada por Frank Sinatra, o “La balada de Sacco y Vanzetti”, que cantaba Georges Moustaki, pero sabés qué quiere decir la letra. Después, cuando estaba preso me llevaban música de la Guerra Civil Española.
–¿Sus seguidores saben, por ejemplo, qué fue la Guerra Civil?
–Por supuesto que saben.
–Bueno, en las asambleas no saben la letra de La Internacional, usted canta solo. ¿Cómo salva esas distancias?
–No puedo pedir que mis compañeros tengan una cultura socialista cuando algunos no tienen para comer, y ni siquiera terminaron segundo grado. Desde el Estado se trabaja para que la gente vaya perdiendo los hábitos de lectura, de formación, porque cuanto menos sepas menos podés cuestionar el poder.
–Por eso, ¿cómo hace usted para que la gente “sepa”?
–Les digo, por ejemplo, que vayan al baño con material de lectura. Nosotros planteamos que todos en el movimiento debemos alcanzar un nivel universitario aunque sea de forma empírica. Entonces lo que decimos, llevando el tema al extremo, es que según un cálculo que hicimos, por lo menos treinta minutos cada veinticuatro horas lo perdés en el inodoro. Entonces nadie puede ir al baño si no lleva algo para leer. No importa qué: aunque sea una nota sobre la vida de los artistas. Lo importante es ir generando el hábito y militar, si es necesario, hasta en el inodoro.
–¿No tiene algún momento de paz?
–No. Somos revolucionarios. Somos en serio guevaristas. No es que decimos una cosa y hacemos lo contrario. Yo por ejemplo tengo unas ganas bárbaras de ir a ver una película sobre la vida de Salvador Allende. Porque a mí me gusta el cine, pero no tengo tiempo.
–¿Qué vió cuando fue al cine por última vez?
–Te vas a reír. Que un ateo como yo haya ido a ver La Pasión de Cristo...
–¿Qué le pareció?
–Cinematográficamente maravillosa. Pensé que más o menos así debe haber sido la historia: esos juicios, el poder político y económico oponiéndose, la forma de matarlo y todo lo demás… Porque salvando las distancias es más o menos lo que uno siente frente a cada juicio que le hacen, cuando te llevan de celda en celda, todos los ultrajes.Y después, siempre pensé que Jesús y María Magdalena eran pareja y que se amaban. No creí jamás en la versión oficial de que eran amigos.
–Usted es un romántico.
–Es que para ser revolucionario tenés que tener amor por los otros. El Che hablaba de “ser revolucionario sin perder la ternura”.
–¿Cuál es la película de amor que más le gustó?
–La que me quedó grabada desde el punto de vista cinematográfico fue Titanic. Y también, aunque no eran de amor, recuerdo las películas de Leonardo Favio de los 70, como Juan Moreira, Nazareno Cruz y el lobo…
–¿Y de Titanic qué le gustó?
–Me pareció bien lo de la chica, porque se pudo haber ido con el otro de plata, y se queda con el atorrante polizón. Por ejemplo, yo también veo Sos mi vida, ¿y qué es lo que más me llama la atención? Además de que Natalia Oreiro es muy bonita, me gusta centralmente la actitud de dignidad. Como que lo que menos le importa es que el otrotenga plata. Y cuando él le dice: “¿Pero qué, vos andabas conmigo por la plata?”, ella le pega un cachetazo que madre mía. Esa cuestiónde la dignidad me parece hermosa. Con Nina, todas las noches, vemos la novela. Porque así es la vida.
Nina
Ella nace y crece en el campo. empieza a cosechar el algodón a los 6 años y una década más tarde es una mujer que tiene quince hermanos y sabe pocas cosas: que sus padres se dedican a labrar y a tener hijos, que no quiere terminar como sus padres, que no quiere trabajar un año entero a cambio de un par de alpargatas, y que Buenos Aires no queda tan lejos. Sale de Colonia Tatacuá (Corrientes) a los 17 años, llega a Lomas de Zamora –a la casa de unos familiares– y entra como obrera en la fábrica de boquillas Minifusor. En el medio conoce a un hombre,se embaraza dos veces, se separa con el último de los bebés adentro de la panza.Saturnina es, entonces, Nina: una madre soltera. Una madre soltera que toma el colectivo a las seis de la mañana y que ve de reojo,mirando más bien poco, al almacenero barbado que baldea la vereda cuando el sol todavía no salió.–Un hombre trabajador –piensa ella. Siempre piensa lo mismo. Siempre se toma, después de pensarlo, el colectivo que la lleva al Mundo Minifusor. En la fábrica le dan media hora para el almuerzo, pero Nina –después de dieciséis años trabajando ahí adentro– decide que quiere más. Cuarenta y cinco minutos, por lo menos, quiere Nina. Moviliza a sus compañeras, se transforma en una mujer inconveniente. Después de la jornada de trabajo vuelve a su casa y su hermana, que trabaja en el almacén de la vuelta, le dice lo que suele decirle últimamente:
–Castells te manda saludos.
Ella ni responde a esos saludos, pero igual se hacen amigos.
Una mañana, cuando Nina está entrando en la fábrica, le niegan el acceso y le dicen que está despedida sin telegrama ni nada. Ella logra entrar igual. Se amotina. Decide que esa fábrica es su casa. Pasan doce horas, dos comisarios, cinco delegados gremiales, un jefe de personal y tres miembros de la comisión directiva. Nadie logra que Ninamueva el traste de su asiento. La suben a empujones a un primer piso: hay un ventanal. Desde allí, mirando hacia la calle, ella lo ve a Raúl Castells.
–¿Te la aguantás? –pregunta él.
–Vos quedate tranquilo.
Horas más tarde, después de una negociación furiosa, Nina se va de la fábrica con una indemnización correspondiente a sus dieciséis años de trabajo. En ese mismo momento, a sólo tres o cuatro metros de distancia, Raúl Castells se recupera del asombro y se enamora por completo.
–El me veía como una ama de casa porque yo siempre fui buenita, conciliadora, cumplidora con el horario, hacía curso de cerámica, mucha gimnasia, era la provincianita que nunca nada. Pero ahí me vio batalladora y por fin empezamos a salir –recuerda Nina–. Nos conocimos en los 90, así que tengo un par de aguantes ya con Castells.
–¿Le dice Castells?
–Sí. Le digo: “Vení Castells”.
Nina tiene la voz seca y tirante, como si cada palabra hubiese sido fabricada con palitos de madera. Está sentada con la espaldaencorvada, quizá con frío, en el fondo de un local que mantiene el olor húmedo y rancio de las carnicerías vacías. Este lugar –ubicado sobre la avenida San Juan– es el número diecinueve que se abre en la Capitalen apenas veinte días (en todo el país hay mil): cuenta Nina que el escándalo de Puerto Madero tuvo rebotes concretos, y que muchas personas se acercaron a ofrecer espacios –galpones, locales– que tenían desocupados y sin uso. Adentro, el movimiento da cursos de alfabetización, computación y peluquería, financiados todos por siete mil Planes Trabajar, pertenencientes a casi la mitad de los quince mil afiliados al movimiento. Con ese dinero, más algunos aportes de “empresas solidarias” –así las llaman–, también se montó una obra social y veinte escuelas propias, donde se cursan estudios primarios y secundarios con títulos homologados por el Ministerio de Educaciónbonaerense.
Allí, a los 44 años, Nina está terminando el secundario.
–Porque yo hice la primaria en el medio del campo, tengo el certificado y todo, pero después ya era imposible seguir con una vida. Por eso me fui. Igual, voy todos los años a Corrientes. Bah… ahora hace cuatroaños que no voy, pero por problemas. No puedo irme porque Castells cada dos por tres está preso.
La última desaparición larga de Castells se dio a mediados de 2005, cuando cayó en el penal de Marcos Paz por “coacción agravada”.
Había hecho un piquete frente a un McDonald’s, y en la manifestación pidió también 50 mil Cajas Felices “para los niños pobres”. El Estado entendió ese pedido como una extorsión, y se abrió un juicio que se acaba de cerrar porque los mismos empleados de McDonald’s testificaron a favor de Castells. Pero hace un año, cuando el proceso recién se abría, Castells fue preso. En ese entonces, hizo una huelga de hambre de dos meses que lo llevó a protagonizar la agenda política de esos días.
Las fotos lo muestran flaco, lloroso, con el pecho hundido y los brazos flojos. En el Gobierno aseguraban que nadie sobrevive dos meses sin comer. Su médico, en cambio, contaba los días de vida como si estuviese en la cuenta regresiva para el despegue de un satélite. “Yo de acá me voy en libertad o en un cajón”, decía, entre tanto, con la vozrajada, Castells. Empezó a rechazar medicamentos. Empezó a aceptar todo tipo de visitas: Mauricio Macri, Hugo Moyano, RicardoLópez Murphy, Luis Patti, el juez de la Corte Eugenio Zaffaroni, su archienemigo Luis D’Elía. En septiembre eran las elecciones legislativas y Castells “candidato a senador por Buenos Aires” decía que el Gobierno quería dejar morir a un contrincante.
En el medio de todo eso, Nina.
–Fue muy difícil. Difícil en el sentido de que Castells es una persona que sostiene lo que dice. La última vez que fui me dijo: “Si me vas a decir que coma, no vengas más”. ¿Te imaginás cómo se siente uno? Es terrible de cabeza dura. Porque yo le respeto sus ideales, pero le preguntaba: “¿Y yo? ¿Y tus hijos?”. Pero no. El no piensa en una persona individual, piensa en el conjunto. No piensa en mí, si no en todos los compañeros.
–¿No es un poco hartante?
–Yo me siento mal cuando me dice eso Sí, ‘ta bien, los compañeros, ¿pero y yo? No soy un compañero más. Pero es duro. Con Castells no es sencillo.
En Villa Albertina, detras de La Salada, en una pieza ubicada en el primer piso de una construcción que pertenece al Movimiento, viven Castells, Nina y sus dos hijos. Se trata de un departamento que todavía
está en construcción, y que ni siquiera tiene la plomería en condiciones. Para lavar la ropa, por ejemplo, Nina tiene que meter todo en un tacho, frotar, y bajar hasta la calle para tirar el agua sucia en la zanja. Sonbaldes de diez litros.
–Tomá, Castells, hacé algo –le dice a veces Nina.
–No, Nina, yo ya estoy viejo –responde siempre Castells.
Nina quiere un lavarropas.
–Las compañeras le dicen: “¿Por qué no le comprás lavarropa automático a Nina? Eso no es nada de lujo, todas tratan de tener eso, que es lo principal…”. Y él dice sí, mujer, ya le vamos a comprar. Pero ¿sabés por qué no va a comprar? Porque él no se agacha veinte veces para lavar su pantalón.
–Y porque le debe dar culpa.
–¡Claro! El dice: “Si los demás no tienen, por qué voy a tener yo”. Pero si yo me tengo que poner a la altura de los que menos tienen, tengo que irme a juntar cartón y vivir en la calle. Y yo no quiero ser cartonera. Estoy luchando por el bienestar de la gente que nos sigue, ¿por qué no me puedo comprar un lavarropas a cuotas? Para algo lo inventaron.
–¿Qué le regala cuando cumple años?
–Nada. Las veces que me trajo algo son cositas de un peso que venden en el tren. Y viene con su regalito chiquitito así, y yo le digo: “¡Ah! ¡Pero esto lo sacaste del tren!”, y él se mata de la risa. Pero a mí me gusta. Porque Castells, cabeza dura y todo como es, es muy cariñoso.
–Deme un ejemplo de que es cariñoso.
–Y… –piensa–. Una vez me acuerdo que veníamos en tren de una reunión, y estábamos solos y él agarra el diario y mira la cartelera y dice: “¿Querés que vayamos al cine ahora?”. Entonces bajamos en Lanús, entramos en un cine. Cuando empieza la película, resulta que me había llevado a ver Babe, el chanchito valiente... “Esto es para ver con los chicos, Castells, ¿no me podías llevar a cenar?” le digo. El se reía como loco.
Nina tambien se ríe, y el cuerpo –por primera vez– parece absorber algunas líneas de luz. Lo que se ve es una mujer menuda, de huesos fuertes y una nariz fina que apunta, como una “v”, hacia la mesa dondeestán el mate, los cigarrillos y las uñas pintadas de Nina. Es coqueta. Viste una chaqueta de cuerina violeta, pañuelo también violeta, aros que brillan: un atuendo que sacó de los roperos comunitarios, adonde va aparar la ropa que la gente de la Capital tira cuando está apenas usada.
Tiempo atrás, la revista Noticias le ofreció hacer una nota y la produjo como si fuera una estrella. Nina salió en la tapa bajo el título “El destape de la Evita piquetera”: llevaba escote, minifalda, y –según se ve en la foto– una bombacha roja. Castells, en ese momento, estaba en el Chaco. La nota salió el viernes.
–Se pudrió todo el viernes.
–¿Qué dijo Castells?
–No le gustó nada. Pero igual me re defendió.
–¿Qué le molestó? ¿La frivolidad o ver a sumujer mostrando la bombacha?
–Las dos cosas, creo. Aunque nunca sé muy bien, porque él nunca aclara nada.
–¿Es celoso?
–Súper celoso. Y yo, que soy una mujer de mucha conducta, le digo que predique con el ejemplo.
–Usted también es celosa.
–Y bueno, pero él también se porta más o menos. El me da el ejemplo del Che Guevara, que tenía una mujer por acá y por allá y que hizo la revolución así. Pero yo pienso que no está bien que se considere revolucionario teniendo un hijo en cada lugar. “¿Vos querés superarlo al Che? Bueno, tené una sola mujer y no me chamuyés, Castells.” Eso le digo. Pero cuando se cierra no lo abrís ni con un hacha.
El Evangelio según Castells
Castells aprendió el chamuyo en plaza Constitución. Allí, durante horas, miraba cómo los evangelistas convencían al público de que Dios, el pecado, la culpa y el perdón existen para todos. Esa fascinación de las masas fascinaba, también, a Castells. Dice que aprendió de ellos, aunque no confiara en ellos. Y algo de eso queda claro en las reuniones militantes: eventos multitudinarios que se organizan en el local de VillaAlbertina, donde hay murales del Che, Evita, San Martín y Castells, y donde Castells habla contra las drogas, la prostitución y la vagancia.
No le gusta que lo comparen con un predicador.
–No, mujer. Nosotros somos revolucionarios. No planteamos una moral en abstracto, sino que planteamos que por más pobre que seas tenés que defender la dignidad. Para nosotros, por ejemplo, la prostitución no es un problema moralista. Pero nos parece que tenemos que luchar contra eso porque luchamos contra la explotación. Si nos acostamos con una mujer por plata, estamos haciendo lo mismo que los patrones con los obreros: compramos su fuerza de trabajo a cambio de unos pesos.
–¿Qué piensa del porno?
–Que entra en el terreno de la prostitución. No lo consideramos un arte.
–¿Nunca vio una?
–He visto, claro. Pero una cosa es un desnudo con toda la hermosura, y otra es la cosa pornográfica, que degrada la condición humana, como la prostitución.
–¿Nunca estuvo con una prostituta?
–No, mujer. Somos revolucionarios. Por ideología. Lo que no quiere decir que no haya tenido una historia con una prostituta, incluyendo relaciones. Pero no estaba la plata de por medio. Si te prostituís perdés la dignidad, y sin dignidad no podés luchar para cambiar una sociedad. Y no es que la prostitución sea algo minoritario: yo voy a una provincia y de repente una muchachita de 16 años me pide que yo maneje su vida sexual con tal de que la traiga a Buenos Aires.
–¿Se le han entregado mucho?
–Síii, mujer. Por eso te digo. Para nosotros la desnutrición, la delincuencia, la prostitución y la droga no son problemas teóricos: son flagelos de la vida cotidiana contra los que tenemos que luchar.
–¿Qué piensa de la despenalización de las drogas?
–Que es un error. Hay corrientes de izquierda que plantean ese tema, y dicen que se soluciona si se vende en los quioscos. Nosotros decimos que no queremos el consumo de drogas, no vemos cuál es la utilidad de que se venda cocaína o marihuana en las esquinas. ¿Ayuda a dignificar la condición humana? No. Eso no quita que tengamos dirigentes de este movimiento que hayan tocado fondo.
–Nunca probó marihuana, entonces.
–No, mujer. Es más: en la cárcel vi lo que se llama el ladrillo. ¡Por primera vez vi eso! Revisan a las mujeres hasta en la vagina, y sin embargo dentro del penal entraban esas cosas de marihuana. Los presos me decían: “Dale, viejo, fumá, ¿te vas a morir sin probar?”… Y al final en el penal había un olor… Pero bueno. Yo no lo censuraba, pero no lo hice por un tema de convicción.
–¿No le da curiosidad?
–Mirá: el general Ochoa, en Cuba, usó su condición de general para transportar droga, hasta que Fidel, que era su amigo, lo pescó. ¿Y qué hizo? Lo fusiló.
–¿Y eso qué quiere decir?
–Que si alguno de mis compañeros llega al poder y se le ocurre empezar a comercializar droga, yo haría lo que Fidel con el general Ochoa.
El frío
Castells está por llegar. es domingo otra vez en el puerto; hace un frío de locos, hay viento, un hombre en canoa navega el río. En una mesa, un tipo de campera gorda y anteojos empieza una charla de bar.
–Patricia Walsh no llegó, Zamora no llegó, ¿entonces por qué Castells va a llegar? – le dice a un viejo que se empeña en desgarrar una torta frita con la encía. A diez metros de distancia, una mujer rubia se pone anteojos de sol para mirar la escena. A cincuenta metros, hay un puñado de niños saltando en un castillo inflable. A cien metros, hay dos
carritos de cartón estacionados. A ciento cincuenta metros, viene Castells.
Viste lo mismo que hace dos semanas: pantalón de jean, zapatillas, un buzo agujereado y un poncho rojo sobre los hombros. La gente se acerca, otra vez las fotos.
Nos sentamos.
–¿No se siente un poco exótico acá? –pregunto. Es, sin duda, lo que todos los periodistas venimos preguntando desde que Castells se instaló en Puerto Madero. Y debe ser el hartazgo, porque Castells ni responde.
A un lado, dos nenas paradas miran la escena en silencio. Visten con la prolijidad de los domingos; les busco las manos y no tienen cámara.
–Explíquenle a la chica por qué están acá –dice finalmente Castells, como si afilara el borde de un cuchillo. Entonces ellas explican. Son, para empezar, dos niñas delicadas. A una le falta un diente y cecea. La otra, la más grande, hace una especie de síntesis de sus últimos días.
–Ahora nosotras estamos en la calle. Ayer fuimos a McDonald’s y nos sacaron. Igual nosotros habíamos consumido un helado, por eso. Después mi mamá consumió un café y nosotros con mi hermanitaestábamos durmiendo en la entrada. Y entonces viene el guardia y dice que era mentira que mi mamá había consumido ese café. Y era verdad. Entonces el guardia nos quería sacar. Y vinimos para acá, porque sentimos que estaba este lugar en la radio. Somos de Mar del Plata. Llegamos hace doce días. Estamos en la calle. Mi papá se quedó sin trabajo en la fábrica y nos cerraron la casa con el candado, y nos sacaron la casa. Y claro. Nosotras le queríamos decir al señor que cuándo nos podía conseguir las zapatillas.
–Ella preguntaba porque le cuesta entender –interrumpe Castells–. A alguna gente le cuesta entender que montones no tienen para comer, ni donde vivir, ni zapatillas. Hablá con Adriana. Tu papá sabe, dejalo que loarregle tu papá.
–¿Puede zer ademáz unas tortaz fritaz? –dice la más chica.
–Pedile a Selva que te dé tortas fritas.
–Y también si llega a tener algunas frazadas –dice la más grande.
–Frazadas no tenemos. Eso no.
Se van.
–Entonces lo que vos preguntás lo tenés contestado. Los que creen que en el medio de tanta opulencia es innecesario todo esto, que vean. Mirá si estas nenas fueran tus hijas.
Dice con la voz cursiva, y entonces quedan dos opciones: o Castells tiene todo preparado, o el mundo se parece un poco a la peor parte, a la más triste, de los discursos de Castells.
No hay una respuesta clara. Lo que queda, en este momento, es un silencio que se instala en la panza, un olor a frito inmundo, y un paisaje glorioso: a lo lejos, la caparazón vidriosa del Hilton –trescientos dólares la noche– parece comerse lentamente el cielo.
Pero no hay sol.
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