
Chaikovski explica qué era la inspiración
Hasta que el Romanticismo no comenzó a imprimir su huella, los compositores no eran sino los integrantes de un gremio de trabajadores tan dignos y respetados (o no) como los orfebres, los reposteros, los talabarteros o los modistos. Pero en el siglo XIX, cierta concepción de la música que elogiaba su inmaterialidad y sus infinitas posibilidades de referenciar a ideas, situaciones y emociones humanas, la alejaron de aquella noción de mero oficio para darle una novedosa condición de arte. En realidad, la más refinada y privilegiada de todas las artes. Consiguientemente, los compositores que concretaban esos sonidos románticos fueron celebrados como artistas superiores, etéreos que, en lugar de trabajar armonías, elaborar planteamientos formales y diseñar meticulosamente reflexiones sonoras, ahora, se remitían a basarse en la inspiración, un milagroso movimiento sobrenatural, una fuerza irrefrenable que los inundaba. Atravesados por la inspiración, apenas si tenían que dedicarse a liberar esos pensamientos que se les apretujaban en el alma y que pugnaban por salir para ser escritos sobre los pentagramas. En verdad, fueron los autores de cierta literatura hiperromántica quienes se confabularon para darle un lugar central dentro del proceso creativo a la inspiración, ese fulgor misterioso que podía provenir de alguna brisa favorable o de algún efluvio divino. Pero los músicos, que, como siempre, trabajaban arduamente para cristalizar sus obras no se confundían. Chaikovski, a quien se lo vincula muy frecuentemente con esa enigmática madre nutricia, sabía, perfectamente, cómo venía la mano. En una carta, escribió: "La inspiración es un invitado que no visita voluntariamente a los perezosos".






