Costner, una estrella de otra época y otro cine

El actor, director y productor volvió a la pantalla grande con su presencia clásica en 3 días para matar
Javier Porta Fouz
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3 de mayo de 2014  

Con 3 días para matar , Kevin Costner vuelve a ser el protagonista de una película después de cinco años. La ocasión anterior había sido en 2009, con La última hija, que no se estrenó en cines en muchos territorios, incluida la Argentina. Luego llegarían The Company Men, encabezada por Ben Affleck (tampoco estrenada en cines locales), la miniserie televisiva Hatfields & McCoys en 2012 (Globo de Oro al mejor actor, vista aquí por Space), el papel secundario de padre adoptivo de Superman en 2013 y luego la presencia detrás de Chris Pine en el afiche de Código sombra: Jack Ryan. Y como su película de 2008 Swing Vote tampoco se estrenó en los cines argentinos, hay que remontarse a Mr. Brooks –no precisamente un éxito– en 2007 para dar con la última vez que Costner encabezó una película estrenada comercialmente en nuestro país.

Por todo esto, 3 días para matar viene a ser algo así como un acontecimiento (mientras esperamos Draft Day, otro protagónico de Costner en 2014, dirigido por Ivan Reitman)para quienes consideramos que su caída en desgracia –relativa: sigue siendo una estrella que cobra millones– ha sido perniciosa para el cine.

Muy a fines de los 80 y principios de los 90, Costner era uno de los hombres más poderosos de Hollywood, quizás el más poderoso cuando Danza con lobos ganó siete Oscar, incluyendo dos para el propio Costner como director y productor de la mejor película. Luego llegarían el súper éxito Robin Hood, el éxito JFK y el megaéxito El guardaespaldas, junto a Whitney Houston. Y para coronar sus años de gloria, un trabajo bajo las órdenes de Clint Eastwood: Un mundo perfecto, una película de una grandeza difícil de exagerar.

No fue un hit de taquilla, pero era una película clave, un momento fuertemente identitario, un pase de legado. Desde Eastwood –el actor clásico y que se convirtió en director respetado con los años– a Costner, el actor exitoso que se había convertido en director premiado con su primera película. Ambos, además, con fuertes lazos con el género cinematográfico por excelencia: el western. Eastwood, "criado" por Leone y Don Siegel, aprendió a mantener el clasicismo cuando el cine ya no era clásico. Costner, admirador de Anthony Mann y sus westerns con James Stewart, volvía clásico al cine con su mera presencia: imagen confiable, una melancolía única, una gracia y una presencia que se reconocen en los grandes actores de la historia.

Costner era todo: galán luminoso, justiciero (Robin Hood), personaje oscuro, un duro con corazón de oro (Un mundo perfecto), la representación de la esperanza y la perseverancia en una sociedad lastimada (JFK). Costner era cicatriz, futuro del cine, éxito, industria. En esos primeros noventa, la tríada de oro estaba compuesta por él, Bruce Willis y Mel Gibson. Además, Costner supo ser el mejor actor de películas de deportes. Había (y hay, como en Eastwood) algo en él que lo ilumina como el mejor eslabón entre las emociones cinematográficas y deportivas, esa combinación irresistible: El campo de los sueños, La bella y el campeón, y más tarde Tin Cup y For the Love of the Game.

Pero desde Un mundo perfecto –justo ese título– la carrera perfecta de Costner se deterioraría con la misma velocidad (o incluso mayor) que la que tuvo su ascenso. En 1985 Costner era nadie. Ese año se estrenó Silverado –el glorioso western de Lawrence Kasdan– y desde ahí fue despegar a gran velocidad. Kasdan lo conocía porque Costner había actuado en Reencuentro (1983), pero su papel había sido eliminado en la edición. Silverado, Sin salida (uno de los más grandes éxitos del momento de gloria del VHS en Argentina), Los intocables, El campo de los sueños, La bella y el campeón. Y llegamos enseguida a Danza con lobos.

Desde allí, el fracaso –o los límites de su carrera– comenzaría como lo había hecho el éxito: con un western de Kasdan llamado Wyatt Earp. Era ambicioso, clásico, terso y fue maltratado por la prensa de cine, que en esa parte de los noventa había aprendido a prenunciar lo que iba a fracasar. Pero el fracaso de Wyatt Earp y de El árbol de los sueños no podía prepararnos para el claro punto de quiebre de la carrera de Costner, su segunda película bajo la dirección de Kevin Reynolds: la fatídica Waterworld. Fatídica no por los resultados artísticos (fue y es una grandísima película de aventuras) sino porque los problemas del rodaje fueron explotados de manera furiosa por la prensa: se la castigó por su presupuesto gigante (se adelantó un poco a su época con los costos, aunque después de Titanic nadie se animaría a decir nada), y hasta por el divorcio de Costner. Los problemas entre actor y director ocurrieron tal como habían ocurrido en Robin Hood y el protagonista terminó el montaje de la película.

Luego llegaría El mensajero, segunda película de Costner como director, que fue un fracaso ruidoso, y por la cual –por su extenso rodaje– el actor además rechazó un papel que se había escrito para él: el de Avión presidencial, y se lo dio a Harrison Ford. Esa película terminó siendo un tremendo éxito, y la suerte de Costner nunca regresaría.

La suerte es volátil, importa lo que permanece: la capacidad de Costner para imponer su presencia, su clasicismo actoral. Costner –que jamás aceptó hacer una secuela– no es de esta época: es un actor ideal de westerns en un mundo sin westerns o, mejor dicho, casi sin espectadores que puedan valorar la grandeza del género y de este actor.

Su extraordinaria Open Range (estrenada y fracasada aquí como Pacto de justicia), lo exhibe en su esplendor, en la madurez de su sabiduría actoral, con su marca distintiva: es un gigante del silencio en el plano. Sabe sostener el silencio, sabe vivirlo, y ni siquiera necesita de la frase corta y mascullada de un Clint Eastwood para cerrar la idea: el sentido se completa con su mirada cristalina y sus arrugas.

Cinco películas para reivindicar a Costner

Títulos desdeñados por la crítica o considerados fracasos a su estreno

  • El guardaespaldas (1992). Un éxito pero, claro, para muchos fue la del "galán rubio de éxito con la cantante que quiere ser actriz" (o así la despreciaron). Pero era una sólida película de un romanticismo inusual, que el cinismo "intelectual" rechazaba. Que una de sus canciones haya sido utilizada aquí para vender la serie Corky, la fuerza del cariño no debería impedirnos reconocer los numerosos méritos de esta película guionada por Lawrence Kasdan.

  • Wyatt Earp (1994). El primer gran fracaso protagonizado por Costner, un western sobre un personaje clave del western, de más de tres horas de duración. Al clasicismo del director Lawrence Kasdan se sumaba el clasicismo de sus protagonistas: Costner, Dennis Quaid y Gene Hackman. El mundo ya por entonces les daba la espalda a épicas como ésta.

  • Waterworld (1995). Costner tenía agallas detrás de las orejas, tomaba su propio pis procesado y maltrataba a una mujer y a una niña. Y fue una superproducción maltratada por la prensa antes de ser estrenada, un evento antes que una película. Y la película es una de las grandes aventuras de fin de siglo, un prodigio de movimiento en el agua.

  • El mensajero (1997). La película con la que Costner decidió seguir su carrera como director. Otro western, ahora uno pos- apocalíptico, de tremenda, disparatada ambición. Fue maltratada y ridiculizada. La película es mucho mejor de lo que se dijo, y llegó demasiado temprano a la moda de las utopías negativas que ahora funcionan muy bien en taquilla.

  • Pacto de justicia (2003). ¿Decir que es una de las películas mayores, más emocionantes, mejor actuadas, más lacónicas y a la vez mejor dialogadas del siglo XXI los hará verla? Las actuaciones de Costner, Robert Duvall y Annette Benning merecían miles de premios Oscar. En los cines argentinos este western cabal, el último film de Costner como director hasta el momento, fracasó de forma estrepitosa.

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