Banderas, un profesor de danza monótono
"Ritmo y seducción" ("Take the Lead", EE.UU./2006, color; hablada en inglés). Dirección: Liz Friedlander. Con Antonio Banderas, Rob Brown, Yaya DaCosta, Dante Basco, Alfre Woodard, Kathya Virshilas. Guión: Dianne Houston. Fotografía: Alex Nepomniaschy. Música: Aaron Zigman y Swiss Beatz. Edición: Robert Ivison. Presentada por Dist. Company. 108 minutos. Apta para todo público, con reservas.
Nuestra opinión: regular
La leyenda "inspirada en hechos reales" suena muchas veces a justificación, cuando no a disculpa. Este es uno de esos casos. Aquí, la inspiración viene de un profesional de la danza de salón -el español Pierre Dulaine- que, como voluntario, puso sus conocimientos y su experiencia al servicio de la rehabilitación social de unos cuantos muchachos de secundarias públicas neoyorquinas. Los de los barrios menos favorecidos, se entiende.
Desconocemos la trayectoria del señor Dulaine, cuyos esfuerzos -según parece- fructificaron en la creación de un popular programa municipal que hoy se aplica en muchos establecimientos. Puede ser, por lo tanto, que el destino lo haya llevado a vivir situaciones que vienen siendo lugares comunes del cine desde hace décadas. Y puede ser también que lo haya hecho tropezar con personajes típicos de films estudiantiles o de danza, de "Semilla de maldad" y "Mentes peligrosas" a "Strictly Ballroom". Lo que llama la atención es la acumulación de esos clichés, un exceso que debe adjudicarse por partes iguales al cursi libreto de Dianne Houston y a la desatinada dirección de Liz Friedlander, más ajustada a un comercial de gaseosas que a esta suerte de exaltación de los poderes infinitos de la danza.
Bailes y sermones
Un monótono Antonio Banderas de gesto tolerante e invencible serenidad es el profesor del caso. El hombre da clases de baile a quien puede pagárselas, pero tiene también sus inquietudes sociales, que se manifiestan cuando asiste al estallido de violencia de un irascible estudiante del Bronx. Ahí mismo concibe su idea y se la presenta a la directora de una escuela cuyo alumnado parece ser tan díscolo como para que haya en el edificio un centro de detención donde los más descarriados deben cumplir sus "condenas" si quieren graduarse alguna vez. Pierre está convencido de que enseñándoles a esos salvajes los secretos del tango, la salsa, el vals, la rumba o el chachachá podrá también transferirles su entusiasmo por la danza, sus modales de caballero respetuoso, su espíritu tolerante, su confianza en sí mismo, etcétera.
La danza obra también otros milagros: rescata a alguno de la delincuencia, consuela a los gordos y a los feos, derriba prejuicios, fortalece a los que se ven abrumados por la carencia de amor, de dinero o de las dos cosas, logra la fusión del hip hop con standards del jazz e integra a las clases sociales. Y al final -en el que, por supuesto, hay un certamen para que los chicos muestren cuánto han aprendido- todos bailarán felices y contentos y en el colegio reinará la paz.
Quizá presumiendo que así ganará la identificación y el interés de una amplia platea juvenil, el film hace creer que para alcanzar la pericia de un bailarín de salón (y con ella, el éxito, el amor y la felicidad), no hace falta esfuerzo. Basta la palabra del profesor, que siempre tiene una sentencia a flor de labios; lo demás se consigue en unas pocas clases, que casi invariablemente rematan en secuencias de baile, cuanto más acrobático mejor.
La danza todo lo puede, menos disimular la mediocridad de la película.







