
Chejov en la pantalla grande
En un artículo sobre "La dama del perrito", el crítico italiano Enrico Ghezzi arriesga la idea de que Anton Chejov, con su "acción indirecta", su preferencia por la atmósfera antes que por la trama y su lacónica y precisa exploración bajo la superficie de la vida en busca de la secreta interioridad de los personajes, es "el más naturalmente cinematográfico de los escritores". Si se coincide con esta hipótesis -de todos modos, controvertible- resultará todavía más llamativo el hecho de que habiendo sido tantas las oportunidades en que sus piezas y relatos fueron adaptados para el cine (hay más de 80 films registrados), hayan resultado relativamente tan magros los resultados en términos artísticos. Apenas un puñado de títulos se destacan en esa nutrida nómina en la que, por supuesto y desde el principio -la primera adaptación para la pantalla es de 1911-, tienen lugar preponderante los directores rusos. De la misma nómina también se desprende que hay entre las piezas del maestro ruso -de cuya desaparición se cumple un siglo este año- tres o cuatro favoritas de los cineastas ("El jardín de los cerezos", "Tres hermanas", "Tío Vania" y "La gaviota") y que los textos chejovianos han sido objeto de toda clase de tratamientos, desde los que intentaron la franca adaptación hasta los que se sirvieron de sus temas apenas como motivo de inspiración.
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Dos o tres ejemplos bastan para comprobar esa diversidad. En 1944, Douglas Sirk tomó el cuento "La partida de caza", le introdujo varios cambios y prolongó su historia (ambientada en Rusia) para llegar hasta el estallido de la revolución de 1917 con el fin de pintar, en los términos melodramáticos propios de su estilo, la decadencia de una clase atormentada por los remordimientos e incapaz de reparar los errores que la conducirán a la ruina; el film se llamaba "Extraña confesión" y tenía como protagonistas a Linda Darnell y George Sanders. En 1952, los italianos Mario Monicelli y Steno partieron de otros dos cuentos -"La muerte de un empleado" y "Examen de promoción"- para componer una parodia de la burocracia titulada "Totò e i re di Roma", obviamente dominada por la presencia del gran cómico napolitano. En 1963, un experto del terror, Mario Bava, tomó de un cuento de Chejov la idea para uno de los tres episodios sobrenaturales de "Las tres caras del miedo", presentados por otro especialista: Boris Karloff. Hace un par de años, el francés Claude Miller se tomó todas las libertades para convertir (con inteligencia que ha sido celebrada) "La gaviota" en "La petite Lili", que transcurre en la Francia de la actualidad y entre gente vinculada con el cine.
Hay versiones que tuvieron notoriedad por el prestigio de los artistas involucrados en ellas. Por ejemplo, las de "Tres hermanas": una, muy atenta al original y dirigida por Laurence Olivier en 1970 según la puesta que había realizado en el National Theatre; la otra, muy libre, que Margarethe von Trotta condujo en 1990 con Fanny Ardant, Greta Scacchi y Valeria Golino. Aun con sus aciertos, ninguna de las dos figuraría en una selección rigurosa de las mejores traslaciones de Chejov al cine, como tampoco lo harían otras dos de "La gaviota": la excesivamente respetuosa de Sidney Lumet (1968), a pesar del desempeño de sus excelentes actores (Vanessa Redgrave, Simone Signoret, David Warner) ni la de Marco Bellocchio (1977) ambientada en el Véneto y concebida con cierta mirada psicoanalítica, referencias a Edipo y Hamlet incluidas. "Tío Vania" tuvo mejor suerte: primero con la refinada adaptación de Andrei Mijalkov-Konchalovski (1970) en la que Innokenti Smoktunovski actualizaba la figura del intelectual de provincias consciente de la opacidad del medio: después con la inteligente "Vania en la calle 42" (1994) en la que Louis Malle partía de una representación de la pieza para avanzar hacia una reflexión sobre el teatro.
Pero sin duda los mejores resultados fueron obtenidos por cineastas rusos. "La dama del perrito" (1960), de Josef Heifitz, no sólo tradujo con sensibilidad y refinamiento la atmósfera nostálgica del cuento de Chejov (hay quienes la consideran aún hoy el mejor film basado sobre una obra del genial dramaturgo) sino que también alcanzó un gran éxito de público. Igual fortuna en lo artístico y en lo comercial tuvieron los dos grandes films que Nikita Mijalkov concibió a partir de Chejov: la admirable "Pieza inconclusa para piano mecánico" (1977) basada sobre "Platonov", una pieza juvenil, y "Ojos negros" (1987), que mezcló tres cuentos y permitió a Marcello Mastroianni componer uno de sus últimos personajes inolvidables.
Quizá la mención de estos títulos generará en el cinéfilo la nostalgia de aquellos tiempos en que las películas rusas tenían frecuente presencia en nuestras pantallas, pero hay para ellos una buena noticia: el inminente estreno de "El regreso", el film premiado en Venecia 2003 que ha sido considerado señal clara del renacimiento que vive el cine ruso. Ya habrá oportunidad para hablar del fenómeno.






