Clouzot, el otro mago del suspenso
Sólo once films, y no todos memorables, dirigió Henri-Georges Clouzot entre 1942 y 1968, pero ni el declive notorio experimentado en sus dos o tres últimas películas; ni las embestidas críticas de la nouvelle vague , que en un principio lo había reconocido como un "intocable" al lado de René Clair y René Clément, y después reprobó su academicismo, ni la fama de tirano que se ganó en los sets impidieron que el cineasta nacido hace hoy un siglo se ubicara en un lugar destacado de la historia del cine francés. Muchas veces comparado con Hitchcock, de quien fue uno de los genuinos rivales (le ganó al mago del suspenso los derechos de Las diabólica s y por esa razón sus autores, Pierre Boileau y Thomas Narcejac, escribieron De entre los muertos , el libro en el que se basó Vértigo ), Clouzot mostraba cierta fascinación por el costado más oscuro del alma humana. Hay en sus films más importantes una visión desesperanzada y pesimista, y una decidida tendencia a subrayar la amoralidad de los personajes y la ineficacia de las instituciones encargadas de velar por la seguridad de la gente. Además del suspenso, lo ligaba también con Hitchcock su escasa estima por los actores, a los que consideraba meros instrumentos. Precisamente al clima que imperaba en sus rodajes dedicó François Truffaut en 1957 un artículo, famoso por su inusual violencia: "Clouzot en el trabajo o el reino del terror".
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A esa altura, claro, ya era un nombre largamente consagrado en el cine francés. Había nacido en Niort, en el oeste de Francia, y a comienzos de la década del veinte, tras explorar diversos rumbos (la marina, las ciencias políticas, la diplomacia), decidió volcarse a la escritura. Primero como periodista; más tarde, como dramaturgo y guionista. Fue un largo capítulo que inició en los treinta en la empresa Osso, donde dirigió su primer cortometraje, un sketch humorístico titulado La terreur des Batignolles . Más tarde, ganó cierto renombre como adaptador, dialoguista, supervisor de las versiones francesas de operetas alemanas y, especialmente, como autor de guiones para Anatole Litvak, Jacques de Baroncelli y Carmine Gallone. Sólo la guerra y el consiguiente exilio de Renoir, Clair y Carné le dieron la chance de asumir finalmente la dirección de un largometraje. El asesino vive en el 21 (1942), sobre una novela de Stanislas André Steeman, significó un debut más que auspicioso: mostró su rara habilidad para crear atmósferas sombrías e inquietantes, y para administrar el suspenso expuso esa ambigüedad de los personajes que caracterizaría su obra posterior.
Su siguiente film, El cuervo (1943), filmado en plena ocupación alemana y para una firma de ese origen, le aseguraría un lugar en la historia, pero antes le acarrearía un sinnúmero de problemas. Si en su ópera prima lo que prevalecía era la intriga policial, aquí pesaba especialmente la descripción del medio social y la psicología de los personajes. Su vitriólico retrato de la pequeña burguesía francesa en un pueblito perturbado por denuncias anónimas contiene famosos hallazgos expresivos como el diálogo sobre el bien y el mal que mantienen los protagonistas mientras la luz de una lámpara que se balancea ilumina alternativamente a uno o al otro.
Condenada por inmoral por la central católica e impedida su difusión en Alemania por Goebbels, que la juzgaba demasiado negra, fue después de la liberación acusada de antifrancesa y, por ende, su director padeció una suspensión profesional que lo mantuvo alejado de los sets hasta 1947. El regreso fue con otra obra maestra del cine negro, Quai des Orfèvres (aquí conocida como Crimen en París) , con un extraordinario Louis Jouvet.
Venecia lo premió entonces como el mejor director y él emprendió en seguida el rodaje de Manon , en una versión muy libre del relato del abate Prévost que escandalizó por sus audacias y su amargo romanticismo, aunque se llevó el León de Oro de Venecia en 1949.
Si Miquette et sa mère (1950) fue una fallida comedia con Bourvil que es considerada su obra menos personal, con los films siguientes obtendría Clouzot sus más grandes éxitos comerciales. Primero, con El salario del miedo (1953), aquella inolvidable pieza de suspenso sobre cuatro desesperados que aceptan jugarse la vida al transportar en camión una carga de explosivos. Más tarde, con Las diabólicas (1954), drama criminal no carente de truculencias que mereció, como otros films suyos, remakes escasamente afortunadas.
De los últimos trabajos de Clouzot -incluido La vérité (1960), que le dio uno de sus mejores papeles a Brigitte Bardot-, lo más recordable es, sin duda, El misterio Picasso (1956), un documento con el que encontró el modo de penetrar en el mundo del artista y estableció un método de acercamiento a la pintura que aplicaría después a otros trabajos televisivos, entre ellos uno dedicado a Herbert von Karajan.
La fragilidad de su salud (estuvo casi diez años sin trabajar antes de su muerte, en 1977) y su obstinado perfeccionismo le impidieron concretar otros proyectos, entre ellos el de El infierno , finalmente realizado por Claude Chabrol en 1994.
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