
Cómo impedir un suicidio
El tema es el punto de partida de esta comedia francesa
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PARIS.-¿Qué haría usted si al cruzar de noche un parque cualquiera se encuentra con el terrible espectáculo de un hombre que está colocándose una soga al cuello para colgarse de un árbol? Impedírselo, claro, aunque no sepa muy bien qué argumentos utilizará después para convencer al "suicida" de que vale la pena seguir vivo y de que lo mejor es volverse a casa, dormir un poco para aquietar los nervios y dejar que pase el estado crítico.
¿Y qué haría si el tipo no cede, si le cuenta que la mujer que ama lo ha abandonado, que la vida ha perdido para él todo sentido y que para colmo no tiene empleo ni domicilio; si se muestra, en fin, como pertinaz, empecinadamente depresivo? ¿Llevárselo a casa?
El lado gracioso de la culpa
Mala idea. Le pasa a Daniel Auteuil en "El restaurante" y hay que ver las complicaciones que le trae ese gesto humanitario. El intento de suicidio es el punto de partida de esta comedia francesa cuyo estreno anuncia Alfa Films para mañana, pero no fue la idea generadora del enredo, según cuenta Pierre Salvadori, el cineasta que tras una fugaz incursión en el cine negro vuelve a la comedia, el género que prefiere porque "ofrece un reflejo desordenado, complejo o doloroso, pero irónico y bastante exacto de nuestros estados de ánimo, a veces felices, a veces profundamente desesperados".
A Salvadori, que nació en Túnez hace 40 años, se inició como libretista en la TV y lleva filmadas cinco películas, ninguna de las cuales se vio en la Argentina, le gusta encontrar un modo gracioso para hablar de temas serios. En este caso, no del suicidio, porque eso lo habría conducido al humor negro, sino de la culpa, que es lo que moviliza las conductas del protagonista, Antoine, maitre de un restaurante de París, "un personaje que actúa como si tuviera la sensación de que siempre le debe algo a alguien", según define el director.
"En principio, parece un personaje simpático, pero también puede ser muy engreído; en el fondo está convencido de que todo gira alrededor de él. La paradoja que me pareció interesante es que Antoine salva la vida de Louis y después lo lamenta porque advierte que le ha impedido al otro hacer algo que sinceramente deseaba. Por eso lo alberga, le consigue trabajo y lo ayuda a reencontrarse con la mujer por la que había llegado a la depresión. Lo malo es que cuando Antoine conoce a la chica se enamora de ella, lo que lo hace sentir todavía más culpable." (Encima, hay que sumarle una culpa más, ya que ese súbito enamoramiento supone una traición a su actual pareja).
Por supuesto, en el centro de la historia está la relación que une a Antoine (Daniel Auteuil, el excelente actor de "La reina Margot", "El placard" y "Un corazón en invierno") y Louis (Jose Garcia, intérprete de gran popularidad en Francia); sus andanzas en el restaurante, donde el suicida frustrado actúa como consejero en materia de vinos, tarea para la que no está precisamente muy capacitado, y sus estrategias para reconquistar a la rubia en cuestión (Sandrine Kiberlain), con las imprevistas derivaciones del caso.
-¿Variaciones sobre la buddy movie?
-Podría decirse, aunque yo guardo muchas reservas acerca de Hollywood y sus fórmulas. Mi admiración, en todo caso, es por el cine norteamericano de los años 30; me gustan las comedias clásicas de Howard Hawks, de Lubitsch, de Sturgess. Es curioso, los cineastas de mi generación han encontrado su inspiración en los realizadores de la nouvelle vague, Truffaut, Godard... Yo no, pero lo que ellos sí hicieron fue transmitirme sus propias influencias; también ellos amaban ese cine que hallaba la gracia hablando de seres humanos, que daba preponderancia a la emoción y no buscaba la risa a toda costa.
-¿Hay algo de eso en la comedia francesa actual?
-Eso y algo peor, una especie de mirada peyorativa hacia los personajes, que son por lo general moralmente feos o tontos. Una comicidad fácil que vulgariza el humor. Yo prefiero hablar de seres reales, que como todo el mundo sabe son complejos, ambiguos.
Salvadori, que dedicó este film a la trágicamente desaparecida Marie Trintignant, intérprete de sus tres primeras películas, todas comedias, prepara ahora una historia de amor entre una mujer joven obsesionada por el dinero y el lujo y un muchacho que está loco por ella y la sigue por todas partes a pesar de ser repetidamente rechazado porque no es rico. "Nunca parto de la idea de algo que puede ser cómico -dice-, sino de algo que puede ser interesante. Creo que lo importante es hallar un tono, un estilo."
-También le gusta que sus personajes hagan cosas un poco inverosímiles.
-Sí, me gusta que entren por el balcón, que hablen con la langosta que están a punto de comerse cuando se sienten deprimidos. Creo que son situaciones casi poéticas porque no son naturalistas. Me gusta que haya esa especie de contradicción entre el estado del personaje y la situación que animan.
-Llama la atención que la escena de amor entre Auteuil y Sandrine Kiberlain no se vea y sólo sea evocada por los personajes.
-Es que no sé filmar escenas eróticas; sería incapaz de pedirles a mis actores que se quiten la ropa. Pero quería mostrar la turbación física y el deseo que cada uno de ellos siente en presencia del otro, así que, con mi coguionista, Benoit Graffin, decidimos hacer una escena en la que el erotismo estuviera sólo en las palabras. Son dos personas que evocan la emoción que sintieron el día anterior, como los antiguos enamorados. Es una forma de revivir aquel momento, y es un poco triste también porque saben que no tienen derecho a repetirla.
-¿El depresivo Louis se parece a Pierrot?
-Sí, tiene algo de Pierrot, con su eterna pena de amor, su melancolía y su estar fuera del mundo. Y Antoine es un arlequín que anda siempre a las corridas, como el que sirve a dos amos; un personaje que está (o quiere estar) en todas partes al mismo tiempo.
-¿Dejó algún margen para la improvisación?
-No. Todo estaba completamente escrito. Trabajo muy cuidadosamente los diálogos, los elaboro para que sean agradables rápidos, cómicos, pero que suenen naturales. No me gustan las "ocurrencias" de autor, esas réplicas brillantes y forzadas; quiero que mis personajes se expresen de un modo cotidiano. Nunca me gustaron, por ejemplo, las películas dialogadas por Michel Audiard (coguionista de decenas de films de directores como Philippe De Broca, Edouard Molinaro o Claude Miller) porque en sus films los personajes parecen muñecos de ventrílocuo; es el autor quien habla por su boca, no ellos. Me parece una falta de humildad. Y hace falta modestia, mucha modestia, para hacer películas.
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