Cuando París era una fiesta
Woody Allen homenajea en su último film a la comunidad artística de los años 20
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CANNES.- Es la décima vez que Woody Allen estrena una película en el principal festival del mundo (ya había venido a presentar -entre otras- Manhattan, Broadway Danny Rose, La rosa púrpura del Cairo, Hannah y sus hermanas y Match Point ), pero esta vez fue una ocasión muy especial porque Midnight in Paris no sólo es su primer film íntegramente rodado en la Ciudad Luz, con la actuación de varias figuras locales (desde Marion Cotillard hasta Léa Seydoux) y con la participación especial de la actual primera dama, Carla Bruni, sino también porque sobre todo es un sentido homenaje personal a la fecunda relación y a la fascinación mutua que, al menos en el ámbito cultural, mantienen desde siempre Francia y los Estados Unidos.
La película -que se estrenó también ayer en las salas francesas y que en la Argentina se anuncia para el mes próximo- arranca con un editado de 60 tomas sobre los lugares más reconocibles de París. Sin embargo, cuando parecía que se iba a quedar sólo en imágenes de tarjeta postal y en un personaje similar a los que venía trabajando últimamente (las desventuras afectivas y laborales de un escritor insatisfecho e inseguro), Allen da un vuelco y propone una historia nostálgica y romántica surgida de su viejo amor por la ciudad y por el cine francés.
Gil (un Owen Wilson con muchos gestos y tonos que remiten al propio Allen) es un reconocido guionista hollywoodense que intenta terminar -sin demasiada suerte- su primera novela ante el desinterés (casi el desprecio) de su manipuladora novia Inez (Rachel McAdams) y de sus intolerables suegros (Kurt Fuller y Mimi Kennedy), que los acompañan durante su estadía en París. Harto de ellos -y de un presuntuoso inglés (Michael Sheen) que intenta conquistar a Inez-, Gil empieza a vagar por las calles. Allí, perdido y bajo los efectos del buen vino tinto, justo cuando suenan las campanadas de medianoche (hay algo de cuento de hadas en el asunto), aparece un antiquísimo Peugeot. Tras algunas dudas iniciales, se sube al auto y comienza así un viaje hacia los años 20, más precisamente hasta los ámbitos nocturnos de la bohemia intelectual de la época.
Aquellos años locos
En sus aventuras fantásticas, el antihéroe del film conocerá en bares y fiestas a Ernest Hemingway, Cole Porter, Scott y Zelda Fitzgerald, T.S. Eliot, Pablo Picasso, Djuna Barnes, Jean Cocteau, Gerturde Stein, a los surrealistas (Dalí, Miró, Buñuel, Man Ray) y un largo etcétera, y se obsesionará por una ex amante de pintores (Picasso, Bracque, Modigliani) interpretada por la bella Cotillard. Sus "regresos" a la París contemporánea, en cambio, resultan un suplicio, ya que los demás sólo parecen interesados en el turismo y en el consumismo (además, claro, no creen una sola palabra de lo que él dice).
En su segunda mitad, el film empieza a repetirse un poco y pierde así algo de encanto, ritmo y frescura, pero con la ingeniosa idea que sostiene la trama (el viaje en el tiempo a una época dorada producto de la insatisfacción con la actual: vemos cómo los intelectuales de los años 20 quieren vivir en la Belle Epoque y los de la Belle Epoque, en el Renacimiento), con las cuatro dignas apariciones de Carla Bruni en el papel de una guía turística, y con una subtrama romántica con una joven parisina (Léa Seydoux) que crece sobre el final, se cierran los amables, simpáticos 100 minutos del relato.
"Cuando empecé a escribir el guión sólo sabía que iba a filmar en Francia y tenía un título que me gustaba mucho por sus implicancias románticas, Midnight in Paris , pero no sabía de qué iba a tratar", admitió ayer Allen en una conferencia en la que también participaron Wilson, McAdams, Seydoux, Sheen y Adrien Brody. "Entonces, surgió la idea de que el personaje conociera a todos los personajes que han pasado por allí en los años 20 y que han sido los verdaderos héroes intelectuales de mi juventud."
El infatigable director neoyorquino, de 75 años, aseguró que la otra gran fuente de inspiración para Midnight in Paris fue su adoración por el cine europeo en general y el francés en particular. "Desde mi temprana formación cinéfila, siempre tuve una gran admiración por Godard, Resnais, Truffaut, Clair o Renoir. Mientras en los Estados Unidos se hacen películas sólo para ganar plata, aquí se mantiene un enorme respeto por las posibilidades del cine como arte. En esa tradición traté de inscribir este nuevo film. El resto fue aprovechar a los actores que aceptaron acompañarme y quedarme con el crédito de su talento. Hace mucho tiempo que vivo de eso."
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