
Deborah Kerr: adiós de aquí a la eternidad
Fue símbolo de elegancia y distinción
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LONDRES (AP).— La actriz británica Deborah Kerr, estrella de recordados films como Algo para recordar y El rey y yo , y que protagonizó en De aquí a la eternidad uno de los besos más famosos de la historia del cine, falleció el martes, a los 86 años, en Suffolk, en el este de Inglaterra, según dijo su agente. Estaba retirada y desde hacía años sufría del mal de Parkinson.
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"Fina, expresiva, se ha de distinguir en todo momento en que le ofrezcan un papel de mayor importancia." El tiempo corroboró en plenitud estas palabras publicadas por LA NACION en 1948, cuando se estrenó en Buenos Aires Mercader de ilusiones , film con el que Hollywood le dio la bienvenida a "la encantadora actriz británica Deborah Kerr".
Hasta allí había llegado para ocupar, en el esplendor del dominio de los grandes estudios, un lugar en el firmamento de la Metro-Goldywn-Mayer, cuyos ejecutivos se fijaron en ella tal vez con la idea de que ocupara el lugar de la ya madura Greer Garson. Fue contratada por el mandamás del estudio, Louis B. Mayer, por tres mil dólares a la semana y un contrato a largo plazo: siete años.
Traía de su Escocia natal, donde nació como Deborah Jane Kerr-Trimmer el 30 de septiembre de 1921, en un hogar de holgada posición económica, sólidos antecedentes teatrales en el repertorio shakespeariano y, sobre todo, una consagratoria y temprana aparición en el cine como una de las religiosas que llevaban su vocación hasta el Himalaya en Narciso negro (1947).
Kerr decidió cambiar en la adolescencia su formación inicial como bailarina por el teatro. Y desde allí trasladó al cine esa aristocrática, elegante y algo reservada imagen que habría de acompañar sus apariciones en la pantalla hasta que un papel bien diferente le cambió la vida.
"En realidad, nadie sospechaba que yo sabía actuar hasta el día en que filmé aquella famosa escena de la playa, en traje de baño", comentó muchos años después del inolvidable y apasionado beso que compartió con Burt Lancaster en De aquí a la eternidad (1953), uno de los mayores símbolos románticos y eróticos de la historia de Hollywood, recreado desde entonces por un sinfín de parejas en el lugar donde se rodó ese recordado drama ambientado en vísperas del ataque japonés a Pearl Harbor: un bello rincón de playa en Oahu, la isla más importante del archipiélago de Hawai, rebautizada Eternity Cove.
Pero ni siquiera la sorprendente aparición de Kerr en ese consagratorio film como una mujer adúltera alteró de allí en adelante su aire señorial y una belleza mansa, muy distante de la avasalladora presencia de otras estrellas femeninas de su tiempo. Se ha dicho que esa presencia siempre sutil, intensa y rigurosa y una proverbial timidez en su vida cotidiana le quitaron predicamento frente a otras figuras con más encantos a la vista, pero la lista de los títulos que protagonizó podría integrar sin problemas cualquier gran antología de Hollywood. De Quo Vadis a La mujer lejana , de Té y simpatía a Siempre te amaré , de Eduardo, mi hijo a Buenos días, tristeza y de El arreglo a La mujer que quiso pecar , el melodrama, la comedia, el film bélico y la epopeya histórica se enriquecieron con el talento y la expresividad de una actriz sensible como pocas.
No menos antológica es la lista de los galanes que la acompañaron o cortejaron en la pantalla: Alan Ladd y Charles Boyer, en Torres negras ; James Mason, en Julio César ; Stewart Granger, en El prisionero de Zenda y Las minas del rey Salomón ; Robert Mitchum, en El cielo fue testigo ; Gary Cooper, en Sombras de sospecha , su film póstumo; Gregory Peck, en Mi amada infiel . Y entre todos ellos supo lucirse todavía más junto a otro arquetipo de elegancia y distinción, David Niven, junto a quien apareció en Mesas separadas (tal vez el mejor trabajo de Kerr), El signo del diablo y, casi al final de su carrera, en ese divertimento que fue Casino Royale (1967).
Dejó voluntariamente el cine dos años después, y sólo reapareció fugazmente en teatro y televisión antes del definitivo retiro, a mediados de la década de 1980, para vivir primero en Suiza y luego en Andalucía junto a su segundo esposo, el escritor Peter Viertel ( La reina africana ). Sólo reapareció en público en 1994 para recibir un Oscar honorario, que sólo compensó en parte la injusticia de haber recibido seis nominaciones y no ganar ninguna.
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