
El holocausto sin clichés
Sin destino (Fateless-Sorstalanság), Hungría-Alemania-Gran Bretaña/2005, color; hablada en húngaro y alemán. Dirección: Lajos Koltai. Con Marcell Nagy, Aron Dimeny, Andras M. Kecskes, Daniel Craig. Guión: Imre Kertész, sobre su novela. Fotografía: Gyula Pados. Música: Ennio Morricone. Edición: Hajnal Sellö. Presentada por Eurocine. 135 minutos. Sólo apta para mayores de 16 años.
Nuestra opinión: muy buena
Nada más lejos de Sin destino que los clichés que el cine ha ido cristalizando en su frecuentada reconstrucción del Holocausto. Aquí no se intenta el clásico cuadro abarcador que concibe Auschwitz como un lejano recuerdo histórico y trata el tema como algo ajeno a la actualidad y a la condición humana. Lo que el film ofrece a través de sus breves secuencias -impresiones rescatadas de la memoria- es el relato despojado y escrupuloso de una experiencia individual: la de un adolescente en un campo nazi.
Al elegir ese cambio de perspectiva y asumir las ideas que Alain Resnais planteó en Noche y niebla -la imposibilidad de representar lo inimaginable, el valor de la memoria singular-, el film cobra una dimensión existencial. Su propuesta es perturbadora porque expone lo que logran los totalitarismos: la estrategia de la supervivencia obliga a elegir entre ser víctima o responsable. Y hasta sugiere algo que Imre Kertész -adaptador aquí de su novela más famosa- ya expresó alguna vez y es aún más inquietante: "La vida moderna está organizada de modo que cada uno se beneficie a costa del otro; los campos son su ejemplo más extremo".
Sin sentimentalismo
Kertész vivió lo que narra. Sin sentimentalismo, sin dramatizaciones que seguramente conducirían a la trivialidad, evoca a través de Gyula, su álter ego y protagonista del film, lo vivido a partir del día en que fue reclutado junto con otros muchachos judíos en Budapest y llevado a Auschwitz, a Buchenwald, a Zeits. Los trabajos extenuantes, los tormentos, el hambre, la enfermedad, la certeza de que la muerte está a un paso, el horror son una realidad cotidiana allí. Debe conocer las reglas para sobrevivir, evitar pensar en lo que puede sucederle, vivir el mínimo presente, sin recuerdos, sin referencias, sin significados; habitar en esa nada de la que no hay conciencia: una soledad absoluta y fuera del tiempo. Sin perder -como le ha aconsejado un prisionero con más experiencia- el respeto por sí mismo.
A lo largo de su peripecia, se advierte que para Gyula, la "normalidad" y la costumbre son una forma de felicidad. Lo reconocerá en el turbador final, cuando convertido casi en un fantasma recorra las irreconocibles calles de Budapest en ruinas y se cruce con judíos benévolos y gentiles azorados que repiten frases hechas sobre horrores de los que no fue testigo y con quienes le resulta imposible comunicarse. "El infierno no existe -les dice-; los campos, sí." Y ante el caos impredecible que lo rodea siente nostalgia de la rutina del encierro, donde hallaba una protección que esta libertad no le da.
Son nociones -como la de descreer de cierto destino transmitido por sus ancestros o la de asumir que hasta en la supervivencia hay colaboración o compromiso- que van a contramano de la dramatización habitual de la tragedia. Kertész desafió con ellas en su libro y Lajos Koltai las vuelca en imágenes bellísimas que desdeñan el realismo y dicen lo que las palabras no alcanzan a expresar.
Lo hace con el color, que va desapareciendo hasta reducirse a los grises y las sombras del campo; con la sequedad deliberada que refuerza la potencia de las escenas más arduas; con la admirable puesta que sabe, por ejemplo, valorar el gesto del soldado autorizando una posible fuga de Gyula, el fantasmagórico balanceo de los prisioneros obligados a permanecer de pie, o la frágil figura del muchacho de espalda curvada a la espera de la bolsa de cemento que un oficial de la SS descargará sobre él. También con la firme conducción del notable elenco, encabezado por el portentoso Marcell Nagy.
Sólo la ampulosa música de Morricone quiere avivar emociones que el film deliberadamente evita.
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