
En el agujero negro del mundo fantástico
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"El espinazo del diablo" (España-México/2001). Dirección: Guillermo del Toro. Con Eduardo Noriega, Federico Luppi, Marisa Paredes, Irene Visedo y Fernando Tielve. Guión: Guillermo del Toro, Antonio Trashorras y David Muñoz. Fotografía: Guillermo Navarro. Música: Javier Navarrete. Edición: Luis de la Madrid. Dirección de arte: César Macarrón. Presentada por Fox. Duración: 106 minutos. Para mayores de 16 años.
Nuestra opinión: buena.
Guillermo del Toro es un fanático de la literatura fantástica, un cinéfilo treintañero que se ha formado viendo películas de clase B sobre vampiros, fantasmas e insectos gigantes. El realizador de la pequeña producción mexicana "Cronos" (también protagonizada por Federico Luppi) y de la superproducción hollywoodense "Mimic" es parte de una talentosa camada de amigos de una misma generación que incluye al norteamericano Quentin Tarantino, a su compatriota Robert Rodriguez y al chileno-español Alejandro Amenábar ("Abre los ojos"), directores con quienes no sólo suele compartir los mismos técnicos sino también temáticas y una búsqueda central que consiste en mezclar y reformular los códigos de los géneros clásicos.
En "El espinazo del diablo", Del Toro rodó por primera vez en España de la mano de la productora de los hermanos Pedro y Agustín Almodóvar. Y el resultado es un interesante, ambicioso e irregular film en el que conviven el melodrama de época (la historia está ambientada a fines de la Guerra Civil española), el cine gótico de fantasmas que se esconden en los oscuros sótanos de un colegio, la mirada inocente de un niño huérfano de 12 años que va descubriendo las miserias humanas y los secretos que subyacen en el lugar, y una carga de violencia contenida que inevitablemente termina por estallar de una forma tan extrema que remite a las películas de Sam Peckinpah.
Del Toro es un verdadero "animal de cine", un realizador con enorme sentido para la puesta cinematográfica y dueño de pequeñas y grandes ideas. Pero es precisamente esa exuberancia la que lo lleva a armar un rompecabezas difícil de ordenar, en el que las piezas muchas veces no terminan de encajar (y, por lo tanto, quedan sueltas).
El director intenta sostener la película sobre muy diversos (demasiados) elementos dramáticos: el funcionamiento interno del patético orfanato, la división entre el universo adulto y el infantil, la subtrama sobrenatural que incluye a un pequeño fantasma y varias leyendas, la permanente tensión sexual, la tentación desmedida de varios personajes por un botín de oro y el opresivo clima de guerra civil con el avance de los nacionalistas y la sanguinaria persecución a los republicanos.
La película deja la sensación de que Del Toro necesita demostrar todo el tiempo su potencial como guionista, así como su innegable maestría visual. Y, en cambio, por momentos lo que consigue es abrumar, confundir y finalmente distanciar al espectador, ametrallándolo con un arsenal desmesurado e innecesario para una "batalla" tan desigual. El director mexicano termina así autoanulándose, haciendo que hasta sus buenas ideas resulten casi banales en una historia que, al tener tantos condimentos, no consigue un sabor definido.
Arbitrariedades y sorpresas
Pero más allá de los excesos y desniveles apuntados, "El espinazo del diablo" resulta una notable película en términos técnicos en la que sobresalen la fotografía y la dirección de arte, y una buena comunión entre un actor argentino como Federico Luppi (un maestro golpeado por la vida) y dos intérpretes españoles como la gran Marisa Paredes (la misteriosa directora) y Eduardo Noriega (el ambicioso y violento portero del lugar).
Así, en este film plagado de arbitrariedades pero también de sorpresas -hasta se escuchan los versos: "Yo no sé qué me han hecho tus ojos", con música de Canaro, en la versión de Carlos Gardel- se puede apreciar a un cineasta tan distante del equilibrio y la madurez artística como de la sumisión a las fórmulas preestablecidas. Del Toro busca, prueba, se arriesga. Y en el cine esa intención es de agradecer. Para un creador siempre resulta más saludable pecar por exceso que por defecto.
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