
Franz: un retrato en capas para sumergirse en las profundidades del enigma kafkiano
La realizadora polaca Agnieszka Holland le escapa a las reglas de la biopic tradicional para mostrar las distintas versiones del escritor checo
4 minutos de lectura'

Franz (idem, República Checa, Polonia, Alemania, Francia/2025). Dirección: Agnieszka Holland. Guion: Marek Epstein, con la colaboración de Agnieszka Holland. Fotografía: Tomasz Naumiuk. Edición: Pavel Hrdlicka. Música: Mary Komasa, Antoni Lazarkiewicz. Elenco: Idan Weiss, Jenovefa Bokova, Ivan Trojan, Josef Trojan, Peter Kurth, Sandra Korzeniak. Calificación: R-17. Distribuidora: Moving Pics. Duración: 127 minutos. Nuestra opinión: buena.
“No solo en el mundo, sino también en la República Checa, Kafka fue por mucho tiempo un autor casi olvidado. Esa falta de conocimiento sobre su biografía dio lugar a un cúmulo de fabulaciones”, señalaba, hace años en una entrevista, el prestigioso “kafkólogo” Josef Cermak a este cronista sobre la figura del renombrado escritor checo.
Las afirmaciones de uno de los más serios y renombrados especialistas en Kafka se reactualizan con cada aproximación nueva a su vida y obra. Y esta película que devuelve a las pantallas argentinas a la prestigiosa realizadora polaca Agnieszka Holland no pareciera ser la excepción. También pone sobre la mesa la validez, e incluso la posibilidad, de acceder a los contornos biográficos de una figura inserta en el canon. Cada lector, e incluso no lector, dada la trascendencia de los contornos de su fama, tiene una representación propia de Kafka y esta idea, en particular en lo referido a la vida del autor de La metamorfosis, adquiere el carácter de mito. Dada la poca información directa, dadas las variadas versiones sobre su vida, dada la sucesión de “biografías” que pretenden alumbrar desde la invención lo que se desconoce y con el tiempo se certificó como fallido.
Con inteligencia, Agnieszka Holland escapa de los marcos del biopic cinematográfico convencional y busca realizar un retrato que, a la manera de un mosaico, se va completando fragmentariamente en derredor de su vida y obra. La propuesta es arriesgada y, por ende, puede fallar. Y a veces falla. Pero el punto de partida es perfecto para acceder a una atmósfera de época que rodea y, en buena parte, moldea al escritor pero también para explicar desde qué lugar interpela su obra al presente.

Holland reconoce a Kafka como un personaje en buena medida inaccesible, y no oculta ese distanciamiento ante el espectador, que seguramente vivirá esa reformulación simbólica con distanciada frialdad. Es entonces cuando la aproximación a su literatura se intercala para brindarle dinamismo, y mucho más frenesí, a una biografía que sólo se queda en los perfiles superficiales de quienes retrata. ¿Existía otra forma de hacerlo sin construir otra mitificación? Esa pregunta subyace en el Franz de Holland, que prefirió a un Kafka de tantas capas que exigirá al espectador no perderse en su laberinto ante los constantes cambios de registro pero que buscó, como en la narrativa del escritor, escapar de los límites del realismo.
Como gran realizadora que es, Holland sabe muy bien construir visualmente una película donde lo narrativo se mezcla entre lo confuso y lo solemne y lo consigue gracias a un mimético Idan Weiss con el lacónico rostro del Kafka de los retratos; con un extraordinario Peter Kurth como su despótico padre y con una bella y siempre solvente Jenovéfa Boková que moldea al gran amor del escritor, Milena Jesenská, quien fue la primera traductora de su literatura del alemán al checo. Si se quiere, para los puristas, el Max Brod de Sebastian Schwarz merecía más desarrollo, al ser su albacea literario y temprano promotor.
El espectador que va interesado en Kafka y leyó su obra, conocerá al Franz de Holland y saldrá del cine con otro Kafka, no profundizado aunque sí revisitado en su singular imaginario. A veces, la confusión mental del renombrado protagonista se trasladará a los espectadores que nada saben de él y a los que Holland relega al motivo turístico contemporáneo, cuna de fabulaciones y mitos, en los paseos praguenses que, tal como decía Cermak: “Cuando decimos Praga, decimos Kafka”, muchas veces afortunadamente y en ocasiones, pese a todo.



