
James Mason, una garantía de moderación
Cuando se habla de un actor que ha participado en más de más de un centenar de películas, es natural que se sospeche que buena parte de ellas habrán tenido como destino un justificable olvido. James Mason, de cuyo nacimiento se cumplirá un siglo el próximo viernes, puede no escapar a esta generalización, pero por lo menos cabe reconocerle un atenuante: si hubo fracaso, no habrá sido por su causa. Es probable que en todas las películas en que intervino haya puesto el mismo empeño y el mismo compromiso profesional. La expresión calma, la inolvidable voz cálida y la firme claridad de su articulación respondían en él a un modo interpretativo que ponía como eje la mesura: era una garantía de moderación y dignidad. Difícil sorprenderlo en un desborde, aun en personajes inconsistentes como los que le tocaron con alguna frecuencia en los años altos; difícil, también, encasillarlo: tanto podía ser vulnerable como perverso, patriota o espía, marido sádico o eterno navegante en busca del amor.
La variedad de caracteres era deliberada: cuando se cansó del galán maléfico de los dramas lacrimógenos que lo habían hecho famoso en Inglaterra (su consagración fue en 1943 con el melodrama El hombre de gris ), Mason hizo un brusco cambio afrontando el papel de psicoanalista -una de las primeras incursiones del cine inglés en el tema- en El séptimo velo (Compton Bennett, 1946), que le dio fama internacional. Pero aunque ya se lo requería, no se fue enseguida a Hollywood: todavía pudo mostrar otras facetas de su versatilidad, sobre todo en Larga es la noche (Carol Reed, 1947), en la que expuso con tanta convicción el dilema moral del hombre que ha cometido un trágico error en nombre de una causa justa, que muchos todavía la consideran su interpretación más lograda.
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Pero habría mucho más para este hijo de un adinerado comerciante de Huddersfield, Inglaterra, que en plena Depresión prefirió archivar el título de arquitecto obtenido en Cambridge para abrazar la profesión actoral y sólo en 1935 hizo su debut en la pantalla. Fueron muchos sus triunfos en la escena (es legendario su Edipo rey de 1954), pero el cine y la televisión comprometían buena parte de su tiempo. Del galán romántico y peligroso de sus primeros tiempos, fue pasando a los papeles de carácter (el espacio que él prefería) y en ellos obtuvo algunos de sus mejores éxitos desde que se instaló en los Estados Unidos en 1947. Era uno de los actores libres más atareados. En una seguidilla notable, trabajó con su admirado Max Ophüls en Atrapada y en The Reckless Moment ; compuso a Flaubert en el film de Vincente Minnelli inspirado en Madame Bovary ; dos veces al mariscal Rommel (en El zorro del desierto , de Henry Hathaway, y Ratas del desierto , de Robert Wise; a Bruto en Julio César (Joseph L. Mankiewicz, con quien también hizo un gran éxito, Cinco dedos ); al capitán Nemo en 20.000 leguas de viaje submarino . Y logró una de sus labores más admiradas en Nace una estrella (Cukor). Otras recordados trabajos son los de Intriga internacional (Hitchcock), Lolita (Kubrick) y Veredicto (Lumet), por el cual recibió su tercera nominación para el Oscar (las otras habían sido por Nace una estrella , como protagonista, y Georgina ). Tampoco ésta lo ganó, lo que confirmó lo que ya todos sabían, incluido él: nunca había sido un favorito de Hollywood. Murió en 1984, en su casa de Lausana.
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