
John C. Reilly da dos lecciones más de actuación
Por si no era suficiente con las rotundas demostraciones de versatilidad que ha venido dando John C. Reilly desde que asomó en la pantalla como uno de los soldados sospechosos de una violación durante la guerra de Vietnam en Pecados de guerra (Brian De Palma, 1989), la cartelera porteña permite en estos días apreciarlo en sus dos trabajos más recientes: el comerciante que no es tan bonachón ni tan civilizado como parece, y hasta oculta una zona oscura, en ese torneo actoral que sostiene con Jodie Foster, Kate Winslet y Christoph Waltz en Un dios salvaje (Roman Polanski, 2011), y el padre enamorado hasta la ceguera de su extraño hijo adolescente en Tenemos que hablar de Kevin (Lynne Ramsay, 2012). Son, otra vez, dos personajes que el actor nacido en Chicago, en 1965, expone con su asombrosa facilidad para desnudar todas sus facetas, aun las más contradictorias, sin recargar ninguna de ellas y sin despojarlos de esa humanidad y esa compasión con que beneficia a todas sus criaturas.
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Tuvo que trajinar bastante para que su nombre haya llegado por fin, como sucede ahora, a ser tan conocido como su figura maciza y robusta, su traza de tipo común y su rostro algo tosco pero agradable quizá por el leve respingo de su nariz, por los cachetes abultados o por los rulos del pelo que parecen avanzar hacia el centro de la frente, aunque en realidad es ésta la que retrocede por los flancos hacia la coronilla. Nunca fue un galán, pero él está muy satisfecho de lo que dice su estampa: "Nací en Chicago, crecí en un barrio humilde habitado por gente de trabajo. De allí traigo esta traza de hombre común, igual a cualquiera". Y también le encanta saber que si ha llegado hasta donde llegó, lo debe al estudio, que nunca ha abandonado; a su talento natural, a la singular sonoridad de su voz y a haber sabido aprovechar las ventajas que le acercó la vida. Por ejemplo, el haber sido el quinto hijo de un irlandés y una lituana, lo que le permitió tener acceso a las tribus de sus cuatro hermanos mayores: los deportistas, los estudiosos, los iracundos. Su curiosidad también ayudó (era un chico inquieto a quien sólo sosegaban un poco las clases de teatro en la Goodman School of Drama). No será descabellado pensar que este temprano contacto con la escena (tenía 8 años) y aquella circulación por grupos con intereses, costumbres, actitudes y jergas tan diversas fueron su primer ejercicio de ductilidad. El resto lo hizo su personalidad y su determinación. Siempre supo que por su físico sería un actor de carácter ("la belleza suele ser una limitación", dice), y también que resistiría al encasillamiento. Se guía por una máxima (y el mismo consejo da a los actores jóvenes que se le acercan): "Sólo hay que comprometerse con personajes en los que uno cree, los que hacen crecer, desarrollar el oficio, aprender más acerca de la vida".
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A Brian de Palma le debe no sólo su ingreso en el cine, sino algo más: la C. con la que lo distinguieron de otro John Reilly inscripto en el Sindicato de Actores. También el primer gesto de reconocimiento de su estatura de actor: al director de Vestida para matar le bastó verlo en un par de ensayos para cambiarle el breve papel para el que lo había convocado por uno de los más relevantes de la película. Era demasiado actor para desperdiciarlo.
Ya no corre ese riesgo. Después de la candidatura al Oscar por Chicago y de estas dos lecciones que ahora imparte en cines argentinos, puede vaticinarse que la estatuilla está muy cerca.


