La dama se desnuda
Helen Mirren vuelve con una desopilante comedia basada en una historia real
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Cuando tenía veinte años, Helen Mirren fue a ver a un adivino indio. El mentalista ("que no tenía turbante ni nada, aunque atendía en un barrio rarísimo", según ella misma recuerda) le leyó la palma de la mano y anunció que el éxito no le llegaría hasta bien pasados los cuarenta. Para cualquier otro, los siguientes veinte años podrían serían una tortura. Pero no para Mirren: "Desde ese momento, me sentí mucho mejor, porque me di cuenta de que no quería saber qué iba a ocurrir. Sólo deseaba llegar hasta allí".
El último film de la actriz británica es "Chicas de calendario" (que aquí se estrenará el jueves), una comedia basada en una historia real, sobre un grupo de mujeres de más de cincuenta años de un pueblito británico que deciden confeccionar -para fines benéficos-, un calendario con imágenes de actividades típicas de la región, con ellas mismas como modelos. Eso sí: completamente desnudas. A pesar del revuelo que provoca que un grupo de respetables amas de casa y madres de familia se quiten la ropa para el gran público, o gracias a eso, el proyecto es un éxito.
Algo así podría decirse de la carrera de Helen Mirren, uno de los pocos casos en los que abundan los éxitos, los desnudos, y una sinceridad a toda prueba. "No, los desnudos no son necesarios, pero ayudan a vender el producto", confesaba, a propósito de uno de los más polémicos, el que realizó en 1998, en su vuelta a "Antonio y Cleopatra" (papel con el que comenzó su carrera, a los 18 años, en el National Youth Theatre). Cleopatra la llevó a la Royal Shakespeare Company y a los clásicos, como "Macbeth", "La prima Bette" o "La señorita Julia" y al International Centre for Theatre Research de Peter Brook), con el que pasó un año en Africa, creando lo que luego se convertiría en "The Conference of Birds". También le legaría un tatuaje en su mano derecha que poco se condice con su título de Dama del Imperio Británico, concedido el año último. "Nunca me lo saqué porque me recuerda que he sido una chica mala en el pasado." Si hay algo que ha demostrado su carrera es que ser una chica mala paga, y con creces, como cuando comentó públicamente, luego de filmar «La costa mosquito», de Peter Weir, con Harrison Ford, que el actor le parecía un pésimo galán y que, de hecho, besaba muy mal.
De Rusia a Shakespeare
Mirren nació el 26 de julio de 1946, en Londres, como Ilyena Lydia Mironoff, hija de un taxista y violinista de la Orquesta Filarmónica de Londres, y de la menor de trece hijos de una familia cuyo reclamo ante la posteridad era haber sido carniceros oficiales de la reina Victoria. Su abuelo provenía de una familia aristocrática rusa, que fue destacado en Londres para comprar armas para el ejército de su país durante la guerra ruso-japonesa cuando lo sorprendió la revolución y, a consecuencia, un forzado exilio que se tornó permanente. Mirren echaría mano a su familia en no pocos papeles, como la cosmonauta rusa de "2010" (1984), y "Sol de medianoche" (1985), donde conoció a su marido, el director Taylor Hackford.
Su debut formal en el cine ocurrió con "The Age of Consent" (1969), de Michael Powell, como musa de James Mason. La reina del sexo de Stratford -como la llamaban en sus comienzos- les dio el gusto a sus detractores, que veían sólo provocación y no arte en films como "Calígula", del inefable Tinto Brass (1979); su inolvidable Morgana en "Excalibur", de John Boorman (1981), la amante en "El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante" (1989), de Peter Greenaway, y "Una relación indecente" (1990), de Paul Schrader, sin darse cuenta de que Mirren, sin prisa y sin pausa, había trabajado con algunos de los directores más interesantes de su época en proyectos tan poco convencionales como su opinión acerca de su status de tótem viviente de la actuación británica (o, directamente, santa Helen, como la llaman sus fanáticos). "Lo único que tenés que hacer para que la gente crea que sos una actriz brillante es verte pésimo en una película", ironizaba Mirren. Sin embargo, la actriz hizo bastante más que verse significativamente afectada en sus dos nominaciones al Oscar, "La locura del rey Jorge" (1994), por la que también se llevó su segunda Palma de Oro a la mejor actriz en el Festival de Cannes (la primera fue por "Cal", en 1984), y "Gosford Park" (2001). Dos papeles, claro, en los que lograba sacar provecho al lado más contenido de su legendaria seguridad en sí misma, capaz de dotar a reinas y amas de llave de la misma dignidad silenciosa, pero que habla a los gritos de quiebres en privado, nunca en público.
Todo empieza a los 40
En la década del noventa, Mirren consiguió el papel al que quizá se refería el adivino indio; ese que lograría que gente que difícilmente fuera a ver sus actuaciones en teatro conociera su nombre: la durísima inspectora Jane Tennison, en el ya legendario policial televisivo "Prime Suspect" (1991), personaje que ha continuado interpretando en seis films hasta la fecha (que le han reportado tres premios Emmy, tres premios Bafta y una sana inquietud por que el papel no provoque su encasillamiento eterno). Desde entonces, combina el teatro con el cine y apariciones en proyectos televisivos inusuales, como el de los telefilms "La pasión de Ayn Rand", sobre la autora de "La rebelión de Atlas" (1999); "The Roman Spring of Mrs. Stone", de Tennessee Williams, y "Puerta a puerta" (2002).
Mirren, a los 57, parece extrañamente ajena a la eterna queja de las actrices de que ya no hay papeles para mujeres más allá de los cuarenta años. Mirren continúa siendo garantía de interés, y confiesa tener una cierta contradicción acerca de los requerimientos extraactorales en escena. "Sí, yo me haría cirugías. La gente te está mirando en la pantalla. No es solamente vanidad: el primer plano es la primera herramienta de tu trabajo. Creo firmemente que la gente debería operarse la nariz, por ejemplo. Si una nariz es ridícula, es una distracción para el público", comentaba.
De adolescente, Mirren trabajaba en una feria de atracciones, atrayendo -precisamente- a incautos a los diferentes juegos mecánicos y haciéndolos pagar entrada tras entrada sólo para verla. Podría pensarse que su carrera no ha sido muy diferente de esa habilidad que algún inescrupuloso descubrió rápidamente. Mirren sigue apareciendo, y la gente sabe que algo interesante probablemente ocurra por allí. Y, claro, paga religiosamente su entrada.





