
La guerra de los últimos: una distopía postapocalíptica con buenas intenciones pero flojos resultados
El nuevo film de Ridley Scott cuenta con los protagónicos de Jacob Elordi, Margaret Qualley, Josh Brolin y Guy Pearce
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La guerra de los últimos (The Dog Stars, Estados Unidos/2026). Dirección: Ridley Scott. Guion: Mark L. Smith, Christopher Wilkinson, Peter Heller. Fotografía: Erik Messerschmidt. Edición: Sam Restivo, Claire Simpson. Elenco: Jacob Elordi, Margaret Qualley, Josh Brolin, Guy Pearce, Allison Janney, Benedict Wong, James Craze, Sai Bennett. Calificación: Restringida para menores de 17 años. Distribuidora: Disney. Duración: 118 minutos. Nuestra opinión: regular.
La nueva película de Ridley Scott retoma las narrativas distópicas pero desde otra óptica. La pregunta no es sobre cómo afrontaremos el desastre de una epidemia -la lucha contra la amenaza, la pugna por la supervivencia-, sino qué tipo de sobrevivientes han resultado de esa catástrofe, ante una clara expectativa de refundación de la vida humana en comunidad.
A la luz de nuestros días, el espejo que propone esta adaptación de la novela de Peter Heller no dista demasiado de un presente inminente -el relato está ambientado apenas diez años en nuestro futuro, en 2035-, y la fabulación puede pensarse como una advertencia a la humanidad ante sus dilemas, teniendo en mente a los hombres y mujeres comunes antes que a las dirigencias globales.
La historia es así: un virus dejó el mundo destruido y, en las cercanías de la ciudad de Denver, Hig (Jacob Elordi) deambula por sus restos junto con su perro Jasper. Como mecánico y piloto, ha logrado preservar una avioneta desvencijada que le permite desplazarse en las alturas, recoger provisiones de una urbe todavía humeante, y regresar a un hangar en las afueras convertido en un improvisado búnker. Para Hig la rutina se reduce a la compañía de Jasper y la de las estrellas, ante cuyo espectáculo evoca los días felices con su esposa, esa vida que sabe que ya no volverá. “No hay nada allá afuera”, le recuerda su compañero Bangley (Josh Brolin), cómodo con esa vida de sospecha y vigía ante las amenazas de bandas de saqueadores y tribus linchadoras que pululan en una tierra sin ley.

El mapa es claro. Frente a la anomia, hay gente como Hig que cree en la bondad del hombre, en la capacidad de refundar una vida conjunta, aún con sus heridas y desengaños. Y hay gente como Bangley, que desconfía de cualquier visitante, disparando en las cabecitas de los recién llegados como si estuviera en un videojuego. “Estabas preparado para esta vida mucho antes del virus”, le recuerda Hig a su contraparte. Frente a ellos están las hordas salvajes que saquean todo a su paso, sin rostro ni discurso, apenas un grito de guerra y muerte. El dibujo que los trasciende puede ser el del Viejo Oeste, dividido entre los pioneros resistentes a la vida dura y desconfiados de las alianzas con otras comunidades y los aventureros utópicos de ese sueño americano que todavía alimentaba ilusiones. Por supuesto, los otros eran los indios, apenas una pluma y flecha.
Con la medida de ese esquematismo, Scott no logra trascender la previsibilidad y salir de la encerrona. Cada paso que ensaya hacia el afuera, introduciendo personajes y universos representados -es bueno el momento satírico en Grand Junction, lástima que dure poco-, no se aleja de la metáfora, sino que se afirma en ella. Es claro que los que discuten son siempre los que tienen voz, y la discusión posible es si hay algo que buscar más allá de la trinchera protectora o si lo mejor es quedarse con un ojo abierto matando a los enemigos. Aún en esa falsa dicotomía entre el héroe bello y atormentado, de tono amable y vocación solidaria, y el militar gruñón y temerario, reducido a instintos y prejuicios, la conciencia de la película apuesta a ser la correcta: lo que importa es, en definitiva, entre quienes se dirime el nuevo mundo y quienes quedan afuera.
Scott ha logrado entender a la ciencia ficción como barómetro de los dilemas humanos -con demudado horror en Alien, con precisa autoconciencia en Misión rescate-, pero aquí se siente tentado de sentar una posición concreta sobre el presente global, basada en dicotomías maniqueas antes que en reflexiones honestas. Y todo su andamiaje es deudor de ello, un cuento de hadas bienpensante con mejores intenciones que resultados.
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