
La vuelta de Frank Castorf
Traerá "Endstation Amerika", versión de "Un tranvía llamado Deseo"
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Entre los directores invitados a participar del V Festival de Buenos Aires el alemán Frank Castorf es, sin duda, uno de los más destacados. Ya estuvo en 2001, en la 3a. edición del festival, y entonces habló sobre algunas de sus puestas, entre ellas, "Endstation Amerika" ("Estación final América"), una versión de "Un tranvía llamado Deseo", de Tennessee Williams, cuyo estreno está previsto para el jueves en el Teatro San Martín.
Castorf, nacido en Berlín Oriental en 1951, es un hombre muy polémico. Observa el mundo contemporáneo con una mirada profunda y singularmente crítica. Por hacer un teatro político que ignoraba al oficialismo durante la República Democrática Alemana fue desterrado de Berlín y debió trabajar durante años sólo en la provincia. Sólo en 1986 regresó a los grandes teatros. Dirigió primero el Deutsches Theatre y en 1992 se hizo cargo de la Volksbühne (teatro popular).
"Después de la caída del Muro -recuerda el director- un grupo de intelectuales y artistas que asesoraban al Senado me propuso como director para este teatro en el este de Berlín. La idea era que jóvenes germanorientales generáramos un teatro propio, en medio de la turbulencia posrreunificación. Cuando asumimos pensamos que íbamos a durar medio año y nos lanzamos a hacer lo que realmente creíamos. Al poco tiempo vino el éxito."
-¿Qué diferencias encuentra entre dirigir obras de teatro y dirigir un teatro?
-En Alemania hay dos tradiciones: la de los gerentes artísticos, que suelen haber sido dramaturgos, con grandes nombres como Marx Reinhardt, Erwin Piscator o Benno Besson, y la de los artistas que dirigen una institución. En esta sociedad cada vez más subordinada al exitismo y la eficiencia, me parece muy favorable que una institución sea dirigida por alguien que venga de la producción artística, de ese ámbito que como ya decía Schiller en su época, se caracteriza por no subordinarse a fines prácticos. Me parece muy importante que se produzca no en aras del éxito, sino del placer y de la posibilidad de generar hechos significativos.
-En su producción se destacan adaptaciones de textos narrativos y teatrales. Adaptar parecería una necesidad de reconstruir siguiendo parámetros contemporáneos.
-El momento actual es difícil para todo aquél que observe el mundo en términos políticos. Uno ve la injusticia y la falta de libertad que se da aún cuando se supone que la democracia genera libertad -simplemente porque el ejercicio de los derechos depende de que uno esté en condiciones materiales de ejercerlos-. También se vuelve cada vez más difícil analizar la situación en términos históricos, como lo que buscaba Bertolt Brecht con su teatro. Y en términos políticos es cada vez más complejo formular estrategias. Por eso, en estos momentos lo político puede consistir en poner bajo la lupa al individualismo, sus relaciones, sus momentos de placer y sus sufrimientos, porque allí hay un reflejo de la sociedad.
-¿Que temas y personajes le interesan hoy llevar al teatro?
-En Dostoievski, en sus situaciones y personajes encuentro, una y otra vez, una complejidad a la altura de la del mundo. Esas novelas que son como torrentes desordenados tienen la gran fuerza de lo trascendente, de un interés por la metafísica. Pienso que necesitamos algo fuera de nosotros (no una religión en el sentido confesional), sino una reflexión y una apertura hacia lo que puede ser ejercer la solidaridad en el contexto propio de cada uno. También me atraen autores como O´Neill o Tennessee Williams o incluso las miniaturas de Christian Andersen, porque dan cuenta de un nihilismo, de una duda fundamental que es muy necesaria ante la autocomplacencia de los que están en el poder. También me interesan los personajes al borde de la psicopatología, quebrados, transgresores, en proceso de cambio.
-Blanche DuBois, la protagonista de "Un tranvía llamado Deseo" parece un personaje ideal para sus intereses. ¿Cuál es su mirada sobre ella?
-Tennessee Williams, en los años 50, era un outsider: alguien que enfrentó a MacCarthy, homosexual, drogadicto, un precursor del movimiento beatnik. En la vida real era aquello que encarna Blanche en la obra. Ella se anima a hacer cosas condenadas por la sociedad puritana. En la obra, Williams reflexiona acerca de si los diferentes, los marginales, tienen derecho a un lugar en el mundo, a una vida plena, y con una dimensión polémica y autobiográfica la respuesta que da el autor es negativa: Blanche termina en el manicomio. La sociedad dicta su condena: hay que destruir a la gente que se sale de los límites de lo comprensible. Ese fascismo cotidiano, tan difundido también en los Estados Unidos, que destruye o mutila a la gente es un fenómeno muy común en las sociedades contemporáneas, ya que la pequeña burguesía tiende a atacar lo que no comprende.
-"Un tranvía llamado Deseo" expresa conductas en el marco de una posguerra norteamericana. ¿Qué reflexión le merece esa historia, esos personajes, en una realidad como la actual?
-"Endstation Amerika" significa una reflexión sobre la autocomplacencia del capitalismo globalizado. Ese capitalismo representado por Bush ha alcanzado su punto culminante, y tal vez de no retorno: cómo superarlo si Irak, que debería llevar el capitalismo a su triunfo máximo por vía de la tecnología, deviene en trauma. Es una ilusión pensar que ese capitalismo basado en un puritanismo fanatizado pueda mantener ningún orden. Por eso Norteamérica es la estación final. Y al mismo tiempo, la obra habla de Alemania oriental, de París, de Gdansk.
-Como si fueran seres en tránsito.
-Están en estado de migración: de Gdansk a París y a los Estados Unidos. Esta obra habla mucho de Europa y del Este y de la RDA, de donde provienen muchos de los integrantes de la compañía. Y también del mundo de Tennessee Williams, en donde la gente ya no sale a las calles a cambiar el mundo, sino que se retira a sus casa. El efecto Strindberg: todo lo que antes se debatía en público ahora transcurre a puertas cerradas. Esa impotencia que surge por la imposibilidad de practicar la solidaridad, de cambiar activamente el mundo, se llama depresión: ese fenómeno que el individuo no logra nombrar cuando cree que está solo ante su fracaso y no ve el papel que juega la sociedad en su situación.





