
Los 90 años de Alberto Lattuada
Una enfermedad le impidió participar
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ROMA (ANSA).- Alberto Lattuada, uno de los grandes directores del cine italiano de la segunda mitad del siglo XX, cumplió ayer 90 años y fue homenajeado en diferentes organismos estatales.
Lattuada no asistió al homenaje, ya que desde hace cinco años padece una grave enfermedad que lo mantiene recluido en su casa del barrio romano de Parioli, cuidado por su esposa Carla Del Poggio y sus hijos Alessandro y Francesco.
Hijo del compositor Felice Lattuada (1882-1962), autor de la mayoría de las bandas musicales de las películas de su hijo, Alberto Lattuada nació el 13 de noviembre de 1914 y, tras recibirse de arquitecto, debutó en el cine en 1933 como escenógrafo del corto "Cuore rivelatore", sobre el cuento de Edgar Allan Poe, con la dirección de Alberto Mondadori. Fue asistente de Mario Baffico en "Le danze delle lancette" (escrito por Cesare Zavattini en 1936); colaboró en 1941 en los guiones de "Piccolo mondo antico", de Mario Soldati, y "Sissignora", de Ferdinando Maria Poggioli.
Esa tarea se inscribe en el ámbito del cine "caligráfico", que haciendo abstracción de la guerra y del fascismo se refugia en la literatura. En 1943 debutó como director con "Giacomo l´idealista" y "La freccia nel fianco". Con el fin de la guerra, Lattuada se pasa enteramente al neorrealismo, sin renunciar a sus veleidades literarias, con "Il bandito" (1946, con Anna Magnani); "Il delitto di Giovanni Episcopo" (1947), "Senza pietà" y "Il mulino del Po" (1948), estos últimos, escritos en colaboración con Federico Fellini.
Con "Anna" (1951), Lattuada se dedica a lo que mejor sabe: admirar el cuerpo de una mujer hermosa, en este caso una espléndida Silvana Mangano. En 1952 dirige su film más famoso, "Il cappotto", sobre el cuento de Nicolás Gogol. En 1953 inaugura su serie de películas centradas en poderosas figuras femeninas, "La lupa" y "La spiaggia", o en figuras más juveniles, como Jacqueline Sassard en "Guendalina" (1957) o Catherine Spaak en "I dolci inganni" (1960).
Su tendencia literaria con predilección por las obras rusas continúa con "La tempesta" (1958, sobre Pushkin), "La steppa" (1962, sobre Chejov) y "Cuore di cane" (1975, sobre Bulgakov). En sus últimos años optó por el grotesco con "La mandragola" (1965), "Don Giovanni in Sicilia" (1966), "Venga a prendere il caffè... da noi" (1970), "Le farò da padre" (1974) y "Oh, Serafina!" (1976), y toma la vía sentimental en el postrer "Una spina nel cuore" (1985).
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