Murió Robert Duvall, un actor magnético que tuvo una especial conexión con la Argentina
El actor de 95 años falleció el domingo en su hogar, así lo confirmó su mujer, la salteña Luciana Pedraza
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Para mezclarse entre la gente y pasar inadvertido, Robert Duvall empleaba un método parecido al que aplicó durante toda su larga y fecunda vida artística: meterse tan a fondo en el personaje que le tocaba interpretar hasta fundirse del todo con él y desaparecer por completo. Lo que más le interesaba es que dejaran de prestarle atención a su inconfundible rostro de actor famoso. No le gustaba que lo reconocieran en las reuniones sociales solo para agradecerle con gestos y frases de admiración todo lo que hizo en el cine.
Unos cuantos interlocutores, varios de ellos muy renombrados, pudieron comprobarlo en alguna de las múltiples visitas (fueron más de 40) que Duvall hizo a la Argentina, a la que llegó a considerar como su segundo hogar gracias a su amor incondicional por el tango y por la salteña Luciana Pedraza, la elegantísima mujer que estuvo a su lado durante los últimos 30 años y quien también confirmó la muerte del actor ocurrida ayer. La diferencia de edad (él le llevaba 41 años) no fue obstáculo. Se casaron en 2004 y vivían juntos en la propiedad rural que el actor estadounidense poseía en Virginia, bien lejos del ruido de Hollywood.
Se conocieron en 1996 cuando Duvall filmaba en Buenos Aires el telefilm La casa de la calle Garibaldi sobre el caso Eichmann. Pedraza manejaba por entonces una empresa de promociones, catering y eventos, y se encontró por primera vez con el actor en una panadería cercana al Hotel Plaza, en Retiro. “Unos amigos de ella me reconocieron, nos pusimos a hablar y Luciana me invitó a la inauguración del local del tango de una amiga”, contó años después Duvall, que ya tenía por entonces un interés mayúsculo en nuestra música ciudadana.
“En el tango nunca vas a encontrar alguien que te diga: ¡Estoy tan orgulloso de vos, qué bien lo hacés!”, decía en 2003 Pedraza a LA NACION, con Duvall asintiendo a su lado. Hablaban del mundo que más le gustaba a Duvall, el de las milongas. Allí se mezclaba con los auténticos tangueros porteños y se transformaba en uno de ellos. Allí nadie le pedía autógrafos o le preguntaba sobre su vida en Hollywood.
La indiferencia del actor hacia el costado más pintoresquista o turístico de nuestra música ciudadana y las coreografías acrobáticas se fue haciendo más notoria en cada nueva visita. “Lo único que le importaba cuando grabábamos era saber a qué hora terminaba para irse a la milonga. He ido a las milongas con él. Era muy amigo de todos los tangueros, que lo respetaban porque bailaba como uno más”, recordó hace algunos años Luis Puenzo, que lo dirigió en La peste.
Así como ocurrió entre nosotros con el mundo del tango, Duvall se ganó en todo el mundo el respeto definitivo del gran universo del cine, que admiró en él sobre todo sus dotes de actor versátil, intuitivo, magnético, seguro, con dominio pleno de cualquier situación. Por sobre cualquiera de estas virtudes, Duvall fue un intérprete a la vez profundo y transparente en su expresión. Actuar para él era la cosa más natural del mundo y por eso prefería moverse completamente a su aire frente a la cámara, con la improvisación como guía de todos sus movimientos.
Toda esa conducta lo convirtió en un personaje atípico, distinto a todos los demás. “Hice películas grandes, películas comerciales, películas chicas… Pero yo no soy ni un producto de Hollywood ni un producto del cine independiente. Tengo mi propia filosofía. Voy por el camino del medio. De esos dos extremos yo tomo lo que me conviene. Es mejor tener la libertad de poder cambiar y elegir lo que es bueno en cada momento”, señaló una vez.
Esa manera completamente espontánea de interpretar a sus personajes, bien distinta a la mayoría de sus colegas de Hollywood, surge naturalmente en cada una de sus apariciones en el cine, sea grande o pequeña, antigua o reciente. Podía coronarse con un Oscar al Mejor actor protagónico, como ocurrió en 1983 con El precio de la felicidad, película en la que interpreta a un cantante country alcohólico en busca de redención. O quedar a la vista en papeles minúsculos pero siempre decisivo como el de Garra, junto a Adam Sandler, una de sus últimas apariciones. De todas ellas, la que recordaremos por encima de todas las demás es aquella en la que pronuncia la frase más famosa de toda su carrera en el cine, “Me encanta el olor del napalm por la mañana”, dicha por el inolvidable coronel Kilgore en Apocalipsis Now, de Francis Ford Coppola.

Duvall compartió con Coppola una larguísima amistad que pasó también por varios enojos. El más fuerte ocurrió en los años 90, cuando el director estaba por hacer El padrino III y descartó el regreso de Tom Hagen, el consigliere de la familia Corleone, otro de los grandes personajes de Duvall en el cine. Al parecer, el dinero que pidió el actor era excesivo para Coppola, que lo convocó por primera vez en 1969 para un papel secundario clave de The Rain People, una de sus primeras películas. Después de El padrino y antes de Apocalipsis Now hizo una pequeña aparición en La conversación y siempre estuvo en los dos la idea de volver a trabajar juntos. Hasta llegaron a coincidir alguna vez en Buenos Aires y queda el registro de alguna cena compartida en Puerto Madero.
Duvall siempre admiró a algunos realizadores estadounidenses de espíritu independiente con los que trabajó como Coppola, Sidney Lumet y Robert Altman. También disfrutaba mucho de lo que llamaba “cine neoyorquino”, que veía como una suerte de estilo con identidad propia representada desde distintas miradas en las películas de Woody Allen y Martin Scorsese. Pero siempre prefirió a directores de otros países: Ken Loach, Lasse Hallström, Emir Kusturica y Nikita Mijalkov, por ejemplo, y fue un gran admirador del cine iraní. “Tiene fuerza, magnetismo y una enorme austeridad. Me recuerda a los grandes clásicos”, afirmó. También habló muy bien en su momento de El hijo de la novia. “Ese director lo hizo mejor que Billy Wilder”, llegó a decir de Juan José Campanella.
Llevó muchas de esas observaciones a su propio trabajo como director, tan atípico en sus resultados como el “método” que tenía para actuar. Después de su ópera prima, Angelo, My Love, una mirada sobre la comunidad gitana, tardó 15 años en gestar la excelente El apóstol (1997), retrato de un fervoroso predicador pentecostal de Texas, papel que también interpreta y le dio una de sus siete nominaciones al Oscar. En 2002 dirigió en la Argentina Assasination Tango, una película completamente incomprendida, y asumió el personaje central, un matón a sueldo llegado a Buenos Aires desde Brooklyn para matar a un general retirado. La demora en cumplir esa misión lo lleva a interesarse por los secretos del tango.
En el lejano origen de esta película, uno de los proyectos más personales de toda su carrera, aparece el primer contacto con el tango. A Duvall siempre le llamaron la atención en los Estados Unidos esos espacios de encuentro social en los que se bailan distintos ritmos. Ese interés lo llevó un día a ver Tango Argentino, el exitoso espectáculo creado por Claudio Segovia y Héctor Orezzoli que recorrió el mundo y llegó por primera vez a Broadway en 1985.
“Fue un amor a primera vista. El tango es un sentimiento indefinible, misterioso y abstracto. Francis Ford Coppola estaba entre el público esa noche y más tarde me sugirió la idea que se convirtió después en Assasination Tango. La había dejado guardada en un cajón durante muchos años”, dijo años después. En 2002, Duvall filmó la película en la Argentina e hizo debutar como actriz allí a Pedraza, la mujer con la que llevaba seis años conviviendo y que confesó, sonrojada, que fue el propio actor quien le enseñó a bailar el tango.
Con el tiempo se hizo amigo de grandes figuras de ese mundo. Aprendió a la perfección los movimientos en la pista del tango “más informal y milonguero, para nada sofisticado”, según sus propias palabras. Tuvo como maestro de baile nada menos que al legendario Virulazo (Jorge Martín Orcaizaguirre), gran figura de Tango Argentino. Admiraba a Gardel y las orquestas de Francisco Canaro, Carlos Di Sarli y Aníbal Troilo eran sus preferidas. Llegó a ser nombrado Académico Honoris Causa por la Academia Nacional del Tango y aceptó por un tiempo presidir una entidad del mismo nombre que se creó en los Estados Unidos, a instancias de la embajada argentina, para la difusión de la música que más disfrutaba.

Su primera contribución a una película argentina se produjo casi por azar, según recuerda el crítico e investigador Diego Curubeto en el libro Babilonia gaucha ataca de nuevo, cuando el director argentino Jorge Zanada preparaba un documental sobre el tango danzado y vio una noche a Duvall “bailando milongas en los últimos reductos de tangueros de pura cepa, para nada turísticos”. Ese momento quedó plasmado en la película Tango Bayle Nuestro, de 1987.
La idea bastante tradicional que Duvall tiene del tango (a partir de la danza) aparece en el testimonio que brinda en ese libro publicado en 1998: “Para aprender de verdad hay que venir acá. Ahora ustedes lo están bailando demasiado coreografiado, están perdiendo la improvisación que caracterizaba antes a la milonga y que es algo que sus padres o sus abuelos muestran cuando bailan un tango en una fiesta”.
Sus primeros pasos
Robert Selden Duvall había nacido el 5 de enero de 1931 en San Diego, hijo de un almirante y de una actriz vocacional. Después de prestar servicio militar durante dos años en Corea se mudó a Nueva York y comenzó a estudiar drama en la compañía The Neighborhood Playhouse School of the Theatre. Allí tuvo como compañero estelar a Dustin Hoffman, con quien llegó durante un tiempo a compartir departamento. A diferencia de la mayoría de sus colegas pasó de las tablas primero a la TV y luego al cine con un muy elogiado debut en 1962 como el silencioso vecino con problemas mentales de Gregory Peck en Matar a un ruiseñor. Su extraordinaria carrera en el cine se extiende a lo largo de seis décadas, más de 140 papeles y un catálogo notable de grandes personajes. De los protagónicos, además del cantante que lo llevó a ganar el Oscar como Mejor actor en 1983 y el predicador que encarna en El apóstol, sobresale el militar de pose agresiva de El don del coraje (The Great Santini), que le dio otra nominación al premio en 1981.
Ya había obtenido sendas candidaturas a Mejor actor de reparto por sus grandes apariciones a las órdenes de Coppola como el consigliere de El padrino (1973) y el coronel Kilgore de Apocalipsis Now (1980). Las dos últimas nominaciones, en esa misma categoría, le llegarían en 1998 por Una acción civil y en 2014 por El juez, seguramente su última gran aparición en la pantalla grande junto a Robert Downey Jr.
Duvall es uno de los grandes herederos de un estilo interpretativo que se identifica en buena medida con ilustres estrellas del pasado como Spencer Tracy y Marlon Brando, y también con uno de sus grandes colegas contemporáneos, Gene Hackman, que además estuvo cerca de Duvall en aquellas andanzas teatrales neoyorquinas casi bohemias de fines de los años 50 y principios de la década siguiente. Curiosamente, le tocó a Duvall interpretar en Ruge el odio (1973) a un detective basado en el mismo personaje que Hackman llevaría hasta el triunfo en el Oscar ese mismo año por Contacto en Francia.
Varias apariciones en destacados thrillers (La jauría humana, Bullitt, El detective, La fuga increíble) y westerns (Temple de acero, Yo soy la ley, Joe Kidd) afianzarían su carrera hasta su encuentro con Coppola. Más tarde le tocaría volver al policial con papeles muy parecidos de policía veterano en Vigilantes de la calle y Un día de furia, y se luciría en un par de entretenimientos muy taquilleros como Días de trueno (junto a Tom Cruise), 60 segundos (con Nicolas Cage) e Impacto profundo.
También volvería en gran forma al western en la magistral Pacto de justicia, de Kevin Costner, y en la premiada serie Lonesome Dove. Su última película como director en 2015 se conecta con esa temática, aunque en tiempos actuales. En Caballos salvajes (nunca estrenada en los cines argentinos y disponible en HBO Max) regresó a uno de sus clásicos papeles, el del tipo duro, curtido por la vida, que prefiere actuar en vez de hablar y que se mueve siempre de manera imprevisible, llevado todo el tiempo por pura intuición. Así le gustaba actuar.

La película se conecta al mismo tiempo con la vida real porque en su rancho de Virginia Duvall se dedicaba en los ratos libres a la crianza y el cuidado de ejemplares de varias razas equinas. En ese lugar encontró junto a su esposa argentina el definitivo lugar en el mundo y una estabilidad afectiva que no había conseguido en tres matrimonios previos que terminaron en sendos divorcios. Nunca tuvo hijos.
Cuando llegó a su novena década de vida sin intención alguna de abandonar la actuación y le preguntaron qué era lo que más disfrutaba respondió: “No sé si hay algo que me guste de llegar a esta edad, pero de lo que más disfruto es el día a día con mi maravillosa esposa. Ella me cuida, tengo buenos amigos y trato de hacer ejercicio y mantenerme en forma”, dijo mientras preparaba nuevas apariciones en el cine y nunca dejaba de practicar el tango.
Esa pasión se manifestó de múltiples maneras, hasta en el enojo que el siempre sincero Duvall jamás escondía cuando se topaba en su propio mundo, el del cine, con películas que a su juicio no le hacían honor al tango. Como la Evita de Alan Parker y Madonna. “No pudimos terminar de verla, la tuvimos que apagar –cuenta en Babilonia gaucha-. Alan Parker es un director talentoso, tiene películas que están muy bien. Pero en este caso hizo cualquier cosa, porque Evita es un lío. No tiene nada que ver con la historia, mezcla el rock con algo que podría ser el tango, pero que no creo que pueda ser llamado tango, aunque bailan... Luciana no la pudo aguantar y la verdad es que yo tampoco”.
Nada mejor que estas palabras para retratar a Robert Duvall. Para el mundo, un actor excepcional. Para los porteños, un tanguero de ley.
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