Oliver Laxe: “En muchos aspectos hay más excelencia en la Argentina que en España”
“Hemos hecho una terapia de shock”, adelanta el director de Sirât sobre la provocativa e incómoda película española nominada a dos Oscar y sensación en su país
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No hay términos medios en las reacciones que provoca Sirât, la película española de la que más se habla en el mundo. Esa repercusión empezó con el meritorio Gran Premio del Jurado obtenido en el último Festival de Cannes, siguió con un inusual éxito de público en la taquilla europea para una propuesta de ribetes tan arriesgados, casi extremos (solo en España superó el medio millón de espectadores), y continuará al menos hasta el final de la temporada alta de premios gracias a una notable cosecha de nominaciones
“Nunca creí que una peli mía iba a estar aquí. Si me hubieses hablado hace unos años de una obra mía como candidata al Oscar, te habría contestado directamente que me vendí al diablo. Pero no, pasó todo lo contrario”, le cuenta a LA NACION vía Zoom Oliver Laxe, el director de la película, desde Los Ángeles.
A primera vista, su expresión en pantalla todavía conserva alguna reminiscencia de la sorpresa con la que debe haber recibido por primera vez la noticia de que su película más reciente estaba nominada al Oscar en dos categorías. Ahora, más tranquilo y afirmado en un lugar que apenas ayer veía como un extraño completo, Laxe celebra que su manera poco convencional de hacer cine haya encontrado coincidencias con el veredicto de “una Academia más global, más joven y donde hay más riesgo”.
Desde su aspecto iconoclasta (larguísima cabellera que baja mucho más allá de los hombros, barba, bigote y vestimenta informal), Laxe se asemeja más a uno de los protagonistas de su película más reciente que a un director dedicado en las últimas semanas a presentarla y promocionarla frente a sus potenciales votantes en la búsqueda de los premios más importantes. En eso está mientras conversa con LA NACION muy cerca de Hollywood.

Sirât suma dos nominaciones al Oscar (Mejor película internacional y Mejor sonido), una al Bafta (Mejor película no hablada en inglés) y 11 nominaciones al Goya, entre ellas Mejor película y Mejor guion original. Este último rubro aparece compartido por Laxe y su principal colaborador, el argentino Santiago Fillol.
“Todo esto es algo para celebrar. En estos tiempos de algoritmos y plataformas, la gente agradece gestos irredentos como el nuestro. Te podrá gustar más o menos, pero como gesto artístico creo que la película es muy sólida. Se notan el coraje y el riesgo que hemos tomado”, dice Laxe sobre un relato que en principio no todo tipo de público estaría dispuesto a tolerar.

Sirât: trance en el desierto, título elegido para el estreno en los cines de la Argentina este jueves 29 de enero, es la crónica del verdadero descenso a los infiernos de un padre (el catalán Sergi López, única figura reconocida del elenco) que recorre junto a su hijo adolescente las fiestas electrónicas realizadas en opacos y apartados lugares de la inmensa geografía desértica del norte de África.
El agobiado hombre lleva todo el tiempo una fotografía en la mano. Tiene la imagen de su otra hija, de la que no tiene noticias desde hace un buen tiempo y fue vista por última vez participando de una de esas raves. En la travesía se cruzará con los personajes más extravagantes y experimentará situaciones límite, incómodas y dolorosas, concebidas para espectadores de estómagos fuertes.
Nacido en París de padres españoles hace 43 años y criado en la ciudad gallega de Pontevedra, Laxe dice que Sirât “ha hecho muy buena pedagogía” en España, Francia y todos los países donde se estrenó hasta ahora. “Es una película que nos recuerda que ir al cine es una ceremonia colectiva y necesaria –agrega-. Ha venido sobre todo público joven, que era nuestra intención. Es algo esperanzador, sobre todo porque la gente está cansada de ver siempre lo mismo. ¡Gracias, Netflix, y también gracias a todos los piratas satánicos que hacéis que nos humanicemos más a través de vuestra deshumanización!”.
En primera persona
-Desde Buenos Aires estamos muy atentos a su trabajo con nuestro compatriota Santiago Fillol, que lleva un buen tiempo coescribiendo sus películas. ¿Qué me puede decir de esta alianza?
-Que Fillol es una persona brillante y generosa, un talento que va a explotar ahora. Muchos directores, hasta el propio Pedro Almodóvar, están interesados en él. Va paso a paso, es profesor en Barcelona y yo le estoy infinitamente agradecido porque ha tenido a partir de su talento la sensibilidad de meterse en mi universo. Santiago es una bendición para mí y una persona clave en mi obra. Los dos estamos con ganas de que acabe todo esto para ponernos a escribir de nuevo.
-¿Tienen otro proyecto conjunto en la cabeza?
-Queríamos empezarlo, pero todavía estamos metidos en Sirât. Tenemos muchas ganas de seguir con otra cosa, ya lo haremos.

-¿Cómo definiría Sirât con sus palabras? A primera vista es muchas cosas: una road movie, una historia que se asoma a la cultura rave, un relato sobre los vínculos entre padres e hijos...
-Y también una película sobre el fin del mundo, pero sobre todo yo creo que es una ceremonia. Un ritual de paso. Una invitación a morir que le hago al espectador. Yo mismo he muerto haciendo esta película. Santiago Fillol también. Hay que aprender a morir, hay que morir en vida. Es una película muy dura, pero que al mismo tiempo te revivifica. Hay una compatriota vuestra que ha escrito un artículo muy lindo sobre la película, Leila Guerriero.
-La autora de La llamada, exintegrante de la Redacción de LA NACION.
-En una columna publicada en El País, Leila dice que la película se conecta contigo a través de cierto dolor o cierta muerte. Como si el misterio del universo y de la existencia tuvieran directamente que ver con eso. Una herida o la muerte misma te conectan más a la vida.

-Hay un elemento sensorial muy poderoso en la película. Usted nos lleva a ese mundo en medio de la búsqueda que hace un padre de su hija perdida.
-Yo creo en el arte como una mezcla entre luz y sombra, entre la necesidad de evocar y de decir algo. Y al arte le falta mucha sombra hoy en día, ¿no? Y justamente la imagen y el cine poseen esa dimensión sensorial tan polisémica, trascendental, esotérica. El vínculo entre la imagen y el cuerpo humano es un misterio de una complejidad enorme. Y en el fondo me siento un autor que quiere evocar esa trascendencia. Quiero que el espectador tenga una experiencia trascendental y de transformación, y nada mejor que el cine para lograrlo.
-¿Cree haberlo logrado?
-En Sirât hemos hecho un poco de terapia de shock. Ustedes, los argentinos, sabéis mucho de psicoanálisis. Y también de cómo a veces la terapia de choque permite suspender el nivel de conciencia más racional para que otros niveles de percepción más profundos puedan emerger. Yo estoy más cerca de la psicoterapia Gestalt que del psicoanálisis, pero la película en el fondo es bruja, está habitada. Algunas imágenes hacen que el espectador muera viéndola y eso me parece muy sano.
-¿Usted imaginó desde el vamos que la trama iba a transcurrir en el norte de África? ¿La escribió pensando en los escenarios de Marruecos en donde ocurre todo?
-Yo he vivido 10 años en Marruecos. Podría haberla hecho en otro sitio, pero Marruecos no es un mero decorado. Esta película dialoga mucho con el Islam y con el sufismo. Y todas las religiones y prácticas espirituales del mundo también hablan de la necesidad de aprender a morir con dignidad. Hay una frase en árabe que escuché al llegar a Marruecos y que la gente pronuncia cuando alguien o algo (un cultivo, por ejemplo) mueren: “De Dios venimos y a Dios volvemos”. Yo al principio no lo entendía, pero empecé a sentir la aceptación, el desapego y, al mismo tiempo, la libertad y la emancipación.
-Una frase reveladora en el más amplio sentido.
-Yo llegué con 23, 24 años a Marruecos. Y todos esos años, así como esta película y el resto de mis trabajos, no fueron otra cosa que el proceso de aprender a morir con dignidad. De hacerme aliado de la muerte, de acogerla. Y también de huir de cierto infantilismo en el que estamos viviendo, sobre todo en Occidente. También podría haber filmado Sirât en la Argentina. En la Patagonia, por ejemplo, o en el desierto del Norte, cerca de Bolivia. Estoy muy cerca de la Argentina, parte de mi familia ha emigrado allí, uno de mis tíos. Hay un juego de espejos muy fuerte entre vuestro país y yo.
-Usted pertenece a una familia gallega y a Buenos Aires la llaman la quinta provincia de Galicia.
-La Argentina es mi casa. Y de allí también viene Santiago Fillol, a quien le debo tanto. Es que ustedes los argentinos sois brillantes. En muchos aspectos hay más excelencia en la Argentina que en España.
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