
Perrone encendió la mecha
Precursor involuntario de todo lo que vino después, confunde incluso a la crítica
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No va al cine. No se sube a un avión ni a palos. Se aburre con los videoclips. Diríase que el 8 es su número cabalístico: empezó a filmar a los 18 años en Súper 8, tiene publicados 8 libros de dibujos y 8 películas estrenadas, la última de las cuales filmó durante 8 sábados a lo largo de varios meses. Es un bonaerense de pura cepa, de la zona oeste, que rehúye de las luces del centro. Es fóbico, pero familiero, y casi sin proponérselo se convirtió en precursor de ritos y formatos que nos llegaron industrializados por otras manos mucho después.
Contando la nada incomoda a todos. La nada entendida como la vida de todos los días, la rutina sin mayores sobresaltos, la cotidianidad más llana, completamente despojada de golpes de efecto y de vueltas de tuerca que distraigan de ese naturalismo elemental en el que se estacionó y que, mal que le pese, lo convirtió de a poco en una insólita celebridad, con culto propio. En espontáneo contraste con una época y una manera de hacer cine donde el despliegue, el efectismo y el marketing son una misma cosa, Raúl Perrone fue ganando adeptos de a uno y sin ningún apuro.
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Por lo general, la historia se vale de sujetos inesperados para producir sus transformaciones más notables. Perrone, sin duda, es uno de ellos: cuando aquí aún no se conocía nada del "Dogma" -el movimiento de cineastas daneses que resolvió deshacerse de la sobrecarga de artificios que deshumanizaron al cine-, ya iba por la vida, cámara de video en mano, retratando situaciones microscópicas, siempre lejos de la tentación grandilocuente. Aun artesanal por necesidad, pero también por vocación y estética, Perrone se instaló en la precariedad formal y de fondo, con una simpleza por momentos exasperante, cuando el país todavía danzaba al compás de los opulentos vientos menemistas y nos creíamos para siempre comensales privilegiados del Primer Mundo. Todavía no había tenido lugar el primer grave cimbronazo económico -el llamado "efecto tequila"- que hizo temblar a México, cuando Perrone empezaba a transitar un cine que entonces, y revisado a la luz de hoy, puede parecer de anticipación: sin ideología ni esnobismo oportunista, su cámara se posaba sobre temáticas y personajes magros y por lo tanto antagónicos con la convertibilidad que aún derramaba sus momentáneos y artificiales beneficios. Faltaban dos años para que "Pizza, birra, faso" -la película de Israel Adrián Caetano, según los entendidos, título fundacional del llamado "nuevo cine argentino"- abriera esa brecha de manera más formal y reconocible.
Perrone, que venía haciendo libros de dibujos de músicos populares en los `80, comenzaba a convocarlos como invitados de sus modestas obras audiovisuales. Faltaba más de un año para que Adrián Suar industrializara el recurso en sus exitosas tiras y miniseries, y desde Pol-ka, como reguero de pólvora, la costumbre se expandiera a otros programas.
Para no incrementar su escaso presupuesto, Perrone echaba mano de parientes, vecinos y amigos para trabajar en sus videofilms, muchas veces haciendo de ellos mismos, recreando situaciones de la realidad y olvidándose de que su cámara los registraba. Faltaba más de un lustro para que la TV argentina impusiera a la audiencia por un rato el ampuloso formato del reality show, con personas anónimas llevadas abruptamente a la categoría de personajes para hacer de ellas mismas en convivencias forzadas. Y el uso del video como principal y única herramienta audiovisual que adoptó este hijo dilecto de Ituzaingó, que hace diez años sólo parecía reservado para las grabaciones familiares, el cine amateur y el videoarte, hoy digitalizado y provisto de notables mejoras técnicas, ya no genera reticencias, ni siquiera en grandes creadores internacionales, que lo prefieren por su mayor versatilidad.
Ni Perrone se propuso ser precursor de tantas cosas y, probablemente, algunas de ellas, que sin querer hizo detonar, habrían sucedido de todos modos, sin su participación previa porque los procesos históricos y creativos se dan, si no es por una excusa, por otra.
El jueves pasado, la última obra de Perrone, "La mecha", accedió por primera vez a una ampliación en 35 milímetros y al estreno comercial en cuatro salas capitalinas. Eso no es todo: cuando la película ya estaba terminada, Pablo Trapero -nombre emblemático, si los hay, del joven cine local- se asoció como productor de "La mecha".
Ya se verá qué implica esto de aquí en adelante, pero en los proyectos inmediatos que Perrone tiene en carpeta se advierte una mayor intencionalidad que en sus trabajos anteriores. Así, en "Pajaritos" contará la decadencia de una pareja integrada por un alcohólico que vive de un plan social y una "manzanera", en tanto que en "Los pibes" narrará la historia de "Romanita", un cuidador de autos en los alrededores de una bailanta cordobesa.
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Es lógico que si el realizador de "Graciadió" (por cierto, seis años anterior al "hit" musical de "Soy gitano") no ve al cine como un espacio de entretenimiento, "La mecha" pueda ser muchas cosas, menos una película divertida, y que está especialmente contraindicada para aquellos que no se conciben como espectadores plenos si enfrente no les estalla la pantalla con el vértigo de "Matrix" en cualquiera de sus tres versiones.
Curiosidad: ¿por qué una película tan declaradamente sencilla y lineal como "La mecha" puede despertar tal diversidad de opiniones por parte de la crítica especializada, que fluctuó entre regular y muy buena? Quizás esto también tenga que ver con esa naturaleza outsider de su director: se insolenta demasiado seguido con los "tótems" intocables de cierta crítica festivalera que se irrita fácilmente con quienes osan apartarse medio milímetro de sus dogmas talibanes. Por otro lado, y como más allá incluso de su voluntad, Perrone abrió brechas que capitalizó el "nuevo cine argentino" -que la citada vertiente crítica suele acunar tan amorosamente-, los críticos tradicionales le desconfían y se aburren con sus historias de leve significación a la vista, tras las cuales, según la imaginación de cada cual, pueden esconderse, o no, metáforas de diversos calibres.
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Podría suponerse que el estreno de "La mecha", escoltado por dos tremendos gigantes como "Kill Bill", la fábula violenta y lujosamente arropada de Quentin Tarantino, y "Río místico", el envolvente drama de Clint Eastwood, podría restarle chances.
Habrá que ver si los exhibidores la apoyan sin retacearle funciones ni tapando sus pocos pósteres publicitarios con otros pretendidamente más rentables. Con respecto al público, nunca se sabe, y si no, que lo diga la película coreana "Camino a casa", una de las sorpresas de la temporada, que sigue firme en cartel por quinta semana consecutiva, con una historia donde, sólo aparentemente, pasa muy poco.
Odisea modesta
"La mecha" narra las vicisitudes de don Galván -un jubilado de 85 años, en la vida real, suegro del director (¿acaso, como dirían los "cinéfilos", su "actor fetiche"?)- en busca de una mecha para su calentador por Morón y Castelar.
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