
Política y emoción en el film del italiano Daniele Luchetti
Mi hermano es hijo único reproduce las fracturas de la realidad política de su país en un tono casi siempre ligero, con personajes entrañables y pinceladas humorísticas
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Mi hermano es hijo único (Mio frattelo è figlio unico, Italia./2007, color; hablada en italiano). Dirección: Daniele Luchetti. Con Elio Germano, Riccardo Scamarcio, Diane Fleri, Alba Rohrwacher, Angela Finocchiaro, Vittorio Emanuele Propizio. Guión: Sandro Petraglia y Stefano Rulli, sobre la novela Il fasciocomunista, de Antonio Pennacchi. Fotografía: Claudio Collepiccolo. Música: Franco Piersanti. Edición: Mirco Garrone. Presentada por Alfa. 103 minutos. Sólo apta para mayores de 13 años.
Nuestra opinión: muy buena
Es italiana, italianísima, esta capacidad para percibir los ecos de la historia grande en los pequeños trazos de una ficción íntima y menuda -los encuentros y desencuentros de dos hermanos nacidos en la posguerra y crecidos en los años 60 y 70-; lo es también la naturalidad con que lo cómico, lo emotivo y lo dramático coexisten y se relacionan fluidamente sin que el relato padezca quiebres ni amenace con perder el rumbo. Mi hermano es hijo único (ingenioso título tomado de una obra del cantautor calabrés Rino Gaetano) no sólo marca la feliz recuperación de Daniele Luchetti tras una etapa colmada de altibajos: también puede verse como un síntoma más del incipiente renacimiento del cine italiano.
En un tono casi siempre ligero, el retrato familiar, con sus personajes entrañables y sus pinceladas humorístico-burlescas que remiten a Amarcord , reproduce las contradicciones y las fracturas de la realidad política. Aun en la muy provinciana de Latina, una de las ciudades con las Mussolini concretó sus afanes urbanísticos.
Hijos de una familia obrera, todo -salvo el cariño mutuo que se profesan y suelen manifestar a golpes- separa a Accio, un "puro" que se toma todo demasiado en serio y lo lleva al extremo, de su hermano mayor, el bello Manrico, ante quien se siente postergado en el cariño de los padres. Mientras el menor, cuestionador irreductible, deambula en busca de un cauce para su deseo de cambiar el mundo (primero el sacerdocio, después el fascismo), Manrico milita en el bando opuesto, asume la lucha sindical y no renuncia a su condición de Don Juan ni siquiera cuando conoce a Francesca, de la que, por supuesto, también Accio se enamorará.
El film -una historia que desborda autenticidad y constituye un relato de formación al mismo tiempo que una lectura inteligente (y nada nostálgica) de una etapa crucial de la vida italiana- enlaza hábilmente varios planos: la difícil relación fraterna, el aprendizaje del amor, los cambios sociales y los conflictos de Accio en su relación con la política, hasta desembocar en los años setenta, con los episodios de violencia que traerán la tragedia.
Luchetti ilumina con su humor aun los momentos más sombríos y compromete el ánimo del espectador con su acercamiento comprensivo a personajes dibujados con trazo preciso. En medio de un elenco excepcional, Elio Romano (Accio en la edad adulta) es el motor que contagia su energía y su verdad al film todo, y Angela Finocchiaro, la madre que en pocas escenas y a fuerza de autenticidad y vigor dramático hace del suyo un personaje inolvidable.
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