
Sí, cambio: una mirada aguda entre el humor y una reflexión sobre nuestro tiempo
La ópera prima del argentino Juan Morgenfeld, que formó parte de la última edición del Bafici, se presenta como una comedia modesta y sensible
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Sí, cambio (Argentina/2026). Guion y dirección: Juan Morgenfeld. Fotografía: Gonzalo Zilberman y Joaquín Marracini. Edición: Lucio Giménez. Elenco: Tamara Leschner, María Villar, Horacio Marassi, Fabián Arenillas, Inés Urdinez. Calificación: No disponible. Distribuidora: Kligger. Duración: 87 minutos. Nuestra opinión: buena.
“¿Me copia, Santonja?”, repite una y otra vez un pequeño intercomunicador que acompaña a Carla (Tamara Leschner) en sus largas horas de trabajo. A veces estacionada en doble fila, otras apenas desplazada de la entrada de un edificio en el centro de la ciudad, Carla espera y observa. Su misión parece ser registrar todos los movimientos de un nuevo habitante de ese inmueble cuya actividad ha merecido la pesquisa de una sesuda investigación. En un tiempo que es presente y también es inmemorial, la actividad del detective se ha convertido en una lisérgica suspensión de la lógica causal, una acumulación de observaciones absurdas, una serie de encuentros desafortunados. La respuesta que a menudo asoma en la voz de Carla es la que da título a la ópera prima de Juan Morgenfeld: Sí, cambio. Es Santonja quien se reporta; es Carla la que intenta dar cuerpo a esa representación.
Presentada en el último Bafici en el marco de la competencia de Vanguardia y Género, Sí, cambio equilibra su humor con una pausada reflexión sobre nuestro tiempo. El mapa de amistades de Carla ofrece el fresco de una generación: teletrabajo, narcisismo y variadas obsesiones que van desde la tecnología pasando por la comida saludable y el hallazgo de una pareja que equilibre atractivo y disposición. Pero Carla no parece demasiado interesada en esas búsquedas, y su cara de fastidio lo demuestra tanto cuando conversa con su amiga médica entre consultas virtuales a la hora del almuerzo como cuando comparte algunos “breaks” en el edificio inteligente donde vive otra de sus amigas, aquella que dicta instrucciones a una IA que nunca parece comprenderla. Tampoco la astróloga de su madre da en el clavo, y las galletas de arroz y el budín de pan que le ofrecen sus amigas son tan intragables como las milanesas duras que su mamá le sirve entre relatos de frustraciones amorosas y chismes de alguna prima. ¿Será que Carla no puede conectar con nadie salvo con esos elusivos sospechosos a los que sigue todo el día sin saber el motivo?

Sí, cambio evoca el gesto de uno de los clásicos del Nuevo Cine Rumano: Policía, adjetivo (2009), de Corneliu Porumboiu, película en la que un policía seguía a un dealer en las plazas de una Rumania cuya legislación sobre el consumo de drogas estaba a punto de cambiar. Un derrotero absurdo y repetitivo, una burocracia exhausta hasta el paroxismo para develar una realidad cuyo sentido se hacía opaco y aburrido. Es ese el sentimiento que sobrevuela en la película de Morgenfeld: un sinsentido de soledad y apatía, en la que el policial como género intenta poner su vibra para dar lógica a un mundo sin ella. Una ficción que asume las vestiduras del enigma para inmediatamente desprenderse de él y tomar otro rumbo.

Algo de ello sucede al comienzo de la película. Mientras Carla espera, una mujer abre la puerta y entra en el auto. Carla apenas se da cuenta, y entre la sorpresa y su asimilación apenas atina a convidarle uno de los chizitos que constituyen su almuerzo. Alicia (María Villar) es una habitante del mismo edificio que Carla monitorea, y ese encuentro fortuito será el atisbo de una nueva dinámica que reordena vínculos y pesquisas. También aquí como en aquella Rumania que intentaba olvidar los residuos de un pasado traumático y omnipresente, el sentido de una tarea -y el de una vida en movimiento- es perseguido con ahínco, aún en los momentos en los que todo parece desconcertante.
Morgenfeld se revela como un agudo observador, dibujando una comedia modesta y sensible, capaz de revelarnos a nosotros lo que sus personajes preguntan sin voz ni respuesta. Con un tono lacónico y un ritmo pausado y sinuoso, Sí cambio nos habla de lo que ya sabíamos, pero a menudo no podíamos poner en palabras.
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