
Street Fighter pierde su potencial cuando elige reírse de sus orígenes en lugar de honrarlos
En lugar de centrarse en los combates que convirtieron al videojuego en un clásico, el film toma el camino del humor y diluye el interés dramático y el carisma de sus personajes
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Street Fighter (Estados Unidos, 2026). Dirección: Kitao Sakurai. Guion: T. J. Fixman y Kitao Sakurai, sobre una historia de Dalan Musson y Gary Dauberman. Edición: Luke Lynch. Música: Leo Birenberg y Zach Robinson. Fotografía: Ken Seng. Elenco: Andrew Koji, Noah Centineo, Callina Liang, Cody Rhodes, David Dastmalchian, 50 Cent, Jason Momoa y Mel Jarnson. Calificación: apta para mayores de 13 años. Distribuidora: Paramount Pictures. Duración: 119 minutos. Nuestra opinión: regular.
Street Fighter abre con una secuencia animada que homenajea a la adaptación de 1994, esa versión que, pese a ser menos popular que el live action, se considera la mejor versión cinematográfica del videojuego. Pero lo llamativo es que en ese combate inicial entre Ryu y Sagat hay fuego, sangre y drama; nada de eso volverá a aparecer durante el resto de la película.
Apenas entran los actores en escena, el tono cambia por completo: la nueva versión se inclina hacia la sensibilidad camp del film protagonizado por Jean-Claude Van Damme y Raul Julia, taquillero en su momento pero no querido por el público ni la crítica. Es la señal de hacia cuál de las dos herencias va a inclinarse esta película: no a la que mejor entendió el videojuego.
El problema no es que Street Fighter apueste por el espíritu del cine clase B. El problema es la mezcla entre la estética retro y el humor constante, a menudo poco inspirado, que diluye el interés dramático, desdibuja el carisma de los personajes y daña la coherencia narrativa.

En esta historia, Ken (Noah Centineo) y Ryu (Andrew Koji) son hermanos del alma distanciados por las artes marciales. El guion recurre al tropo del hombre derrotado espiritualmente que busca un regreso con gloria. Alrededor de ellos aparecen varios personajes, con suerte dispar. Callina Liang se destaca como Chun-Li, pero otros parecen hacer un cosplay berreta de sus papeles, como Cody Rhodes (Guile) o David Dastmalchian (Bison). Cammy (Mel Jarson) ni siquiera conserva la caracterización del videojuego.
Street Fighter inventó el género de los videojuegos de pelea y tiene un enorme capital artístico. No hace falta haber tocado un joystick para distinguir, con solo ver a cualquier personaje, quién es bueno y quién es malo: el diseño de cada uno narra mucho en poco tiempo. De esa sofisticación hay poco en esta película.

Ese problema es apenas un síntoma. Este año se estrenó Mortal Kombat II, la saga rival en historia y popularidad, que entendió que no hace falta reinventar la rueda: alcanza con trasladar al cine lo que hace atractivos a estos juegos. Es decir, las peleas. Street Fighter se pierde entre un torneo de artes marciales, un drama familiar, una trama de espionaje y un desfile de cameos donde aparece Jason Momoa como Blanka, el youtuber Maximilian Dood y hasta el jugador Daigo.
Entre tantos cameos, chistes infantiles y subtramas, la gracia se agota. La banda sonora, por ejemplo, incluye “What’s Up”, de 4 Non Blondes, y “Black Hole Sun”, de Soundgarden: grandes canciones, pero que relegan a un segundo plano la música de los videojuegos. Quien haya escuchado los temas de Ryu o Guile, compuestos por Yoko Shimomura, sabe que Street Fighter tiene algunas de las mejores melodías de la historia de los videojuegos. La película no honra ese legado.

Roger Ebert se equivocó cuando dijo que los videojuegos no son arte. El problema es que las adaptaciones cinematográficas no siempre los tratan como tal, sino como excusas para vender más. Street Fighter, en un punto, se parece a la reciente Resident Evil, otra saga de Capcom: películas que prefieren reírse de sus orígenes.
Había potencial para una mejor versión de Street Fighter: el tono, el estilo y la calidad de la animación de las secuencias dibujadas lo demuestran. Las secuencias animadas prueban que la película podía tener mayor vuelo artístico. Pero una derrota no siempre es Game Over.
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