Todas las grandes batallas de Samuel Fuller

Fuente: LA NACION
Marcelo Stiletano
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14 de junio de 2019  

Samuel Fuller fue un director admirado por colegas tan decisivos e influyentes en la historia del cine como Jean-Luc Godard y Martin Scorsese. Del primero se tomó una famosa cita para ponerle título a la gran retrospectiva de Fuller que comenzó anteayer en la Sala Leopoldo Lugones del Teatro San Martín (Av. Corrientes 1530). Del segundo se extrajeron algunos de sus laudatorios conceptos hacia Fuller para sumar a los programas de mano y las gacetillas institucionales: "En las películas de Sam no hay ninguna diferencia entre lo personal y lo político: ambos territorios son parte del continuo de la experiencia humana. Creo que fue uno de los artistas más valientes y profundamente morales que el cine haya tenido jamás", dijo una vez el director de Buenos muchachos.

Este retrato podría completarse con lo que escribió Guillermo Cabrera Infante. En Cine y sardina, el gran crítico, ensayista y novelista cubano definió a Fuller como "un mitificador de la guerra como una lucha en el centro del laberinto, cuya única salida parece la muerte". Es una pena que el ciclo programado por la Cinemateca Argentina no incluya dos de las referencias claves de este retrato: Cascos de acero (Steel Helmet, 1951) y Los invasores (Merrill's Marauders, 1961), pero la magnífica revisión que aquí se propone es lo suficientemente completa como para que la pantalla se corresponda al saludo elogioso de Godard y Scorsese. La mejor etapa de Fuller se revisa en la Sala Lugones. Hoy se verá Proa al infierno (Hell and High Water, 1954); mañana será el turno de La casa del sol naciente (House of Bamboo, 1955), y la semana que viene se sucederán Las puertas rojas (China Gate, 1957); Dragones de la violencia (Forty Guns, 1957); La ley del hampa (Underworld U. S. A., 1961); Delirio de pasiones (Shock Corridor, 1963), y El beso amargo (The Naked Kiss, 1964). El cierre será el lunes 24 con Perro blanco (White Dog, 1982). El hombre de diminuta estatura, cabellera blanca siempre agitada y un eterno puro humeante entre los dedos era el dueño y señor de sus películas, obras de engañosa clase B, que siempre giraron alrededor de las lealtades, las traiciones y cierto tipo de relaciones humanas de las que no podría hablarse hoy sin caer en la incorrección política más absoluta.

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