
Tras la piedra filosofal de la actuación
Ricardo Darín y Oscar Martínez, aquella dupla de la exitosísima Art, volvieron a reunirse en Kóblic, la nueva película de Sebastián Borensztein, y hablan sobre la composición de sus personajes y los secretos de su oficio
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No es verdad que Kóblic, el film que se estrena este jueves, reúne a Ricardo Darín y Oscar Martínez después de Relatos salvajes. En el taquillero film de Damián Szifron (¿quién no lo sabe?) protagonizaron relatos diferentes; además, ni se cruzaron en el camarín. "Y acá filmamos una sola escena juntos", sube la apuesta del desencuentro Martínez, cuando enseguida Darín lo corrige. "No, está la de la ruta, y la de la comisaría... ¡Pará!, también está la del auto."
Al final, son más de las que recuerdan. Pero para dos actores que compartieron años sobre las tablas con la exitosísima Art, que los llevó de gira por todo el país y también por España, los modos del cine resultan algo exiguos. El único rodaje en conjunto que ambos recuerdan es La Rosales, film histórico de 1984 dirigido por David Lipszyc. Darín, que siempre va por más, cree que hay otro. Trata de recordar. Sonríe afilando los ojos y apuntando a un wing del salón del hotel InterContinental, con esa sonrisa que delata el menor empaste dental; pero la memoria no afloja. "En fin -concluye Martínez-, nos conocemos desde hace más de 40 años."
Si los mano a mano que permite el cine son exiguos, lo que los actores construyen a distancia, con eventuales chispazos, tiene el potencial de un cóctel molotov. En el nuevo film de Sebastián Borensztein, Darín es Kóblic, un militar fugitivo durante la última dictadura. Tras haber participado de su primer vuelo de la muerte, Kóblic se refugia en la remota Colonia Elena, un ficticio pueblito bonaerense. Allí simula ayudar a un amigo de plena confianza, dueño de un hangar, desde donde parte en avioneta para despuntar el vicio, un vicio que le traerá pesadillas en la forma de truculentos flashbacks. Inevitablemente, en Colonia Elena conocerá al comisario Velarde, su némesis. Martínez compone a un personaje inusual, para él y para el cine argentino. Velarde tiene dientes amarillos. Es desgarbado, roñoso, algo deforme, guarango. Se lo acusa de cuatrerismo y de regentea una whiskería. Si parece capaz de vender a la madre, ¿qué no haría por delatar a un milico apóstata?
"Cuando Sebastián me dio el guión, yo le dije: «¿Por qué me llamás para esto? Esto no es para mí» -cuenta Martínez-. Él me convenció. Le tenía miedo a una composición tan mandada en cine, porque el ojo de la cámara ve más que nuestro ojo. Me parecía un personaje para otro tipo de actor; alguien con un físico más apropiado. Pero valió la pena. Sebas ya tenía bien ideado el universo de Velarde."
Feo tanto por fuera como por dentro, Velarde recuerda al inescrupuloso policía de Orson Welles en Sed de mal, y también, aliteración mediante, al doctor Valerga, la extraordinaria creación de Bioy Casares en El sueño de los héroes. Kóblic no es un héroe como Gauna, pero tiene sus códigos, y en la encerrona se desata un western spaghetti, con toques de noir. Porque Kóblic es también un justiciero.
"Yo no sé si es alguien noble -opina Darín de su personaje-. El tipo está huyendo, piensa que ahí va a estar bien y se le complica todo." Noble, en cambio, es el amigo que lo aloja (gran composición de Rafael Fernández Rosendo). La amistad es un oasis para el horror de sus recuerdos, en flashbacks cada vez más explícitos. "Para alguien que se planta y decide no seguir, la actitud tiene que ser horrorosa. Pero yo no estoy muy de acuerdo con el expresionismo a la hora del horror. A veces es mejor ser económico y dejar el resto a cargo de la audiencia. Pero era necesario contar en forma episódica lo que fue determinante para ese personaje."
Ante todo, más allá de sus méritos artísticos, Kóblic es una película arriesgada. La historia parte de una tragedia nacional y se convierte en un film de género, regido por sus propios códigos. Hay un momento en que aquella causalidad desaparece y en la superficie queda una historia ficcional, con mucha adrenalina. Borensztein cuenta un thriller contextualizado en un agujero negro de la historia, sin legalidad de ningún tipo; su virtud pasa por aprovechar esa zona cero, de códigos no escritos, para resignificar el género en su película. Pero ¿todos lo verán del mismo modo?
"Todos leímos y tuvimos testimonios sobre los vuelos de la muerte; sabemos cómo se producían, a qué hora y en qué zona, pero nunca alguien nos mostró una imagen. Jamás -afirma Darín-. Y yo creo que eso se debe a una mezcla de prejuicio y temor." Es cierto que en Garage Olimpo (Marco Bechis, 1999) se muestra a jóvenes detenidos subiendo a un avión, pero Kóblic va un paso más allá. "Muestra el momento en que los tiran", subraya Martínez.
"Se hacían cosas espeluznantes -continúa Darín-. En algunos casos los abrían, antes de arrojarlos; para que no flotaran. Pero nunca alguien lo mostró. Y eso me parece muy jugado por parte de Sebastián. Yo creo que el tiempo transcurrido permite un espacio para otras perspectivas. Apenas concluida la dictadura, era imposible salir de lo testimonial, porque había una necesidad absoluta de hablar ya sobre lo que acababa de ocurrir. Hasta que alguien escribió otra cosa. Cuando leí el guión de Kamchatka, no podía parar de llorar. No recuerdo haber leído un guion más bello. Porque está escrito desde la mirada de un niño, de un modo casi poético. Con Cecilia (Roth) no podíamos hacer una sola escena. No podíamos salir de ahí; estábamos empantanados. La lucha era contra eso. El guión tuvo la potencia de haber modificado el ángulo de enfoque. Y así vendrán otros más."
Hay un momento en que Kóblic reclama a Velarde por la desaparición de una persona; el comisario le recuerda con total naturalidad que antes había desaparecido otro, y remata: "Usted sabe las cosas que pasan". Kóblic transforma el "algo habrán hecho" en material de thriller. "¿Quién iba a reclamar? -sostiene Darín-. Todo empieza con aquello que atormenta al personaje, y así como él huye, la película también se va de viaje a otros territorios. Tiene cosas de suspenso, de western rural; es rara. Va mutando."
En buena medida, la mutación y el horror se sintetizan en la grotesca creación de Martínez (que al decir de Darín, "es un muy buen imitador, pero acá no imitó a nadie; inventó un personaje que anda solo por un andarivel"). "Le dije a Sebas que quería una panza, pero quedó en la nada", cuenta Martínez. Afortunadamente, el actor terminó creando ese efecto de gordura deforme, singular, gracias a la ropa. "Tenía una campera voluminosa y muy dura, con bolsillos frontales, y ahí metí el estuche de los lentes, los cigarrillos, el teléfono, y si veía a alguien con algo le decía: «Dame, que yo te lo tengo»." Martínez cuenta la literal construcción de Velarde, mientras Darín se ríe. "Terminé con un abdomen enorme, porque en mi imaginación el tipo era un gran chupador de whisky, no se cuidaba, comía chorizos de campo", continúa, mientras su compañero intercala otra anécdota: su resistencia inicial a usar el trajecito berreta en Nueve reinas, que resultó perfecto para pintar de falluto al personaje.
Darín: "Son esas cosas que se producen de afuera hacia adentro, la construcción externa. Normalmente, lo que más te preocupa es averiguar cómo piensa y cómo siente el personaje."
Martínez: "De ahí sale el comportamiento. Cuando hacés una composición tan recargada, cuando tenés que ponerte dientes, un peluquín, la cara manchada... eso te condiciona. Así es como funciona el instrumento del actor, la intuición creadora. Con un par de elementos, la imaginación es un torrente que tira todo lo demás."
Los actores están cansados. Concedieron entrevistas durante toda la tarde en el hotel del barrio de Monserrat y LA NACION quedó para última hora. Darín, el definitivo actor de cine argentino de los últimos 20 años, siempre tiene una analogía a mano con su profesión. "Así surgen las mejores funciones -había dicho antes de empezar la nota-, porque el actor está tan cansado que algo surge de allí abajo." Y parece que es cierto. En todo momento los dos estuvieron relajados, sin condicionantes. Pese a sus logros individuales, al verlos juntos, el inconsciente colectivo sigue asociándolos con Art, aunque pasaron tantos años.
"Bueno, es que el teatro tiene eso -responde Darín-; convivíamos mucho." "Y cometimos muchos pecados juntos; por suerte algunos se olvidaron -bromea Martínez-. El teatro en ese sentido es formidable; y por eso tiene que haber buena relación, como en un matrimonio. Si no se vuelve insoportable."
Antes de levantarse, Martínez mira a su compañero y dice al micrófono: "Art fue la experiencia teatral más placentera que tuve, y mirá que tuve varias."





