Un atentado y varios puntos de vista
Sigourney Weaver y William Hurt no logran hacer creíble este rompecabezas
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Puntos de vista (Vantage Point, EE.UU./2008, color; hablada en inglés). Dirección: Pete Travis. Con Dennis Quaid, Matthew Fox, Forest Whitaker, Bruce McGill, Edgar Ramirez, Said Taghmaoui, Ayelet Zurer, Zoe Saldana, Sigourney Weaver, William Hurt, Eduardo Noriega. Guión: Barry L. Levy. Fotografía: Amir Mokri. Música: Atli Orvarsson. Edición: Stuart Baird. Presentada por Columbia. 89 minutos. Sólo apta para mayores de 13 años.
Nuestra opinión: regular
El título lo anticipa: se trata de abordar un hecho desde distintas perspectivas. Para el caso, uno imaginario, pero concebido teniendo en cuenta la actualidad política: un atentado contra el presidente norteamericano perpetrado por fanáticos durante una cumbre mundial antiterrorista en Salamanca, España.
En otras palabras: Rashomon convertido en fórmula y aplicado al thriller con el propósito de administrar la intriga y avivar el suspenso de una historia que no resistiría ser narrada en forma lineal. El mismo hecho será contado una y otra vez desde el punto de vista de diferentes testigos: primero, la red televisiva que cubre la histórica reunión; después, un conflictuado agente del servicio secreto asignado a la custodia del mandatario; más tarde, un ingenuo y sentimental turista norteamericano que graba todo lo que se pone al alcance de su cámara o un galán español que en realidad encubre su condición de policía encargado de preservar la seguridad de la autoridad municipal.
En cada caso, se reproduce el mismo hecho: el momento en que el presidente llega a la plaza mayor, el discurso de bienvenida a cargo del alcalde, los sorpresivos disparos de un francotirador que hacen blanco en el visitante, el desbande general y, en plena confusión, el estallido de un poderoso explosivo colocado debajo del palco. Todo sucede en un espacio colmado de público que agita banderas en señal de apoyo a una política internacional para erradicar el terrorismo mientras unos metros más allá se amontonan los que repudian la presencia del visitante con consignas parecidas a las que suele oír Bush en algunas de sus apariciones públicas. También, claro, hay una cantidad de anónimos, preferentemente morochos, que actúan como para que se los considere sospechosos.
Demasiado pedir
El propósito es que cada versión vaya añadiendo algún detalle más para que la suma de todas ellas contribuya, al mismo tiempo, a esclarecer el atentado, desovillar el enredo y atrapar a los responsables. Pero como no hay personajes sino piezas de un rompecabezas (que no siempre encajan) y como los sucesivos avances y retrocesos de la acción -que al principio generan interés- terminan por producir más fastidio que suspenso, lo que queda al descubierto es la fragilidad de un libreto que desdeña cualquier rigor y es capaz de forzar las acciones hasta el disparate con tal de que todo el elenco (el que logra sobrevivir, se entiende), participe del largo tramo final. La culminación es una vertiginosa persecución -primero a pie, después en automóvil- que siembra en Salamanca (en realidad, Cuernavaca), un caos mucho mayor que el que podrían haber imaginado los autores del atentado.
Las notas falsas (¿una sola cadena televisiva está presente en semejante cumbre mundial?) pueden disculparse al principio, mientras es más lo que se ignora que lo que se sabe, porque Pete Travis las disimula bajo el vértigo de la acción; después son tantas que se vuelve imposible pasarlas por alto. Es excesiva la demanda de credibilidad que el film exige del espectador. Y también, probablemente, de los actores, entre los cuales apenas Sigourney Weaver (la productora de TV) y William Hurt (el presidente) se esfuerzan por evitar el papelón. Regular
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