
Un festival contra viento y marea
Más allá de las deficiencias, el auténtico logro fue la propia realización de la muestra
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MAR DEL PLATA.- Que la decimoséptima edición del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata se haya realizado, aun dentro de condiciones muy precarias, resulta una buena noticia para quienes sostienen la importancia de preservar los espacios culturales en tiempos de crisis.
El festival tuvo múltiples problemas por la escasez de recursos y por complicaciones adicionales propias de la actual coyuntura económica (la devaluación del peso, las dificultades para girar divisas al exterior o para sacar las copias de la Aduana), pero también se padecieron inconvenientes que podrían haberse evitado.
Desde su recuperación, en 1996, la muestra cambió al ritmo de las distintas gestiones en el Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (Julio Mahárbiz, José Miguel Onaindia y ahora Jorge Coscia), pero además se dio el "lujo" de cambiar todos los años sus equipos de producción y de prensa, desperdiciando así la experiencia acumulada.
Tampoco ha sido del todo buena la relación entre las autoridades porteñas del festival y la gente de Mar del Plata. En este sentido, resultó sintomático una suerte de editorial que publicó ayer el diario local La Capital titulado "Austeridad no es sinónimo de idoneidad o capacidad", en el que se indica: "Sólo se ha tomado la infraestructura de nuestra ciudad, pero han quitado toda posibilidad para que los locales participen o simplemente opinen. Esto se llama discriminación".
Más allá de la excelente predisposición de los responsables para solucionar, atemperar o por lo menos explicar los constantes problemas, resultó poco serio que más de una docena de films anunciados no se haya proyectado, que la grilla de programación cambiara a toda hora, que varios directores llegaran, pero no así las copias de sus películas, que los catálogos y los libros sobre las retrospectivas llegaran con retraso, o que la sala de prensa no contara con computadoras con acceso a Internet.
Un verdadero milagro
Quedan en términos de organización varios aspectos favorables, como la calidad y puntualidad de las proyecciones, el subtitulado electrónico (con la excepción del documental de Claude Lanzmann), la tarea del equipo de prensa y el trabajo de los llamados "ángeles", que asistieron todo el tiempo a las figuras invitadas.
Así se concretó el festival. Casi todos los responsables apelaron al término milagro a la hora de definir esta muestra, pero es indudable que un apoyo más concreto y extendido será fundamental para que las próximas ediciones no sufran tantos vaivenes.
Como en todo festival internacional, la muestra marplatense permitió apreciar un amplio panorama del cine contemporáneo con unas 150 películas exhibidas. A continuación, algunos hechos salientes:
Competencia pobre: una vez más, la sección oficial no estuvo a la altura de un festival de clase A. De los 16 largometrajes exhibidos se destacaron los de dos directores consagrados, como Peter Bogdanovich ("El miau del gato", irónica mirada a los excesos del Hollywood de los años 20) e István Szabó ("Tomando parte", sobre el colaboracionismo del director de orquesta Wilhelm FurtwŠngler); "Caja negra", la austera opera prima de Luis Ortega, y, en menor medida, la comedia romántica italiana "Santa Maradona" y el film francés "El estadio de Wimbledon". El resto -11 títulos- tuvo un nivel de discreto para abajo.
Muchos consagrados: se proyectaron varias películas de realizadores prestigiosos, lo que parece ser una de las apuestas centrales de la gestión del director artístico Claudio España. Los nuevos trabajos de Eric Rohmer, Jean-Luc Godard, Shohei Imamura, Jerzy Kawalerowicz, François Ozon y Bertrand Tavernier, entre otros, convocaron a gran cantidad de público.
Pocas sorpresas: en proporción, se registraron pocas sorpresas, muy contados trabajos verdaderamente provocativos y experimentales. "Domicilio desconocido", sórdido y extremo film coreano de Kim Ki-Duk, y "Historia de H", película del japonés Nobuhiro Suwa sobre el intento por rodar una remake de "Hiroshima mon amour" fueron algunos de ellos.
Buenas retrospectivas: el ciclo dedicado a la filmografía casi completa del gran Leopoldo Torre Nilsson, con buenas copias, resultó un verdadero placer para cinéfilos, así como la selección de grandes títulos de fuerte contenido político producidos en América durante los años 60 y 70.
Cine independiente nacional: el festival permitió descubrir una pequeña joya, la apuntada "Caja negra", buenos films, como "Donde cae el sol", sensible mirada sobre el amor en la tercera edad de Gustavo Fontán; dos interesantes sorpresas, como "Código postal", de Roberto Echegoyenberri, y "Los porfiados", de Mariano Torres Manzur, además de "El juego de la silla", sátira sobre una familia judía de Ana Katz. También sirvió como presentación de "Vladimir en Buenos Aires", de Diego Gachassin; "I love you... Torito", de Edmund Valladares, y "Mi suegra es un zombie", de Ernesto Aguilar.
Documentales: además de algunas sorpresas, como "Thomas Pynchon, un viaje dentro de la mente de P.", sobre el inescrutable escritor norteamericano, se vieron importantes documentales, como "ABC Africa", del iraní Abbas Kiarostami; "Sobibor", del francés Claude Lanzmann; "El caso Pinochet", del chileno Patricio Guzmán; "Gimme shelter", sobre la célebre gira de 1969 de los Rolling Stones; "Los niños de Rusia", del español Jaime Camino, y "Porto de mi infancia", sobre los recuerdos del director portugués Manoel de Oliveira.
Visitas interesantes: las visitas de Bertrand Tavernier, Lanzmann, la actriz inglesa Claire Bloom, el realizador y productor norteamericano Roger Corman, el cineasta y escritor estadounidense Kenneth Anger y la directora Rose Troche, entre otras, le dieron el brillo necesario al festival.
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