Un hombre seducido por la sangre
El director de "Jesús de Nazareth" reprueba la violencia que ve en "La Pasión de Cristo"
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MILAN (Corriere della Sera).- "¡Un ratón!, ¡un ratón!" Hamlet (Mel Gibson), que en una escena violentísima está haciendo frente a su madre, la reina Gertrude (Glenn Close) descubre que algo o alguien se mueve detrás de un tapiz colgado en la pared. Desenvaina la espada y golpea a fondo. Suena un grito ahogado: "¡Ayuda!, ¡ayuda!". Hamlet grita su rabia: "¡Es un ratón que muere por un puñado de monedas!". Algo informe se desliza tras el tapiz y comparece agonizante sobre el suelo. Es Polonio, herido de muerte (Ian Holm, un amigo y un gran actor), que exhala su último suspiro.
Los ojos de Holm
"¡Alto! -ordenó- ¡Traigan aquí la cámara!" Holm tiene los ojos desorbitados, como aquéllos de todo ser humano cuya vida se apaga de repente. Mel, perfectamente calmado, ahora está conmigo detrás de la cámara mientras observa este impresionante primer plano. Se acerca a Holm, se arrodilla junto a él y casi le susurra: "Un animal herido de muerte no permanece con la mirada fija. Sus ojos giran con los últimos espasmos, primero juntos, luego en direcciones opuestas, como si fuera un estrábico. Casi hasta hace reír". Holm lo escucha: "Y tú, ¿cómo sabes todo eso?", le pregunta. Mel sonríe: "He visto morir a muchos. Los ojos son lo último en detenerse, inmediatamente después del corazón, pocos segundos". Yo empiezo a interesarme: "No le has respondido a Ian. ¿Cómo lo sabes?", pregunté. Mel se encoge de hombros: "Cada vez que puedo, para relajarme, voy a los lugares de cría de mi rancho los días de matanza y mato a muchos terneros". Quedamos petrificados. Mel siguió a gusto con su relato: "Con una pistola esas bestias mueren demasiado rápido. Todo lo que pasa allí se entiende mejor mirando a través de los ojos de los terneros cuando los degollamos".
Constituye en verdad todo un misterio que este hombre genial, que además es un magnífico actor, se encuentre tan siniestramente atraído por la violencia más desenfrenada, por esos ojos que señalan la frontera entre la vida y la muerte. Como los de Luis XVI, que según se dice seguían moviéndose en su cabeza cortada, asustando aún a sus más acérrimos e impetuosos enemigos, que estaban debajo de la guillotina.
Luego llegaron esos veinte minutos finales de "Corazón valiente" con la congoja que provocan la tortura y el estrago infligidos al cuerpo del héroe escocés que el propio Mel interpreta. Por eso, cuando supe que Gibson había decidido rodar una película sobre la Pasión de Jesucristo empecé a preocuparme. Conocía bien la cultura familiar en la cual Mel había crecido, dominada por un padre que considera a los concilios romanos como la tumba del cristianismo, y sospechaba a esa altura que aquello que estimuló a Mel a acometer esta empresa tan difícil no pasaba tanto por el mensaje del mártir divino sino por los dolores de la carne, la tortura, la sangre. ¡Y todo con efectos especiales! Así, también nosotros llegamos al final completamente desconcertados, disgustados, flagelados y destrozados. Y no hay que descartar que alguno hasta pierda el sentido, como le ocurrió a Glenn Close.
Río de millones
El diabólico Mel pudo salirse con la suya: tras él fluye un río de sangre y de miles de millones. Pero, ¿qué queda para nosotros?
Razonemos con calma. A todo aquel cristiano que cree en la Revelación no le alcanza por cierto el hecho de ver a Jesús clavado en la cruz luego de haber sufrido tormentos inenarrables. Jesús ponía en discusión toda la visión judía, la verdad revelada por Dios creador y esculpida en la piedra granítica de las Sagradas Escrituras.
Hoy (en Irán, dos mil años después) por mucho menos se condena a muerte a Salman Rushdie. En aquel momento, el teorema de Jesús según el cual el hombre que siendo hijo de Dios aparecía a la vez con entidad divina, porque también él era Dios, se planteaba como una horrenda blasfemia para los fundamentalistas judíos y por lo tanto Jesús debía ser llevado a la muerte. Pero a los judíos no se les permitía ni siquiera degollar a una cabra sin el consentimiento de los romanos. Y Pilatos no era ciertamente un hombre capaz de sensibilizarse ante los sofismas eruditos de los judíos: todo lo resolvía con unos cuantos latigazos.
Absurda confabulación
Pero los guardianes de la Ley no se dieron por resignados e inventaron una absurda confabulación según la cual Jesús se habría autoproclamado rey de los judíos, una acusación que constituía una clara amenaza a la autoridad de Roma. Entonces, Pilatos pensó dos veces y mandó a Jesús a terminar sus días sobre la cruz con un hermoso cartel que explicaba las culpas "políticas"del condenado.
Todo eso sirvió. No hubo ningún maltrato especial más allá de los consabidos latigazos (que tenían, al mismo tiempo, el piadoso cometido de preparar a los condenados para afrontar el suplicio posterior) aunque a El se le agregaron una corona de espinas y un desgarrado manto púrpura para escarnecer esa presunta realeza de Jesús y mofarse de ella.
Ni a los judíos ni a los romanos de entonces les pasó por la cabeza la idea de que este Jesús se convertiría en el guía espiritual del mundo a lo largo de los siglos posteriores. Era visto apenas como un falso profeta y un blasfemador por unos y como un rebelde potencialmente peligroso por los otros. A ninguno de ellos se les hubiese ocurrido que a partir de El brotaría una nueva fe, una nueva religión.
Pedro (el judío Pedro) mantuvo viva por varios años la palabra del Maestro, predicando inclusive en el interior del templo de Jerusalén. Pero fue necesario el martirio de Esteban, un muchacho maravilloso e iluminado de apenas dieciséis años (que también era judío) para dar comienzo, junto con la conversión de Pablo, al largo y dramático proceso de estructuración de una nueva e irresistible fe, la del cristianismo, que para consolidarse vio correr ríos de sangre a lo largo de los siglos.
Y la Iglesia, en el pasado, abrevó ciertamente de esa preciosísima sangre. El éxtasis, el delirio, las insaciables e infinitas representaciones barrocas del calvario de Cristo llevaron adelante la exaltación sangrienta del divino mártir de un modo similar al que hoy restituye coherentemente la película de Mel Gibson.
Me dicen que en los Estados Unidos, más allá de una calificación prohibida para menores, las madres tienen allí la decidida voluntad de que sus hijos también vean la película para comprender el sufrimiento que ha debido padecer para salvarnos. Pero yo tengo una opinión diferente: me pregunto, ¿qué otra conclusión podría extraerse del film, sobre todo por parte de aquellas mentes más jóvenes, más allá de la certeza de que toda esa sangre fue derramada por culpa de los judíos?
De esta manera retrocedemos varios siglos. Cómo podría Gibson asegurarse de que su película no es antisemita sin haber dado crédito a la necesidad de aclarar por qué toda la película, astutamente, está hablada con un lenguaje obsoleto e incomprensible?
Permítame el profesor Vittorio Messori, para quien después de este Jesús de Mel Gibson todos los anteriores "parecen reducidos a parientes pobres" un recuerdo de mi "Jesús de Nazareth", en 1977. A esa película contribuyeron con su talento quince actores que ganaron el Oscar o el León de Oro. También estaban las luces de Armando Nannuzzi (el más grande director de fotografía italiano de la posguerra) junto a David Watkin (también él ganador de tres o cuatro Oscar) y el vestuario diseñado por Marcel Escoffier, uno de los mayores vestuaristas del siglo XX. Todo esto sin hablar de las palabras, de los contenidos que fueron objeto de atención prioritaria por parte de los guionistas Anthony Burgess y Suso Cecchi D´Amico, quienes tuvieron bien presentes las enseñanzas del papa Montini (Pablo VI) en la encíclica Nostra Aetate y aquéllas de los concilios vaticanos I y II. Para hacer justicia con los judíos y levantar cualquier acusación de deicidio contra ellos. ¿Y ahora resulta que empezamos todo de nuevo?
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