
Un relato que se va a pique
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A dos tintas (Argentina/2005). Dirección y guión: Walter Becker y Damian Di Santo. Fotografía: Claudio Perrin. Con Daniel Demichelli, Estefanía Bruno. Presentada por Intelimedia. Hablada en español. Duración: 78 minutos. Calificación: para mayores de 13 años.
Nuestra opinión: Mala
Con más formato de video de taller o de escuela, con buenas intenciones, que de película para ser exhibida en salas comerciales, el debut de los santafecinos Walter Becker y Damian Di Santo no quedará, seguramente, en la historia del audiovisual nacional más que como una anécdota curiosa, si bien fallida, bastante audaz: se trata de generar propuestas audiovisuales allí donde es poco probable que se lo pueda producir con alguna periodicidad.
Becker y Di Santo, apellidos que se multiplican en los títulos de crédito como en toda propuesta casera, cuentan la historia que tiene como protagonista a Federico, interno de un hospital neuropsiquiátrico público, diagnosticado como esquizofrénico, que es dado de alta por la evolución que viene demostrando en los últimos tiempos. Al salir de la institución, los especialistas que lo tratan le encargan la conducción de un taller de literatura, una forma de tenerlo a la vista y seguir de cerca su evolución en libertad. Federico alucina que la realidad de todos se confunde con otra propia, la de un relato que escribe, cuya acción transcurre a finales del siglo XIX. En esa fantasía que invade sus alucinaciones a ojos abiertos o cerrados, incluso se enamora de una joven mujer, una relación condenada a un final poco feliz. En realidad, Federico va perdiendo poco a poco contacto con el presente y se deja arrastrar por la historia que no se cansa de escribir, incluso en rollos de papel higiénico, hasta quedar atrapado en ella. La idea de contar una historia y ponerse en el lugar del relator, así como de terminar confundiendo realidad con fantasía, no es nada simple.
Así, contada con pocas palabras, la anécdota hasta puede ser interesante. Sin embargo, al desarrollarse de una manera en exceso convencional, sin un sustento dramático que la convalide, se convierte en una auténtica pesadilla no sólo para el protagonista sino también para los espectadores. Los pocos momentos formalmente aceptables o bien actuados de inmediato quedan en segundo plano detrás de otros que, más allá del tufillo aficionado, pecan de previsibles o ridículos, como ese en el que el protagonista se rasga la camiseta musculosa que luce, en medio de un círculo de velas, una forma de iluminación que por lo visto parece ser la preferida para mostrarlo en su estado de alucinación permanente.
La experiencia dice que las buenas intenciones -como las excusas- no se filman. Este es uno de esos casos paradigmáticos que lo demuestran: hay cierto esfuerzo de sus autores por salir de lo común, pero la experiencia se les puso en contra, ya que unos pocos y a la vez discretos aciertos no compensan un todo insalvable, a fin de cuentas para olvidar.
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