
Valerio Zurlini, un olvido injusto
Puede ser la fotografía nostálgica del andén de una estación solitaria donde una moderna Traviata del Adriático pronuncia su adiós. Puede ser una imagen aislada, la del muy joven Jean-Louis Trintignant y la voluptuosa y señorial Eleonora Rossi Drago bailando ajenos al drama de la guerra y entregados a la aterciopelada sensualidad del jazz, hasta que por una ventana se cuelan los lejanos fogonazos que anuncian un nuevo bombardeo. Puede ser la nebulosa reminiscencia de una atmósfera y un color que por sí solos recrean una elegía melancólica acerca del amor entre hermanos.
Esas emociones impulsadas por el recuerdo de "La muchacha de la valija", "Verano violento" y "Dos hermanos, dos destinos" son apenas algunas de las que nos proporcionó el cine de Valerio Zurlini, el realizador boloñés que en los años sesenta apareció como uno de los cineastas italianos de más fina sensibilidad para ahondar en el drama individual y proponer una suerte de derivación intimista, delicada y poética del neorrealismo. Merece que se lo recuerde ahora que se cumplen veinte años de su muerte (falleció en Verona el 27 de octubre de 1982), ya que su obra, como la de tantos otros creadores de valor, permanece injustamente olvidada y prácticamente vedada al conocimiento de las generaciones más jóvenes.
* * *
Zurlini, nacido en 1926, empezó interesándose por el teatro cuando aún era estudiante de leyes. Ese vínculo lo conduciría al cine: entre 1948 y 1952 realizó más de una docena de cortos documentales en los que evidenció aguda observación y una decidida vocación por el realismo. Tales fundamentos, sumados a su habilidad de narrador, dieron sustento a su primer largometraje, "Las muchachas de San Frediano" (1954), sobre una novela de Vasco Pratolini, y en especial a "Verano violento" (1959), el film que lo ubicó entre los cineastas italianos más sensibles de su generación. Las dos obras que siguieron fortalecieron esa imagen: "La muchacha de la valija", que fue el espaldarazo para Claudia Cardinale y Jacques Perrin, y "Dos hermanos...", donde partió de un relato autobiográfico del citado autor florentino ("Cronaca familiare") para componer un poema triste, pudoroso y conmovedor acerca del vínculo fraterno. (Quienes la hayan visto no se habrán olvidado del sensible uso dramático que Zurlini hacía del color ni de la delicada ternura que Perrin y Marcello Mastroianni confirieron a sus personajes.)
Bien puede considerarse que en esas tres obras se resume lo mejor del cine de Zurlini, si bien en su breve carrera -falleció a los 56 años y estuvo desde los 50 alejado de los sets y consagrado a la enseñanza en el Centro Sperimentale di Cinematografia- hay otros títulos destacables. Sobre todo la parábola crepuscular de "Primera noche de quietud", sobre la caída y redención de un pequeño héroe de inspiración dostoyevskiana, y la muy ambiciosa trasposición a la pantalla de la novela de Dino Buzzati "El desierto de los tártaros", una compleja metáfora kafkiana que cautivó por su sugestiva atmósfera y su refinamiento visual.
Son méritos suficientes para que el nombre de Zurlini figure siempre en primera fila cuando se habla de ese cine de inspiración literaria y pictórica que abrió una nueva vía expresiva en la Italia de los sesenta. También, claro, para que se busque remedio al injusto olvido en que parece haber caído.
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