
"Whisky", la uruguaya que ganó el Goya
Es la segunda película de Juan Pablo Rebella y Pablo Stoll, que debutaron en 2001 con "25 Watts"
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A los uruguayos todavía les cuesta hablar de un cine nacional. Algunos de los que ahora se dedican a la dirección de películas dicen convencidos que, más que de un cine, se puede hablar de media docena de realizadores, cada uno con su propio universo. Así piensan, por ejemplo, Juan Pablo Rebella y Pablo Stoll, que ya eran conocidos por "25 watts" (2001), aquella película que en blanco y negro y con presupuesto de caja chica seguía las alegrías y tristezas de tres adolescentes montevideanos por un día. Con aquella opera prima, los cineastas que ahora tienen 30 años lograron varios premios internacionales (en el Festival de Bogotá, en La Habana, en Rotterdam y el que entrega la Fipresci en el Bafici) y dar un importante primer paso en un país donde hacer cine es todo un desafío.
El jueves se estrena en nuestro país "Whisky", su segundo largometraje dirigido en sociedad, que fue postulado para los premios Oscar y se llevó el Goya que entrega la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de España a la mejor película extranjera hablada en español, aventajando a la argentina "Luna de Avellaneda", también en carrera.
"Nos parece gracioso que recién ahora, tras ganar un premio importante afuera, muchos de los nuestros la consideren una película en serio", dicen. "Whisky" se estrenó en Montevideo hace seis meses y sigue en cartel; ya superó allí los 50 mil espectadores. "No es una mala cifra para un mercado en el que un éxito de la serie «Harry Potter» puede llevar 140 o 150 mil personas como máximo", reconocieron Rebella y Stoll, en diálogo con LA NACION. El Goya, sin embargo, sirvió para entusiasmar a algunos indecisos y alentar a inversores, sobre todo extranjeros, para que sus proyectos tengan mejor futuro.
Su película comienza con una pequeña y vieja fábrica de medias en bancarrota, perdida en algún lugar de una ciudad que parece detenida en el tiempo. Jacobo Köller, su propietario, y unas pocas empleadas se mueven al ritmo de una rutina que los hace volver, una y otra vez, a las mismas palabras y a los mismos holas y adioses todos los días.
Jacobo está más solo que nunca porque hace un año murió su madre, a la que cuidó mientras su hermano, doce años menor que él, seguía su camino también como fabricante de medias, en Brasil. Es precisamente un homenaje pendiente, lo que provoca el regreso de Herman a la casa materna. Sin embargo, Jacobo no quiere transmitir la tremenda soledad que lo conmueve. Por eso convence a Marta, una fiel empleada, para que simule ser su esposa durante la estadía del hermano. Parece simple, pero Jacobo no cuenta con que Herman tiene todo aquello que puede enamorar a la introvertida Marta más allá de la ficción. Así, el hermano pródigo que en viejos tiempos se divertía compitiendo con él, puede ganarle una vez más.
Los viejos de las medias
"Whisky", filmada en coproducción con la Argentina (el proyecto ganó premios del Festival de Amiens y del Sundance Institute y más tarde también asoció a Alemania y España), es una película de bajo presupuesto y parte de "una punta argumental muchas veces repetida en el cine, que es la de alguien que necesita fingir que está casado", asegura Rebella, cuando se refiere a "la historia de los viejos de las medias", tal como los cineastas la identifican, más allá de su título.
Los tres personajes principales son interpretados por Andrés Pazos, Jorge Bolani, Mirella Pascual, con participaciones especiales de Daniel Hendler y Ana Katz. La banda de sonido, compuesta por Pequeña Orquesta Reincidentes, incluye el tema "Hoy corté una flor", de Leonardo Favio.
"Es muy diferente lo que ocurre en el Uruguay", asegura Rebella, en referencia al momento que vive el cine argentino y a la esperanza que de este lado del Río de la Plata tienen varios miles de estudiantes por dedicarse tiempo completo a hacer películas. "En Montevideo, nosotros estudiamos ciencias de la comunicación y nuestra expectativa de hacer cine no existía. Ser espectadores nos entusiasmó para hacerlo y como por el momento no tenemos la urgencia de vivir del cine, tenemos más libertad para hacer lo que realmente queremos, sin presiones", insiste. "Cada vez que nos preguntan en un aeropuerto por nuestra profesión, tenemos dudas existenciales", reconocen. Según los directores, la idea era filmar la película del mismo modo en que se encuadra una historieta, sin mover la cámara, algo que da al relato una tensión particular, capaz de transmitir la sensación de que el tiempo está congelado.
"Nuestra intención era combinar soledad y humor absurdo con melancolía", señala Rebella, quien también reconoce que el Montevideo que para los argentinos es tan atemporal y romántico es, para ellos, el de todos los días. "Un Montevideo del que no somos hinchas ni detractores, ese que, sin embargo, cuando los japoneses lo ven en cine no saben si es Uruguay, Argentina o Cuba". Según Stoll, en su película hay mucho "uruguayismo", pero no premeditado.
"Creo que hay mucha gente en el Uruguay que tuvo intención de hacer cine pero no tenía en claro qué película -piensa Rebella-. Como si esperaran un mandato divino acerca de qué hacer. Nosotros simplemente hicimos la película que queríamos ver, desde nuestra formación como espectadores".
"Si hay una definición de cine que no nos gusta, es la que se refiere a si una película «funciona» o no, que suena a idioma de programador de canal de televisión. Nos gusta más el cine que «no funciona», el de las enormes minorías", dicen, sin miedo a reproche alguno, con sus voces más confundidas en una sola que nunca.



