
Wong Kar-wai, en un viaje a ninguna parte
En El sabor de la noche, el brillo formal del cineasta chino no logra disimular una historia escuálida
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El sabor de la noche (My Blueberry Nights, Hong Kong-China-Francia/2007, color; hablada en inglés). Dirección: Wong Kar-wai. Con Norah Jones, Jude Law, David Strathairn, Rachel Weisz, Natalie Portman, Chan Marshall. Guión: Wong Kar-wai y Lawrence Block, sobre una historia de Wong Kar-wai. Fotografía: Darius Khondji. Música: Ry Cooder. Edición: William Chang Suk Ping y Sharon Globerson. Presentada por Distribution Company. Duración: 111 minutos. Calificación: sólo apta para mayores de 13 años.
Nuestra opinión: regular
Primera experiencia de Wong Kar-wai en los Estados Unidos, con un elenco de estrellas y un libreto escrito en inglés (por él mismo y el norteamericano Lawrence Block), El sabor de la noche lleva su marca reconocible en la estilizada concepción visual, en el tratamiento casi fetichista de objetos y rostros, en los climas sugestivos que logra con su empleo del color, la textura y el movimiento, y en el modo elíptico con que intenta captar la naturaleza de los sentimientos. Pero ni la seducción inmediata de sus imágenes ni el elegante hechizo de sus atmósferas alcanzan esta vez para disimular la escualidez de la historia. El propio cineasta chino ha reconocido que se trata de una adaptación de un cortometraje suyo - In the Mood for Love 2001 -, que duraba seis minutos, y esa expansión forzada se nota.
El núcleo es el encuentro (en el nocturnal ambiente de un bar neoyorquino) de dos almas heridas por un reciente fracaso amoroso: el dueño del local (Jude Law) y una muchacha que se vuelve asidua clienta no tanto por los tentadores pasteles de arándano que el hombre le ofrece (e identifican las noches del título original), sino por la empatía que los acerca y el diálogo más de sensibilidades que de palabras que se establece entre ellos. Ya se sabe de las dotes de Wong Kar-wai para exponer esas sutiles conexiones, si bien el personaje con el que la cantante Norah Jones hace aquí un aceptable debut como actriz está lejos de mostrar la complejidad y el sugestivo misterio de otras heroínas suyas.
El clima y el rumbo del relato cambian repentinamente cuando, tras la persuasiva introducción, la chica abandona Nueva York y emprende, quizá para olvidar sus penas amorosas, un viaje que será iniciático para ella (por algo trabará relación con varios desconocidos igualmente perdidos y conflictuados) y de muy somero descubrimiento de la realidad y la idiosincrasia norteamericanas para el realizador.
Dispersión
Con el transcurrir de la proyección y la sucesión de encuentros de la muchacha con personajes cuyas historias pueden ofrecer algún atractivo en sí mismas pero aparecen como postizas, desconectadas de la línea narrativa central y casi siempre sobrecargadas de explicaciones innecesarias, el film va perdiendo interés. Es como un viaje a ninguna parte, aunque en lo anecdótico se mantenga alguna ligazón con el punto de partida (que también será el de retorno), gracias a los frecuentes mensajes que la viajera envía al barman.
Wong Kar-wai se esfuerza por contrarrestar la inevitable dispersión con su coherencia formal y su conocido arsenal de recursos visuales: están presentes sus neones, sus colores brillantes, sus trenes que cruzan la noche como gusanos luminosos, sus atmósferas de ensoñación, su sagacidad para hacer visible el alma de los objetos, un pastel o un puñado de llaves. A Christopher Doyle, esta vez ausente, lo reemplaza otro fotógrafo admirable, el franco-iraní Darius Khondji, que responde a las necesidades expresivas del director y lo secunda aun en sus circunstanciales y artificiosos alardes de virtuosismo. Ry Cooder aporta una impecable e ilustrativa banda sonora y el elenco -en especial Rachel Weisz y Jude Law- aporta su buen oficio, aun en los casos, bastante frecuentes, en que el guión obliga a pronunciar líneas de diálogo más que improbables.






